Crónica Dura 2: mezclar

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snow

Por Simona

El problema muchas veces son las mezclas. Cuando chico siempre te dicen que no mezcles copetes diferentes o que nunca bajes de grado, o algo así. Uno siempre escucha «no mezcles peras con manzanas». Pero cuando empiezas a crecer y ves que, además de mil copetes diferentes, existen mil drogas que puedes combinar como quieras, puede resultar abrumador.

Hay mezclas que es obvio que no van juntas, como una pastilla con cocaína, ¿Para qué?. La marihuana siempre va con todo, es la weona más taquillera, la más apreciada, el amor de todos-para-siempre-jamás. Y hay algunas mezclas que van muy bien, pero no siempre son convenientes, como la pastiketa. El orden de los productos sí altera los resultados.

Como ese día que, después de habernos jalado la vida en un matrimonio, decidimos ir a un after y al llegar me encontré con un amigo que me regaló una pastilla. Mierda.

Lo que pasó es que cuando cerraron el after, tipo 11 de la mañana, queríamos seguir carreteando. Yo tenía mucha cocaína que no había logrado vender, porque al matri llegó un pariente del norte, cargado como si se fuera a acabar el mundo. Estaba tan buena esa cocaína que mientras escribo esto me dan ganas de cagar. En fin, teníamos todo para seguir, los supermercados abiertos y una casa al culo del mundo, por Vivaceta, para continuar y, finalmente, morir.

Y lo que pasa con las pastillitas es que a uno le cae bien todo el mundo y te puedes enamorar prácticamente de cualquiera, así que cuando el dueño de casa se pone a hablar que es un gran dealer de pastillas (y no sólo eso, también un ladrón de Swarovski. Y no sólo eso, sino que había salido de la cárcel anteayer), yo lo único que pensé es que estaba dispuesta a vivir una vida entera con ese ser.

Corte -a esa hora las cosas suceden así-, estoy en la cocina y después de unos manoseos locos escucho: “Espérame en el baño de arriba”. Fui y esperé ansiosa a que llegue mi ex presidario. Cuando llegó, empezamos a agarrar y nos trasladamos rápidamente a la pieza del lado. Lo raro era que mientras yo pedía que cerrara la puerta, él la quería mantener abierta. Nunca he sido muy pacata, así que poco me importó. Pero cuando ya estábamos haciendo lo que teníamos que hacer, veo por sobre el hombro de mi amor a una mujer que aparece gritando: “¡¿Qué estay haciendo mierda?!”.

Y entonces me di cuenta de lo que estaba pasando, y de lo que estaba haciendo. Y de pasada también tuve que sentir la furia de la mujer. Garras y cachetadas mientras gritaba: “Tenís cara de maraca, siempre lo supe, maraca”. Ella me bajaba los pantalones y yo simplemente trataba de escapar, gritando: “Yo no sabía, yo no sabía”.

Bajé corriendo las escaleras, busqué mi ropa, mis tacos altos de matrimonio y huí. Llegué a mi casa con todo el cuello y la cara rasguñados.

Es por eso que también es importante saber con qué gente uno se mezcla al momento de drogarse. Menos mal que eran humanos, porque en otro momento me hubiera follado a un mono. Como esa gente de la cual uno no sabe huir, que se ponen una línea y no te sueltan en toda la noche contándote sus problemas y escupiéndote mientras hablan, gritándote al oído. O esa gente que se pone demasiado amorosa culpando a la pastilla que se tomó.

En fin, mezclar no es fácil; sólo un gran DJ de la noche sabe hacerlo bien. Ja.

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