Moonchild en Teatro Caupolicán

Publicado por Ignacio Molina

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*fotos por Víctor Letelier.

Cae la noche en el Santiago profundo. Y mientras cientos de niños se desvelan por el sueño de un futuro mejor en la toma del Instituto Nacional, a solo pasos unas dos mil personas se dejan llevar por una propuesta que, a ratos, también asoma como un conflicto: Moonchild.
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Son pasadas las 22:00 y en Teatro Caupolicán las composiciones encontradas en Templars: In Sacred Blood (2013) pasan sopladas. En un comienzo era probable que el 70% del publico estuviese solo por Patton y es factible que el 100% que queda en el recinto —impresentable: varios abandonaron— esté, ahora, por Moonchild.
Esto significa algo muy simple: Moonchild no es Patton.
Y esto queda en claro al final de la velada. Cuando Zorn se sube al escenario y estructura, cual director, la improvisación de los elementos que componen su nuevo Naked City.
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Patton entró con una mochila al escenario. Ahí traía las letras y partituras de lo que recitó.‎ Cuentos, poemas y hechizos en latín e inglés. Los que lo conocen siempre dicen lo mismo: se trata de un tipo sencillo. Uno que disfruta comprando cachureos en el Persa Bio Bío cuando viene a Chile, películas de la Hammer, vinilos de Coltrane, cosas así
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En medio de la velada, una coqueta guardia que está pegada a la tarima, frente a la reja de contención, de espalda a las tablas, olisqueando la respiración del público, se voltea a mirar el escenario cada vez que Patton despliega un alarido proveniente quizás del exorcismo de un alien. Cada vez que el Hammond B3 de Medeski extiende algo que que se instala en la vereda del terror. Cada vez Dunn, cual Hamelin, desenvuelve un ritmo que conduce a un manicomio. Cada vez que Baron parece tocar algo sacado tanto de un OST de Hitchcock o de una perfomance banneada de Jimmy Cobb.
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Es un conflicto pero también es una misa. Más que publico hay devotos: a ratos todo está tan manso que incluso es como si el mundo estuviese aguantándose la respiración. Como si el mundo se estuviese acurrucando con miedo a dejarse ver.

Como si algo se estuviese quebrando, secretamente, en ese momento.

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