Columna: empatía y aborto

Publicado por disorder.cl

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CHILE-ABORTION-DEMO
Por @LaVonPepper

Soy mujer, tengo casi 30 años y soy madre de dos pequeñas. He estado embarazada cuatro veces.

Mi primer embarazo ocurrió cuando tenía 23 años, estaba cesante y en pareja hacía casi un año.

Ahí fue la primera vez que escuché -o mas bien comprendí- lo que significaba la palabra aborto. Con el ofrecimiento, tipo idea, que me dio el padre de mi hija cuando supo que estaba embarazada.

Nunca estuve ni he estado en contra del tema. Tampoco se me había pasado por la cabeza «la posibilidad de no tenerlo», el eufemismo que mi compañero usó para decírmelo. Nunca me había sentido mas shockeada, perdida y sola como en ese instante. Si bien fue una sorpresa, yo anhelaba esa guagua, pero sabía que no iba a poder tenerla sin ayuda.

Siempre abogué y luché como pude por la independencia femenina en nuestro país, por la libertad de poder conseguir la pastilla del día después, usar el método anticonceptivo que más nos acomodara, elegir si quieres tener hijos o no y no castigar ni condicionar nuestra sexualidad a una sociedad castradora y pacata.

Pienso en esos años, tan chica y tan liberal. Nadie sabe por qué está luchando si no le toca vivirlo de cerca.

Seguí adelante con mi embarazo pese a todos los contratiempos. Encontré trabajo, me cambié de casa, hice un nido lo mejor que pude para recibir a mi pequeña, porque siempre he sido una convencida que cuando se quiere, se puede en todo ámbito. Pero no fue fácil.

Cuatro años después me encontré en el mismo escenario. Embarazada de nuevo, de nuevo sin las condiciones necesarias para recibir una guagua. Pero esta vez sufrí, lloré amargo y desepesperado porque no quería ese hijo. No se lo dije a nadie, estaba en una situación límite por miedo a qué dirán, pero más que nada porque ni yo misma era capaz de aceptar el embarazo. No busqué ningún método abortivo pese a que que ya conocía de sobra cuales eran y cómo conseguirlos. Para nadie es un misterio que si quieres abortar tienes todo a la mano, esté penado o no por la ley.

Decidí concentrar mis energías en que no quería ese embarazo porque no se podía, era imposible, inviable. El aborto natural sucedió a las 8 semanas.

Dolores, cólicos, hemorragia, llanto, desgarro del alma. Esa madrugada se fueron por el desagüe mis culpas, mi irresponsabilidad, mi egoísmo, mis planes, mis sueños y todo, todo. Es una juguera donde metes cientos de ingredientes. Una mezcla atroz de sentimientos, de amargura, de desolación. Nuevamente la soledad absoluta y un compañero que esta vez intentó estar a la altura de las circunstancias, a quien escuché llorar encerrado en el baño y al que no fui capaz de consolar.

«Mi guagua» gritaba, pateaba, retorcido de dolor una madrugada de Mayo.

Tiempo después, de nuevo embarazada. Otro aborto espontáneo, pero menos, mucho, mucho menos traumático que el anterior, Y cuando el tema ya no era tema, embarazada por cuarta vez de la que hoy es mi segunda y adorada hija.

Entre mi primer embarazo y los últimos tres se me pasó la vida.

Me tocó vivir por mucho rato el cúmulo de sentimientos que deben vivir miles de mujeres en nuestro país cuando se enfrentan a un embarazo, deseado o no.

Fui esa pendeja con sexualidad castrada que intentó revertir el cuadro como pudo, que se hizo responsable de su fertilidad, pero que, como a muchas, «le falló la pastilla» y se embarazó. Fui esa veinteañera colapsada e irresponsable que se embarazó y luego no quería esa guagua. Fui la que buscaba, ansiaba otro hijo y no podía tenerlo, al punto que el médico de cabecera dijo que no siguiera intentando, que se quedara con una y fuera feliz.

Fui la estudiante, mamá, trabajadora que quedó embarazada cuando un hijo ni siquiera era un tema.

Pude haber sido esa jovencita de 17 años que hoy está moribunda en un hospital que conozco muy bien, porque estuve ahí por un embarazo complicado que nunca fue tal.

Pude haber sido esa jovencita de la Reina que están esperando que despierte para llevársela presa.

Pude haber sido atendida por el médico de turno de esa noche que la denunció y nunca ella supo.

Pude haber sido yo la que botó o escondió, o enterró el feto para que no la pillaran y en un despiste, dada la condición de salud, desesperación y dolor, dejó todo tirado en el jardín, dentro de una bolsa.

No me interesa hacer ningún juicio de valor respecto a un tema tan sensible como éste.

No me interesa darles una lista de métodos anticonceptivos o abortivos porque ya todos los conocemos. Para nadie es un misterio que el aborto es una práctica que se hace desde siempre.

Médicos, ginecólogos y matronas saben perfectamente cómo actuar ante un aborto natural o provocado, ante una hemorragia de emergencia. Saben qué medicamento administrar. La diferencia está en que algunos creen en el derecho de la mujer a no tener ese hijo y las ayudan a resolver el problema. Un embarazo siempre es un problema para quien no puede o no quiere tener un hijo, y eso no te hace peor persona.

No te hace un asesino ni un parricida si lo que estás haciendo es frenar un embarazo que en rigor, y hasta las 12 semanas, constituye un ser vivo y no un ser humano.

Aún más terrible es cuando en Chile se obliga a llevar un embarazo inviable a término porque así dicta la ley.

Tener un hijo que sabes no va a vivir más de 5 minutos, llevar un cadaver con el riesgo de morir en el parto. Atravesar un infierno de emociones día tras día, minuto a minuto por tener que hacerte cargo de alguien que no puedes mantener como merece. Llevarlo nueve meses dentro de ti para después darlo en adopción y que la ley ponga trabas para poder encontrar un hogar necesario. La lista es interminable, un espiral insano en el que podríamos estar horas.

Con todo, me parece tremendamente delicado que nuestra fertilidad esté en manos de unos pocos hombres que decidan por nosotras.

El embarazo es un hecho inevitable, aunque se tomen mil precauciones. Debiésemos estar en una sociedad mucho más abierta, comprensiva, más benevolente, menos pacata, más educada y amorosa.

El margen de error es real. Existe, ha sucedido y le seguirá sucediendo a miles de mujeres en este país. No es justo que tengan que atravesar un calvario si no quieren ser madres.

Lo demás, cada caso es único y para las miles de variantes que tiene este tema, podríamos partir por comprender que la vida es por derecho nuestra, que somos absolutamente responsables de nuestras decisiones y que por sobre todas nuestras diferencias. Todos merecemos apoyo y comprensión, mas cuando se trata de la vida, de los sueños y anhelos de mujeres y niños.

Comentarios publicados en "Columna: empatía y aborto"

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  • 1
    Pancho

    El planteamiento esta Ok.
    La redacción deja que desear.