Crítica de cóctel: The Oriental Room Heineken

Publicado por Camilo Salas

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Por Camilo Salas K.

Tengo un largo historial de eventos con coctel y bar abierto que han terminado mal. Una vez caí de cabeza sobre una vitrina de vidrio después de abusar del whisky en el lanzamiento de unas zapatillas. Otra vez tome tanto vodka con redbull que me quedé dormido y fui blanco de las risotadas de una manga de nerds con teléfonos de última generación que estaban invitados a un exclusivo evento twittero, igual que yo. Por eso, y otras anécdotas peores, ahora le temo al bar abierto y me alejo de cualquier destilado que no se acaba. Y es con esta mentalidad que llegué al último Heineken Rooms dedicado a lo oriental: la misión era probar el coctel y dejar -un poco- de abusar del alcohol.

Después del metro y buscando en el iPhone donde era el lugar, caminamos sin mucha seguridad por Américo Vespucio en dirección a Escuela Militar. Estaba a punto de volver sobre mis pasos cuando escuché unos tambores. Doblamos la esquina y ahí estaba el mayor recibimiento que he tenido en uno de estos eventos: dos filas de asiáticos abrían espacio en una suerte de callejón chino (pero sin patadas), golpeando tambores y mirando fijamente. Faltó que estuvieran en lo alto de una cascada o que apareciera un dragón del cielo. De hecho eran los mejores chinos que he visto y si yo fuera director de cine en Asia, de seguro los pongo de extras en mi película de la dinastía Ching.

Nos recibieron unas cervezas entregadas por un chile y partimos a una pieza donde figuraba un sushi bar, una plancha estilo mesa, como las que hay en el Japón, y el asiático más impresionante de la noche: un tipo que hacia esculturas con zanahorias y sandias. En poco más de 2 horas hizo un dragón a punta de tallar zanahorias y un jarrón-sandia como para ponerlo en el living.

La comida

No le hice mucho al Sushi, pero mi novia si, y dijo que estaba bastante bueno. Yo me tire de cabeza a la plancha-mesa donde el chef preparaba unos bowls que llevaban carne de res, camarones, arroz y verduritas. Un poco de soya y te sentías en Shangai. Lo mejor fue que el coctel no se acotó a ningún país en especial, y funcionó bastante “chilenizado”: a la oferta japonesa y oriental, se unió la típica comida China que encontramos en todos los locales de Chile (y algunas estaciones del metro): Arrollados primavera, wan-tanes, empanaditas de camarón y gyosas.

Debo decir, como un falsi-flaco caído al picoteo, que esta oferta de empanadas al pasar, gyosas de voleo y dos wan-tanes al hilo, cumplió con todo. Entre visitas al tipo de las cervezas, conversaciones con los amigos (porque no fui solo a comer, ¿como se les ocurre?) y el mar de gente que se movía entre las diferentes piezas de restaurant chino que utilizaron, uno que otro arrollado primavera no venia nada de mal. De hecho, en un minuto ya éramos casi amigos con la niña que traía los Wan-tanes.

Cuando se abrió el bar ya había terminado todo para mi. Por esta vez fui feliz con la comida y pude pasar de los vodka tonica y las piscolas con ginger-ale. Es bueno dejar de dar jugo por un rato y partir temprano para la casa.

Pero no sé a quién engaño. Igual me tomé varias chelas.

Agradecimientos:

Heineken
Dos Alas Comunicaciones

Comentarios publicados en "Crítica de cóctel: The Oriental Room Heineken"

¡Deja el tuyo!
  • 1
    luc

    me quedo por lejos con el koreano samurai de los sambolos en merced.

  • 2

    «Cuando se abrió el bar ya había terminado todo para mi. Por esta vez fui feliz con la comida y pude pasar de los vodka tonica y las piscolas con ginger-ale. Es bueno dejar de dar jugo por un rato y partir temprano para la casa.»

    terminé de leer eso y una lágrima de alegría y orgullo por un amigo rodó por mi mejilla

  • 3
    Vio

    Me cagué de hambre leyendo esto. Eso