Valdivia y el Festival: una ciudad tocada por la coca

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Estoy en la fila para Qué Pena Esa Vida. En un Movieland de Valdivia. Delante mío hay un gordo, completamente sudado, que no para de tirarse gases mientras le da mascadas a un completo gigante. Tiene la camisa chorreada y un par de credenciales colgando. El sudor que le cae por la frente le tiene el cuello de la camisa de color café-amarillento, supongo que esto se debe al mezclarse con algo que debe ser piñén. Parece que en Santiago – creo que él es de Santiago por la forma en la que habla – la gente no se baña mucho (pero si jala harto).

Por Roberto Collao

Soy de Paillaco, un pueblito ubicado a 45 kilómetros de la ciudad de Valdivia; justo en el cruce de la carretera que lleva a Valdivia y la Ruta 5. Un lugar tranquilo, sustentado únicamente de actividades agropecuarias; principalmente el cultivo de papas, frutales, y la venta de bovinos y ovinos que permiten el aporte de carne y lana a las familias de mi zona. Por esto, para nosotros, los paillaquinos, el Festival de Valdivia siempre ha resultado especial; mediante él podemos vender nuestros mejores tejidos y gran parte de nuestras cosechas, las que, en ocasiones, son utilizadas en los grandes cocteles que se dan en la ceremonia inaugural y de cierre del certamen.

Ceremonias y funciones a las que nunca he podido asistir – a pesar de ser estudiante de Periodismo de la Universidad Austral – pero que ahora, gracias a la Municipalidad de Valdivia, puedo comenzar a vislumbrar. Ocurre que tras contarle parte de mi historia, la municipalidad accedió a darme invitaciones para dos películas: Metro Cuadrado y Que Pena Esa Vida; y como la plata escasea, decidí sólo ver la segunda y vender las entradas para la primera. Con lo que obtenga tras la venta, planeo pagar el cibercafé que necesito para escribir y enviar este texto, el que espero no sea ignorado o censurado como ha ocurrido en ocasiones anteriores en las que he enviado textos a medios manejados por gente de Santiago.

Pero eso por ahora no importa mucho. Ya que ya estoy aquí. En la fila de espera para Qué Pena Esa Vida. Minutos antes de llegar acá, lo primero que hice fue preguntar dónde queda el baño, para así poder ofrecer los boletos, y también para descargar el desayuno de huevos con tocino que estaba causando estragos en mis intestinos. Entonces, luego de dejar caer los troncos, y justo cuando me voy a lavar las manos, un grupo de huevones de mi edad corta líneas de coca frente al espejo. Las conozco, ya que siempre ocurre lo mismo: cuando llega octubre, los santiaguinos invaden Valdivia con todo tipo de drogas – principalmente coca y pasta base – y por esto gran parte de nuestras calles terminan destrozadas y llenas de basura. Ellos no respetan nada. Creen estar en una fiesta de cuatro días en donde todo está permitido. Situación lamentable, porque son los ancianos de Paillaco, Futrono y La Unión, los que terminan limpiando los alrededores de estos cines que terminan transformados en verdaderos vertederos.

Mientras recuerdo todo esto me convidan coca. Les digo que no, gracias. Siempre digo gracias. Sea algo bueno o malo. Así me lo enseño mi madre, una mujer que por 35 años se ha dedicado a los servicios públicos de aseo. Una mujer que tiene que limpiar toda la mierda que en las calles y sectores públicos deja este mismo tipo de inconscientes: desde paquetes de cabritas, volantes y diarios, a restos de comida y vómitos. Obviamente, estos tres santiaguinos hijos de papito, no saben nada de eso, y por esto, tras mi negativa, me miran de arriba hacia abajo,  justo después de refregar sus narices contra el lavamanos – el que tenían blanco como limpia-pizarras – para luego reírse a carcajadas de mi y – supongo – mi apariencia.

No los pesco y vuelvo a la fila sin poder conseguir alguien a quien ofrecerle las entradas. Pasan los minutos, y justo cuando estoy por entrar a la película, el gordo sudado del que les conté al principio me pregunta de qué medio soy. Sé que mi respuesta no le interesa y sólo me lo pregunta para matar el tiempo y molestarme. Entonces le digo que no soy de ninguno medio, que soy un estudiante de Periodismo de la Universidad Austral y que vine por mi propia cuenta. El gordo continúa: “¿Y de dónde sacaste las entradas?”. Le digo que no es su problema. En eso llama a un guardia el que me pregunta lo mismo y pide revisar mi mochila.

Entonces, mientras mastico la rabia, pienso: sólo faltan cuatro días para que se vaya toda esta gente de mierda.

Ya estoy harto de ser un turista en mi comuna.

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