Matar a un hombre: Buen cine y hecho en Chile

Publicado por disorder.cl

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matarpost1 Por Florencia Astaburuaga

Hace un tiempo empecé a darle atención al cine chileno, me dije: mucho seguimiento al cine externo, como si éste lo fuera todo, como si el cine naciera desde la frontera.

Europeo/Gringo/Argentino/Turco/Iraní/Japonés- de vez en cuando-. Documentales amazónicos y seguimientos musicales en los suburbios de ciudades abandonadas. Olvidando así las calles que uno recorre a diario, o que se encuentran unos kilómetros más allá, tal vez unos pocos o miles, pero cercanos.

Cine un poco más propio, más íntimo con un mensaje que además de ser universal tiene una repercusión propia en su cultura: lugares conocidos, formas de hablar que sólo el que las ha escuchado antes y las reconoce las entiende, chistes internos sobre la historia que nos mece, críticas sociales, políticas, familiares. La idiosincrasia hecha película.

Entonces me puse a ver cine chileno: La Frontera, algunos clásicos con los que me reí y prometí no ver más. Y proseguí. Caminé por el centro, leí la programación de la cineteca, le pregunté a gente de todas partes. Vi a Torres Leiva, a Dominga Sotomayor, Alicia Scherson a Marcela Said, y había algo que siempre me llamaba, un aspecto experimental, un salto a algo nuevo, un legado del cine que antes mencionaba (el de afuera)  pero siempre actualizado, posicionado en una cultura. Reconocí nombres en los créditos. Conocí de lejos a Inti Briones y lo vi de cerca en distintas películas con distintas propuestas. Y así llegué al estreno de Sentados Frente al fuego.

Había visto un cortometraje de él, Alejandro Fernández, el cual había participado en Cannes. Si mal no recuerdo trataba de una familia del sur que mandaba al hijo a comprar una Coca-Cola. La larga caminata. El hijo de vuelta. Y la familia tomando once. Era simple pero emanaba profundidad. Desde su forma estética y meticulosa -símil al buen cine-: la mirada estética que uno reconoce como clásica de Cannes, hasta su mensaje que sin necesidad de diálogos que los exponga se leía fácilmente.

Y yo ahí. Qué cresta hacía ahí.  Había un picoteo, estaba él, Alejandro Fernández, creo que le hablé sin saber que él era él. Le dije algo como. Hay puros huevones aquí y hablé un poco más y entre eso comenté el mal gusto de no ver los comienzos ni los finales de las películas, o de revisar el celular cuando supuestamente la acción está paralizada, y que ese individuo se pierde la mejor acción: la inacción del personaje, el momento íntimo. A lo que él me contestó que sí y que acababa de empezar su película y que mejor no me perdiera la primera parte porque caería en mi propia trampa. Y me fui con la cola entre las piernas. Huevona, me dije, debería haberle dicho algo más interesante, no patear la perra como siempre. Entré a la sala y el silencio era total. Un agrado. La película me hipnotizó y no dejé de disfrutarla. Olvidé que Daniel Muñoz era actor y creí ver la realidad misma: la profunda, terrible y hermosa realidad. Logré ver en una pareja de campo  a una mujer que representaba a todas las mujeres y a un hombre introspectivo que representaba a todos los hombres que escuchan a su hombre interior (que no son todos, porque hay una costumbre machista de no hacerlo). Salí en silencio y creo haber tomado la micro en el mismo estado. Posiblemente me acosté en silencio y desperté a decir unas pocas palabras.

Y algo similar pasaba ahora. En Valdivia.

Estaba cansada. Las cervezas hechas de napas subterráneas, de lúpulos traídos por alemanes colonos: valientes precursores de su cultura, no dan caña pero sí pesan en la sangre. El torrente se vuelve más espeso y los pasos más lentos. La cabeza despejada, al menos, gracias al sonido sereno y eterno del viento entre los árboles y de los pájaros sobre ellos generaban algo nuevo en mi: el olvido de la contaminación acústica santiaguina, ese temblor que nunca para. Valdivia es peligrosamente agradable. Las distancias se caminan en calma, la vista siempre es grata, todo es familiar, llegas a sentirte parte del ecosistema.

El estreno era en la Aula Magna. Estábamos todos expectantes. Todos (no tengo idea porque me atrevo a generalizarlo) sabíamos que después de una trayectoria, después de Huacho, de Sentados frente al fuego, lo que a veríamos sería una experiencia de calidad: de silencio y reflexión. Sabíamos que veníamos a ver las cosas con crudeza, y que posiblemente saldríamos atormentados, en el buen sentido, con la realidad a cuestas. Y así fue.

Partimos con una toma amplia, con un bosque en el cual se cuela la luz. Aparece la silueta de un hombre. Un hombre cargado con la culpa en cada paso. La música implica al caos, al caos se presume interior. El espectador sólo puede pensar que ese bosque enorme, en esa toma hermosa, se sostiene la silueta de un hombre complejo. Aún no sabemos quién es, qué ha hecho o qué hará: el qué hace ahí. Las posibilidades son variadas. La atención ya está dispuesta:

MATAR A UN HOMBRE, UN FILM DE ALEJANDRO FERNANDEZ ALMENDRA.

Hay un mensaje universal en la película: la culpa del hombre, que nos remonta a Dostoyevski y a la pelea con no leer Crimen y Castigo porque es tedioso y los nombres son raros y largos y verse hipnotizado con Raskólnikov después de una páginas: El ser que no puede lidiar con sus actos (universal). Pero a la vez, y esto es lo más interesante, se cuela la crítica social: mostrar el desmoronamiento de un país sin bases, el sistema judicial incompetente que sólo sirve para el que lo paga, la imposibilidad de hacer justicia como seres individuales: depender de monigotes, del sistema, de papeleos y declaraciones. Burocracia tras burocracia, un laberinto sin salida, una muerte lenta en la espera (como en todo sistema público).

Sinopsis… Tenemos al hombre (Daniel Chandía) en el bosque. ¿Quién es? ¿Qué hace? ¿A qué vino? nos preguntamos. Es diabético, lo vemos inyectarse. Vive con su familia, su hijo (Ariel Mateluna) está de cumpleaños. Lo vemos comprar la torta en el A Cuenta a unas cuadras de la casa. Camino a casa el Kalule (Daniel Antivilo) y su fanclub lo huevean, le hinchan las pelotas, lo flaitean, el espectador se enoja y el Kalule le roba la maquinita para inyectarse. Problema desencadenado. En la sala de la Aula Magna unos ligeros susurros.

El hijo venga la muerte del padre (el padre no ha muerto, es un decir, un remontar a la tragedia). Va donde el Kalule, algo pasa, nos quedamos con el padre viendo la tele ido de sí. Y cagazo. Un balazo. El hijo tirado en las escaleras y el Kalule (introduzca aquí cualquier chuchada) se autoproclama un balazo para acusar todo esto de defensa propia. Ni hueón, conoce como funciona la ley. Y todo al carajo: una familia intranquila que se desmorona, la dignidad de cada integrante en el suelo. El miedo, y nuestro personaje: Un padre de familia entre toda la mierda que inunda la vida.

Lo más interesante es que es una ficción basada en un hecho real. El director veía el cuento del tío sentado en su sillón, la clásica imagen del hombre chileno y en la TV Héctor Pinto entrevistando a un presidiario.–¿Qué mas podía hacer Yo?- se preguntaba el entrevistado –A mi hijo casi me lo matan, a mi hija la traumaron de por vida, mi ex mujer no podía ni salir a la calle, y yo todos los días me cagaba de miedo en la pega. Qué más podía hacer Yo-, -Y claro, soy un hombre bueno, todos quieren enterrar a sus muertos, y yo no nací para matar a nadie, así que me entregué no más-, -Pero estoy tranquilo…. Lo haría de nuevo si usté me lo pregunta. Yo estaré aquí en la cana pagando mis actos, pero mi familia puede estar tranquila a donde sea que vayan-.

TRAILER
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