El día en que David Foster Wallace escribió sobre Roger Federer

Publicado por disorder.cl

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David-Foster

Todos hablan de Roger Federer hoy. Con 36 años se convirtió en el hombre más longevo en la historia en alcanzar la cima del ránking de tenistas profesionales, también es el tenista con más semanas en ese puesto o el jugador que más Grand Slam ha levantado. Es historia y es presente.

Hace casi 12 años, David Foster Wallace, célebre escritor autor de “Infinite Jest” (1996) y reconocido fanático del tenis, escribió uno de los mejores artículos que se hayan publicado en la historia y solo comparable con emblemas del periodismo (o cualquiera de sus ramificaciones) como “The Kentucky Derby is decadent and depraved” de Hunter S. Thompson o “Frank Sinatra has a cold” de Gay Talese (si no los leíste y te gusta el periodismo, abre los enlaces). La cosa es que DFW, uno de los mejores escritores de todos los tiempo, se fue una vez a Londres a mirar jugar al suizo, el mejor jugador de la historia y el resultado de ese viaje es simplemente sublime. Una joya que tiene a dos #1 como protagonistas y que puedes leer aquí.

 

 Roger Federer como experiencia religiosa

Por David Foster Wallace (lee el artículo original aquí)

Traducción por Disorder.cl

Casi todos los que aman el tenis y siguen el tour masculino por televisión han experimentado, durante los últimos años, lo que podríamos definir como “Momentos Federer“. Hay veces, mientras observas jugar al joven suizo, en que tu mandíbula se cae y los ojos sobresalen y haces sonidos que obligan a tu pareja a venir desde otra habitación para ver si estás bien.

Los momentos son más intensos si has jugado el suficiente tenis para entender la imposibilidad de lo que acabas de ver. Todos tenemos nuestros ejemplos. Aqui hay uno. Es la final del Us Open 2005, Federer sirviendo a Andre Agassi al comienzo del cuarto set. Hay un intercambio medianamente largo de golpes, uno con forma de mariposa tan distintivo del juego de fondo de cancha de hoy en día, Federer y Agassi tirándose de un lado a otro, cada uno tratando de establecerse como el dominador del fondo de la cancha… hasta que de improvisto Agassi golpea un fuerte revés cruzado que empuja a Federer hacia su izquierda, y aunque la alcanza, su revés queda corto, un par de pies más allá de la línea de servicio, que por supuesto, son el tipo de cosas que Agassi cenaría, y mientras Federer lucha para regresar al centro de la cancha, Agassi ya se está moviendo bien adentro para tomar la pelota corta y la golpea fuerte, al mismo rincón, tratando de descolocar a Federer, y de hecho lo hace – Federer está todavía cerca de ese rincón, pero corriendo hacia el centro y la pelota se dirige a un punto que ahora está detrás de él, donde estaba hace un segundo, y no hay tiempo para girar su cuerpo, y Agassi empieza a avanzar hacia la red, cerrando el ángulo desde el revés… Y lo que Federer hace a continuación es que de alguna manera, instantáneamente, revierte su empuje inicial y salta hacia atrás tres o cuatro pasos, imposiblemente rápido, para golpear un derechazo desde el costado, con todo su peso retrocediendo, y su derecha con un topspin endemoniado pasa a Agassi en la red, que se abalanza de manera inútil sobre la pelota que vuela directamente por la línea lateral y aterriza exactamente en la esquina del lado de Agassi. Un winner: Y Federer sigue balanceándose mientras la pelota aterriza. Y viene ese pequeño y clásico segundo de silencio de la estupefacta multitud neoyorkina antes de romper en una ovación y John McEnroe dice en televisión (aunque pareciera que es más para sí mismo), “¿Cómo vences un tiro ganador desde esa posición?” Y tiene razón: dada la posición y la mundialmente famosa rapidez de Agassi, Federer tenía que mandar esa pelota por un tubo de dos pulgadas de espacio para poder pasar a Agassi, cosa que hizo, moviéndose hacia atrás, sin tiempo de preparación y nada de su peso detrás del tiro. Era imposible. Como algo sacado de la “Matrix”. No sé todos los sonidos que se escucharon, pero mi esposa dice que corrió y habían palomitas de maíz derramadas por todo el sofá y yo estaba arrodillado con unos ojos que parecían de mentira.

En fin, ése es un ejemplo de un “Momento Federer” y eso fue apenas en la televisión, y la verdad es que el tenis por TV es al tenis en vivo, tanto como los videos de porno son a sentir verdadero amor.

Periodísticamente hablando, no hay nada nuevo que ofrecer sobre Roger Federer. Él es, a sus 25 años, el mejor jugador de tenis vivo. Tal vez, el mejor de todos los tiempos. Abundan las biografías y perfiles. “60 Minutes” hizo un especial sobre él el año pasado. Todo lo que quieras saber sobre Roger Federer -sus orígenes, su ciudad natal Basilea, Suiza, el sano y no abusivo apoyo de sus padres a su talento; su carrera como junior, sus primeros problemas con la fragilidad y el temperamento, su querido entrenador cuando era juvenil y cómo su muerte accidental en 2002 lo quebró y a la vez fortaleció hasta convertirlo en el jugador que es hoy; sus 39 títulos, sus ocho Grand Slams; su inusual, maduro y estable compromiso con la novia que viaja con él (lo cual es muy raro en el tour masculino) y maneja sus asuntos (lo cual es inaudito en el tour masculino), su estoicismo de vieja escuela y su fortaleza mental; su ética deportiva y decencia fuera de serie, su consideración y caritativa generosidad. Todo eso está a una búsqueda de distancia en Google. Dense banquete.

Este artículo es más sobre la experiencia de un espectador de Federer y su contexto. La tesis específica aquí es la siguiente: si nunca has visto a este joven jugar en vivo y después lo haces, en el sagrado pasto de Wimbledon, con su calor fulminante que viene después con viento y lluvia, durante una quincena del 2006, entonces serás apto para tener lo que uno de los conductores de buses para prensa del torneo describe como una “experiencia casi religiosa”. Podría ser tentador, al principio, escuchar una frase como esta cuando la gente emocionada trata de describir un “Momento Federer”. Pero la frase del conductor resulta ser verdadera -literalmente, por un instante de éxtasis- aunque toma un tiempo y seria observación ver la verdad emerger.

La belleza no es un objetivo en los deportes competitivos, pero los deportes de alto nivel son escenarios privilegiados para la expresión de la belleza humana. La relación es algo así como lo que es el coraje a la guerra.

La belleza humana de la que estamos hablando aquí es una belleza muy particular; podríamos llamarla belleza cinética. Su poder y atractivo son universales. No tiene nada que ver con el sexo o las normas culturales. Con lo que sí pareciera tener relación, en el fondo, es con la reconciliación del ser humano al hecho de tener un cuerpo.

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Por supuesto, en los deportes masculinos nadie habla de belleza o gracia o del cuerpo. Los hombres profesan su “amor” a los deportes, pero ese amor siempre debe ser expresado dentro de la simbología de la guerra: eliminación VS avance, jerarquía de rangos y posiciones, obsesivas estadísticas, análisis técnicos, trivial fervor nacionalista, uniformes, el ruido de la multitud, pancartas, golpes de pecho, caras pintadas, etc. Por razones que no se comprenden bien, los códigos de la guerra son más seguros para la mayoría de nosotros que los del amor. Si quieres encontrar estos códigos aquí, está el caso del musculado y totalmente militar jugador español Rafael Nadal, quien sería el hombre entre los hombres para ti, el tipo de los bíceps, la polera sin mangas y que se auto alienta estilo Kabuki. Además, Nadal es también el némesis de Federer y la gran sorpresa de este año en Wimbledon, ya que es un especialista en canchas de arcilla y nadie se esperaba que pasara las primeras rondas aquí. Mientras tanto, Federer, en su camino a las semifinales, no ha dado sorpresas ni dramas en la competencia. Él ha superado a cada uno de sus oponentes al punto que a la televisión y la prensa les preocupa que sus partidos sean aburridos al punto de no poder competir eficazmente con el fervor nacionalista del Mundial de Fútbol.

La final masculina del 9 de julio es, sin embargo, un sueño hecho realidad para todos. Nadal vs. Federer es una repetición de la final del Abierto Francés del mes pasado, que ganó Nadal. Hasta el momento, Federer sólo ha perdido cuatro encuentros en el año, todos contra Nadal. Tendríamos que considerar, que la mayoría de estos partidos han sido sobre arcilla, la especialidad de Nadal. El césped, en cambio, es la superficie de Federer. Por otro lado, el calor de la primera semana ha afectado algunas de las canchas en Wimbledon haciéndolas más lentas. También está el hecho de que Nadal ha adaptado su juego de arcilla a la hierba, moviéndose más cerca de la línea de base en sus golpes de fondo, ampliando sus saques, superando su alergia a la red. Nadal acaba de destripar a Agassi en la tercera ronda. Los medios están en éxtasis. Antes del partido, en el Court Central, detrás de los vidrios sobre el respaldo sur, mientras jueces de línea salen a la cancha con sus nuevos uniformes Ralph Laurent que se asemejan a un uniforme de marinerito de niños, se puede ver a los comentaristas, prácticamente, saltando sobre sus sillas. La final de Wimbledon adquiere la atmósfera de una revancha, una dinámica de el rey versus el regicidio, el contraste de caracteres. Es el apasionado machismo del sur europeo contra el intrincado arte clínico del norte. Apolo y Dionisio. Bisturí y cuchillo de carnicero. Diestro y zurdo. Número uno y dos del mundo. Nadal, el hombre que ha llevado el juego moderno de golpes fuertes desde el fondo de cancha tan lejos como se puede, contra un hombre que ha trasfigurado el juego moderno, cuya precisión y variedad son tan importantes como su ritmo y velocidad, pero que podría ser particularmente vulnerable o roto psicológicamente por este primer hombre. Un periodista deportivo británico, exultante con sus compañeros en el área de prensa, dice dos veces: “Habrá guerra”.

A todo esto hay que sumar que el partido será en la catedral del tenis, en el Court Central. Y la final masculina es siempre el segundo domingo de la quincena, simbolismo que Wimbledon enfatiza evitando siempre jugar el primer domingo del mes. Y el vendaval espasmódico que volteó las señales del estacionamiento y los paraguas toda la mañana ha parado de repente, una hora antes del tiempo fijado para el encuentro, con el sol emergiendo justo cuando se recoge la lona sobre la cancha y la red se coloca en su lugar.

Federer y Nadal salen aplaudiendo, cumplen con el ritual de hacer una reverencia al palco de los nobles. El suizo lleva una chaqueta beige que Nike le dio para que luciera este año en Wimbledon. En Federer, y tal vez sólo en él, la chaqueta no se ve absurda acompañada de shorts y zapatillas. El español evita la ropa de calentamiento y es inevitable ver sus músculos inmediatamente. Él y el suizo están vestidos de Nike de pies a cabeza, hasta llevan el mismo pañuelo sobre la frente con símbolo de Nike sobre el tercer ojo. Nadal mete su pelo por dentro de su pañuelo, pero Federer no lo hace, y ese gesto de echar para atrás su pelo que cae sobre el pañuelo es el principal tic de Federer que los televidentes pueden ver; al igual que la ida obsesiva de Nadal a buscar la toalla que tiene el ballboy entre cada punto. Hay otros tics y hábitos, pero son parte del beneficio de verlos en vivo. Está el gran cuidado con que Federer cuelga su chaqueta sobre el respaldo de su silla para que no se arrugue. Lo ha hecho antes de cada partido y algo en ese gesto resulta infantil y extrañamente tierno. O la manera, como inevitablemente, cambia su raqueta en algún momento del segundo set, la nueva siempre en la misma bolsa de plástico transparente cerrada con cinta azul, la cual despoja cuidadosamente y se la da al recoge pelotas. Está el hábito de Nadal de sacarse constantemente sus short largos del trasero mientras rebota la pelota antes de servir o su manera de tocar sus ojos mientras camina hacía la línea de saque, como un convicto esperando ser apuñalado. Hay algo raro también en el servicio del suizo si se le mira de cerca. Sosteniendo la pelota y la raqueta en frente, justo antes de comenzar el movimiento, Federer siempre coloca la pelota precisamente en el hueco en forma de V que está en el cuello de la raqueta, justo debajo de la cabeza y sólo por un instante. Si el ajuste no es perfecto, él mueve la pelota hasta que lo sea. Sucede muy rápido, y sin embargo siempre lo hace, tanto en el primer como en el segundo servicio.

Nadal y Federer ahora calientan por exactos cinco minutos; el árbitro mide el tiempo. Hay un orden y protocolo bien definido para los calentamientos previos que la televisión ha decidido que tú no quieres ver. La Cancha Central alberga a 13.000 espectadores. Otros miles han hecho lo que la gente aquí hace voluntariamente cada año: pagar un pase general y reunirse, con canastos y spray anti mosquitos, para ver el partido en una enorme pantalla de televisión que está fuera de la Cancha Central. Tus apuestas aquí, probablemente sean tan buenas como las de cualquier otro.

Antes de empezar el partido, justo sobre la red, hay una ceremonia donde se lanza una moneda para ver quién servirá primero. Es otro de los rituales en Wimbledon. El honorable lanzador de monedas este año es William Caines, asistido por el umpire y el referí. William Caines es un niño de siete años proveniente de Kent, que contrajo cáncer de hígado a los dos años y de alguna manera sobrevivió después de una cirugía y horribles sesiones de quimioterapia. Él está representando al Centro de Investigación de Cáncer del Reino Unido. William es rubio, tiene mejillas rosados y le llega a la cintura a Federer. La multitud ruge su aprobación ante la representación del lanzamiento. Federer sonríe distante todo el tiempo. Nadal, justo al otro lado de la red, sigue bailando en su lugar como un boxeador, moviendo los brazos de un lado a otro. No estoy seguro de si las cadenas norteamericanas muestran el lanzamiento de la moneda o no, si esta ceremonia es parte de sus obligaciones contractuales o si cortan a comerciales. Mientras Williams es retirado, hay más vítores, pero son esporádicos y desorganizados; la mayoría de la multitud no sabe bien qué hacer. Es como que una vez terminado el ritual, la razón por la que ese niño estuvo ahí se hundiera. Hay una sensación de que algo importante está por comenzar, algo a la vez agradable pero incomodo, algo como un niño con cáncer lanzando una moneda en la final soñada. La sensación de “qué significa todo esto” adquiere una cualidad de “no sé cómo definir este sentimiento” que se mantiene, por lo menos, durante los primeros dos sets.

La belleza de un atleta de élite es casi imposible de describir directamente. O evocarla. El golpe de derecha de Federer es un gran látigo líquido, su revés a una mano es un tiro que él puede manejar plano, liftarlo o meterle slice -el slice lo golpea seco de tal manera que la pelota hace formas girando en el aire y patina sobre el césped rebotando solo hasta la altura del tobillo. Su saque es de clase mundial, con grados de colocación y variedad al que nadie más se acerca; sus movimientos a la hora de sacar son ágiles y centrados, caracterizados (en TV) solo como un ágil movimiento al momento del impacto. Su anticipación y el dominio de cancha son de otro mundo y su juego de piernas el mejor de circuito (cuando niño, también fue un prodigioso jugador de fútbol.) Todo esto es cierto y, sin embargo, nada se puede hacer para explicar o evocar la experiencia de ver a este hombre jugar. De presenciar, de primera mano, la belleza y genialidad de su juego. Tienes que mirar el ángulo estético oblicuamente, reflexionar sobre el asunto o, como hizo Tomás de Aquino -con su propio sujeto inefable- tratar de definirlo en términos de lo que no es.

Televisable es una de las cosas que no es. Por lo menos no completamente. El tenis por TV tiene sus ventajas, pero estas ventajas tienen desventajas y la principal es esa ilusión de intimidad. Las repeticiones en cámara lenta, los primeros planos y gráficos, todos los espectadores tan privilegiados que ni siquiera se dan cuenta de cuánto se pierden durante la trasmisión. Y una gran parte de lo que se pierden es esa absoluta dimensión física del tenis de élite, sentir la velocidad con la cual la pelota se está moviendo y cómo reacciona el jugador. Esta pérdida es simple de explicar. La prioridad de la televisión, durante un punto, es cubrir toda la cancha, una vista completa, para que los espectadores puedan ver a ambos jugadores y la geometría general del intercambio. Es por eso que la televisión escoge una toma completa, desde arriba, ubicándose detrás de la línea de saque. Esta perspectiva, como te podría explicar cualquier estudiante de arte, acorta la cancha. El verdadero tenis, después de todo, es tridimensional, pero la imagen que te da una pantalla es solo en 2-D. La dimensión que se pierde (o mejor dicho, distorsiona) en la pantalla es la longitud real de la cancha, los 78 pies entre las líneas de base; y la velocidad con que la pelota recorre esa longitud es como la de un disparo, el cual se pierde en TV y en persona es algo temible de contemplar. Puede sonar abstracto o exagerado, en cuyo caso, por favor ve en persona a un torneo profesional –especialmente a las canchas exteriores en las primeras rondas, donde puedes sentarte a 20 pies de la línea lateral– y prueba la diferencia por ti mismo. Si has visto tenis sólo en televisión, simplemente no tienes idea de lo duro que estos profesionales están golpeando o qué tan rápido se mueve la pelota, el poco tiempo que tienen para alcanzarla, y cuán rápido son capaces de moverse y rotar y golpear y recuperarse. Y ninguno es más rápido, o nadie lo hace más engañosamente sin esfuerzo, que Roger Federer.

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Curiosamente, lo que menos se pierde en la trasmisión televisiva es la inteligencia de Federer, tomando en cuenta que la inteligencia, en este caso, se manifiesta gracias a un ángulo. Federer es capaz de ver o crear espacios o ángulos ganadores que nadie puede imaginar, y la perspectiva que da la televisión es perfecta para ver y revisar estos “Momentos Federer”. Lo que es difícil de apreciar en la televisión es que estos ángulos no se logran de la nada, de hecho, han sido pensados varios golpes atrás, y dependen de cómo manipules al oponente, de cómo ellos se colocan o el paso que dan antes del golpe de gracia. Y comprender cómo y por qué Federer es capaz de mover de esa manera a jugadores de clase mundial requiere, a su vez, un mejor entendimiento técnico del juego, que lo que cualquier televisor pueda darte.

Wimbeldon es extraño. De hecho, es la Meca del juego, la catedral del tenis; pero sería más fácil mantener ese apropiado privilegio, si no estuvieran tan decididos, en recordarte una y otra vez, que son la catedral del tenis. Hay una rara mezcla de autosatisfacción y autopromoción implacables. Es algo parecido a la autoridad de un maestro que tiene su pared forrada de títulos, diplomas y premios que ha recibido, y cada vez que entras a esa oficina te ves obligado a mirar la pared y decir algo para indicar que estás “muy impresionado”. Wimbledon tiene su propia pared, a través de cada corredor, están alineados afiches y episodios de los campeones que han pasado, listas de hechos y curiosidades de Wimbledon, historia, etc. Algunos de estos hechos son interesantes, otros son extraños. El Wimbledon Lawn Tennis Museum, por ejemplo, tiene una colección de todos los tipos de raquetas que han sido usadas a lo largo de las décadas, y uno de los muchos carteles a lo largo de su segundo nivel, en el Millennium building, promociona, tanto con fotos y texto didáctico, la historia de la raqueta. Y aquí, sic, llega el clímax de este texto:

 Los marcos livianos de hoy, hechos de materiales de la era espacial como grafito, boro, titanio y cerámica, con cabezas más grandes, los medianos (de 90-95 pulgadas cuadradas) y los grandes (110 pulgadas cuadradas), han transformado por completo este juego. Actualmente, son los poderosos golpeadores quienes dominan con pesados efectos. Los que hacen saque y volea y aquellos que dependen de la sutileza y el tacto prácticamente han desaparecido.

Parece extraño, por decir lo menos, que tal diagnóstico continúe colgando aquí durante el cuarto año de reinado de Federer en Wimbledon, tomando en cuenta que el suizo ha llevado la sutileza a un nivel nunca antes visto en el tenis masculino desde, por lo menos, los días del mejor McEnroe. Pero ese cartel es en realidad un testamento al poder del dogma. Durante casi dos décadas, el argumento ha sido que ciertos avances en la tecnología para hacer las raquetas, el acondicionamiento y el entrenamiento de pesas, han transformado al tenis profesional, desde un juego de rapidez y finura en uno de atletismo y fuerza bruta. Y dada la etilogía del poderoso juego moderno, esta inclinación parece, en general, muy precisa. Los jugadores profesionales de hoy son, evidentemente, más grandes, fuertes y gozan de una mejor condición física, y las raquetas de alta tecnología han aumentado la capacidad de velocidad y efectos. Cómo, entonces, la consumada sutileza de Federer ha dominado el tour masculino, resulta una fuente de confusión amplia y dogmática.

Hay tres argumentos válidos para explicar la ascendencia de Federer. Una, sería misteriosa y metafísica, y es, creo, la que más se acerca a la verdad. Las otras son más técnicas y sirven mejor para el periodismo.

La explicación metafísica es que Roger Federer es uno de esos raros casos de atletas extraordinarios, que parecen estar exentos, al menos en parte, de ciertas leyes físicas. Una buena analogía aquí incluiría a Michael Jordan, quien no sólo podía saltar inhumanamente alto sino que realmente se quedaba suspendido uno o dos latidos más de lo que la gravedad permite o Muhammad Ali, quien realmente podía “flotar” sobre la lona y lanzar dos o tres golpes en el tiempo que usualmente se requiere para lanzar uno. Probablemente hay media docena de ejemplos más desde los 60’s. Y Federer pertenece a ese grupo, un tipo de atleta que uno podría llamar genio, o mutante o avatar. Él nunca está apurado o fuera de balance. La llegada de la pelota se detiene, para él, una fracción de segundo más de lo que debería. Sus movimientos son ágiles en lugar de atléticos. Tal como Ali, Jordan, Maradona y Gretzky, él se ve menos y más sustancial que los hombres que enfrenta. Particularmente, en el blanco que Wimbledon tanto exige, él parece lo que bien puede ser (creo): una criatura cuyo cuerpo es carne y, de alguna manera, luz.

Esta cosa de la pelota sosteniéndose, desacelerándose, tan susceptible al suizo -hay una real verdad metafísica aquí y en la siguiente anécdota. Después de la semifinal del 7 de julio en donde Federer destruyó a Jonas Bjorkman (no sólo lo derrotó, lo destruyó), y justo antes de la conferencia de prensa posterior al partido, Bjorkman, quien es amigo de Federer, dijo estar complacido por “haber tenido el mejor asiento en la casa” para ver al suizo “jugar lo más cercano a la perfección en tenis”. Mientras Bjorkman y Federer bromeaban, el primero le preguntó cuán anormalmente grande le parecía la pelota durante el partido y Federer respondió que era “como una bola de bowling o de basket.” Lo dijo como una broma, como una modesta manera de hacer sentir mejor a Bjorkman, para confirmar que estaba igual de sorprendido por la manera que jugó ese día; pero de alguna manera, también estaba revelando como es el tenis para él. Imagina que eres una persona con reflejos, coordinación y velocidad sobrenaturales y que estás jugando tenis profesional. Tu fortaleza en el juego no sería que tú poseas fenomenales reflejos y velocidad, sino que la pelota parecerá para ti tan grande y lenta, que siempre tendrás el tiempo suficiente para golpearla. Es decir, tú no experimentaras nada parecido a la (empíricamente real) velocidad que observa el público en vivo, para quienes la pelota se mueve tan rápidamente que les resulta algo parecido a un borroso silbido, pero eso no te afecta a ti.

La velocidad es sólo una parte de todo el asunto. Ahora nos estamos poniendo técnicos. El tenis suele ser llamado el “juego de las pulgadas”, pero este cliché se refiere principalmente a dónde aterriza un tiro. En términos de un jugador golpeando la pelota, el tenis es más un juego de micrómetros: cambios diminutos alrededor del momento del impacto tendrán efectos enormes en cómo y hacia dónde viaja la pelota. El mismo principio explica por qué la más pequeña imprecisión a la hora de apuntar con un rifle causa una falla si el objetivo está lo suficientemente lejos.

A modo de ilustración, bajemos la intensidad. Imagina que tú, un jugador de tenis, estás parado justo detrás de la línea de fondo, en una esquina. Una pelota te es servida a tu golpe de derecha, tú te giras (o rotas) para ponerte en el camino de la pelota y empiezas a colocar tu raqueta para devolver un derechazo. Sigue visualizando que te encuentras a medio camino durante el movimiento de darle a la pelota; la pelota ahora se dirige hacia ti, a la altura de la cadera, tal vez a seis pulgadas del punto de impacto. Considera todas las variables involucradas aquí. En el plano vertical, colocar la raqueta un par de grados hacia adelante o hacia atrás creará un tiro con topspin o con slice, respectivamente; mantenerla perpendicular producirá una trayectoria plana y sin efecto. Horizontalmente, ajustar la raqueta ligeramente hacía la izquierda o derecha y golpear la pelota unos milisegundos antes o después, producirá un tiro que cruce la cancha o llegue bajo la línea de retorno. Un leve cambio en la curva de tu golpe ayudará a determinar cuán alto tu retorno pasa sobre la red, lo cual, junto a la velocidad de tu movimiento (y junto a las características del efecto que des) afectará en cuán profundo o poco profundo la pelota aterrizará en la parte de la cancha de tu oponente, cuán alto rebotará, etc. Y éstas son sólo las más básicas distinciones, porque también está el hecho de si tu efecto es pesado o ligero, o que la pelota cruce la cancha con mucho ángulo o poco, etc. También está la cuestión de cuán cerca dejas que la pelota se acerque a tu cuerpo, qué tipo de agarre estás usando, el grado de flexión de tus rodillas y/o el peso que mueves hacia adelante, y si eres capaz de, simultáneamente, ver la pelota y lo que hace tu oponente después del servicio. Todos esos factores importan también. Además está el hecho que no le estás dando a un objeto inmóvil, sino que estás invirtiendo el vuelo y (en cierta medida) el giro de un proyectil que viene hacia ti y que en el caso del tenis profesional, viaja a una velocidad que hace imposible el pensamiento consciente. El primer servicio de Mario Ancic, por ejemplo, regularmente viene a unas 130 millas por hora. Eso quiere decir, que desde los 78 pies desde la línea de saque hasta ti, le toma a la pelota 0.41 segundos alcanzarte. Esto es menos tiempo de lo que toma pestañear rápidamente, dos veces.

La consecuencia es que el tenis profesional implica intervalos de tiempo demasiado breves para acciones deliberadas. Temporalmente, somos más presa de reflejos y pura reacción física que sobrepasa el pensamiento consciente. Y, sin embargo, un retorno efectivo del servicio depende de un gran conjunto de decisiones y ajustes físicos que son mucho más complicados e intencionales que parpadear, saltar de un susto, etc.

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Devolver con éxito un saque potente en el tenis requiere lo que a veces se denomina como “sentido kinestésico”, es decir, la capacidad de controlar el cuerpo y su extensión superficial a través de complejos y veloces sistemas de tareas. El inglés tiene varios términos para clasificar partes de esta habilidad: sentir, tocar, formar, propiocepción, coordinación, coordinación ojo-mano, parestesia, gracia, control, reflejos, etc. Para los jugadores juniors con futuro prometedor, refinar el sentido kinestésico es el principal objetivo de la práctica diaria que conocemos. El entrenamiento aquí es tanto físico como neurológico. Golpear miles de tiros, día tras día, desarrolla la habilidad de hacer por “instinto” lo que no podríamos hacer pensando conscientemente. Prácticas repetitivas como éstas, regularmente, parecen tediosas y hasta crueles para alguien ajeno a esto, pero esa persona no puede sentir lo que está pasando dentro del jugador: pequeños ajustes, una y otra vez, y un sentir de cada cambio de efecto que se vuelve más y más preciso cuanto más se aleja del plano consciente.

El tiempo y la disciplina requeridos para un entrenamiento kinestésico serio son una de las razones por las cuales los mejores profesionales suelen ser personas que han dedicado la mayor parte de sus vidas al tenis, empezando (como mucho) en el inicio de la adolescencia. Fue, por ejemplo, a los 13 años, que Roger Federer finalmente renunció al fútbol y a su infancia y entró al centro de entrenamiento nacional de tenis suizo en Ecublens. A los 16, dejó el colegio y empezó a competir internacionalmente de manera seria.

Fue, semanas después que abandonó el colegio, que Federer ganó Wimbledon Junior. Obviamente, esto es algo que no todos los jóvenes que se dedican al tenis pueden hacer. Es obvio entonces, que hay mucho más que tiempo y entrenamiento involucrado en esto, también hay puro talento y niveles del mismo. Extraordinaria habilidad cinestésica tiene que haber (y medible) en un niño solo para que los años de práctica y entrenamiento valgan la pena… Pero desde allí, a medida que pasa el tiempo, la crema empieza a subir y a separarse. Así que una explicación técnica para entender el poder de Federer, podría ser que él es más cinestésicamente talentoso que el resto de sus pares masculinos. Pero sólo un poco, porque todos en el top 100 son ya cinestésicamente privilegiados, pero el tenis es un juego de pulgadas.

Esta respuesta es plausible, pero incompleta. Probablemente no hubiese sido incompleta en los ochentas. Sin embargo, en el 2006, es justo preguntarse por qué este tipo de talento todavía importa tanto. Recuerden lo que es verdad sobre el dogma y el cartel de Wimbledon. Virtuoso cinestésicamente o no, Roger Federer ahora domina el más grande, fuerte, apto y mejor entrenado campo de profesionales masculinos que haya existido, con todos usando una especie de raqueta nuclear que está hecha para hacer del sentido kinestésico más agudo algo irrelevante, como intentar silbar Mozart durante un concierto de Metallica.

Según fuentes confiables, la historia del honorable lanzador de moneda William Caine es que un día, cuando tenía 2 años y medio, su madre encontró un bulto en su estomago y lo llevó al médico, y el bulto fue diagnosticado como un tumor maligno en el hígado. En ese punto, uno no puede, por supuesto, imaginar… Un niño pequeño sometido a quimioterapia, de la dura, su madre teniendo que ver esto, llevarlo a casa, cuidarlo y luego llevarlo de vuelta a ese lugar para recibir más quimioterapia. ¿Cómo respondía ella las preguntas de su hijo, las importantes, las obvias? ¿Y quién podía responder las preguntas de ella? ¿Qué podía cualquier sacerdote o pastor decir que no sonara grotesco?

Nadal está 2-1 arriba en el segundo set de la final y está con servicio a favor. Federer ganó el primer set con amor pero languideció un poco, como a veces le pasa, y está rápidamente con break en contra. Ahora, a favor de Nadal, hay un punto de 16 golpes. Nadal está sirviendo mucho más rápido que en Paris, y ésta la coloca abajo, en el centro. Federer da un suave derechazo, alto sobre la red, algo que hace porque Nadal nunca se mete después de su servicio. El español ahora golpea con un su característico efecto pesado profundo de derecha, al revés de Federer; Federer la devuelve con un efecto aún más pesado, casi un tiro de cancha de arcilla. Resulta inesperado y hace que Nadal retroceda, levemente, y su respuesta es una pelota baja y corta que cae un poco más allá de la línea T de servicio, en el lado de Federer. Contra cualquier otro oponente, Federer podría, simplemente, finalizar el punto con una pelota así, pero una de las razones por las cuales Nadal le da problema es que él es más rápido que los otros, puede alcanzar lo que los demás no pueden; y aquí, entonces, Federer golpea un revés que atraviesa la parte media de la cancha, buscando no un ganador sino un tiro bajo y poco angulado que obligue a Nadal a subir e ir hacia fuera de la zona de saque, a su revés. Nadal, en la carrera, la devuelve de contragolpe con fuerza hacia el revés Federer y éste la manda baja, en la misma línea, lenta y flotando con mucho efecto, haciendo que Nadal regrese al mismo lugar. Nada manda un slice de vuelta –tres tiros en la misma línea– y Federer la regresa hasta el mismo punto una vez más, aún más lenta y flotante, y Nadal se planta y le pega un gran golpe a dos manos de vuelta por la misma línea – es como si Nadal acampara en ese lado; ya no se mueve todo el camino de regreso hasta el centro de la línea de fondo entre cada golpe; Federer lo ha hipnotizado un poco. Y ahora le mete un revés duro y profundo, del tipo que pareciera silbar, hasta un punto del lado del revés de la línea de fondo de Nadal, quien recibe y golpea con un duro derechazo cruzado; y Federer responde con un golpe aún más duro y más pesado cruzando transversalmente la cancha, tan profundo y tan rápido que Nadal tiene que cruzar el golpe de derecha y luego se apura por volver al centro mientras el tiro aterriza tal vez a dos pies de distancia del revés de Federer de nuevo. Federer da un paso hacia la pelota y la golpea con un revés cruzado totalmente diferente, mucho más corto y agudo, un ángulo que nadie hubiese podido anticipar, con un efecto tan pesado y borroso, que la pelota aterriza superficialmente y justo adentro de la línea y se quita después de rebotar, y Nadal no puede desplazarse para cortarlo y no llega por la lateral a lo largo de la línea, debido a todo el ángulo y topspin que lleva, final del punto. Es un punto espectacular, un “Momento Federer”; pero mirándolo en vivo, puedes ver que también es un punto que Federer empezó a armar cuatro o cinco tiros antes. Después de ese primer slice abajo todo fue diseñado por el suizo para maniobrar a Nadal y adormecerlo, para después interrumpir su ritmo y balance, y luego abrir ese último, inimaginable ángulo, un ángulo que hubiese sido imposible sin un golpe con un efecto extremo.

Golpes con topspin extremos son el sello distintivo del juego de fondo de cancha moderno. Esto es algo en lo que los carteles de Wimbledon aciertan. Por qué los efectos son claves, sin embargo, no es comúnmente entendido. Lo que sí se entiende es que la alta tecnología de las raquetas imprime más ritmo a las pelotas, al igual que en el beisbol hacen los bates de aluminio en lugar de los viejos y buenos bates de madera. Pero ese dogma es falso. La verdad es que, con la misma tensión en las cuerdas, las raquetas compuestas a base de aluminio, son más livianas que la madera, y esto permite que las raquetas modernas sean un par de libras más ligeras y al menos una pulgada más anchas que las antiguas Kramer y Maxply. Es la longitud de la cara lo que es vital. Una cara más ancha significa que hay más área total de cuerdas, lo que significa que el punto de impacto sea más grande. Con una raqueta de compuestos de carbono, no tienes que golpear la pelota en el centro preciso de las cuerdas para generar una buena velocidad. Tampoco tienes que ser extremadamente preciso para ponerle topspin, un giro que requiere una cara inclinada y un golpe curvado hacia arriba, rozando la pelota en vez de golpearla plana. Esto era bastante difícil de hacer con las raquetas de madera, por sus pequeñas cabezas y pequeño punto de impacto. Cabezas compuestas más livianas y anchas, y un centro más generoso, le permite a los jugadores moverse más rápido y poner aún más efecto en la pelota… Y, a su vez, mientras más efecto pones en la pelota, más duro puedes golpearla, porque hay más margen de error. Los efectos hacen que la pelota pase alta sobre la red, haciendo un arco más definido y bajando rápidamente a la zona de tu oponente (en lugar de subir).

Así que la formula básica aquí es que las raquetas compuestas permiten poner más topspin, lo cual a su vez permite que los golpes desde el fondo vayan mucho más rápidos que hace 20 años. Ahora es común ver a los profesionales levantándose del suelo por la fuerza de sus golpes, cosa que, en los viejos tiempos, era algo que uno sólo veía en Jimmy Connors.

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Connors no fue, por cierto, el padre del juego de fondo de cancha actual. Él te apaleaba poderosamente desde el fondo, es cierto, pero sus golpes eran planos, sin efecto y pasaban apenas por sobre la red. Tampoco fue Bjorn Borg un verdadero jugador de fondo. Tanto Borg como Connors jugaban una versión especial del clásico juego de fondo, que se había desarrollado como una fuerza contraria al aún más clásico juego de servir y volear, estilo que dominó el tenis masculino por décadas, y del que John McEnroe, fue el mejor exponente moderno. Probablemente sepas todo esto, y quizás también sepas que McEnroe derrocó a Borg y después, más o menos, gobernó el tenis masculino hasta la aparición, a mediados de los ochentas, de las raquetas moderna y de Ivan Lendl, quien jugó con una especie de prototipo de estas raquetas y fue el verdadero padre del juego de fondo moderno.

Ivan Lendl fue el primer jugador profesional cuyos golpes y tácticas parecían estar diseñados especialmente para las capacidades de la raqueta compuesta. Su objetivo era ganar puntos desde el fondo, ya fuese a través de tiros ganadores o passing-shots. Su arma eran sus golpes de fondo, especialmente su golpe de derecha, que podía golpearlo con una velocidad abrumadora debido a la cantidad de efecto que le ponía a cada pelota. La mezcla de ritmo y topspin también le permitió a Lendl hacer algo que resultó crucial para la llegada del juego actual: Él pudo lograr radicales y extraordinarios ángulos con duros golpes, básicamente, debido a la rapidez con que el efecto hace que la bola caiga y toque la cancha sin irse demasiado lejos. En retrospectiva, esto cambió toda la física del tenis. Durante décadas era el ángulo el que hizo que el juego de servir y volear fuera tan letal. Mientras más cerca esté uno de la red, más abierta está la cancha del oponente. La ventaja clásica de la volea era que podías golpear ángulos mucho más amplios que golpeando desde el fondo de cancha. Pero al poner efecto en un golpe, si se hace bien, puedes traer la pelota lo suficientemente rápido para explotar muchos de estos mismos ángulos. Especialmente si el golpe es corto, mientras más corta la pelota, más ángulos son posibles. Ritmo en los pasos, efecto y ángulos agresivos desde el fondo: he aquí el juego de tenis moderno.

No es que Lendl fuera un jugador de tennis inmortalmente bueno. Simplemente fue el primer jugador profesional que demostró todo lo que la potencia bruta y el efecto extremo pueden lograr desde el fondo de cancha. Y, lo más importante, el logro era replicable, al igual que la raqueta compuesta. Pasado un cierto umbral de talento físico y entrenamiento, los principales requisitos son el atletismo, la agresividad, fuerza y un acondicionamiento superior. El resultado (omitiendo varias complicaciones y subespecialidades) ha sido el tenis profesional masculino durante los últimos 20 años: jugadores cada vez más grandes, fuertes y entrenados para generar un ritmo y efectos sin precedentes, forzando cualquier bola corta o débil posible.

Estadística ilustrativa: Cuando Lleyton Hewitt derrotó a David Nalbandian en la final masculina de Wimbledon del 2002, no hubo ni un solo punto producto de saque y volea.

El genérico juego moderno de fondo de cancha no es aburrido, aunque ciertamente no se compara con los puntos de dos segundos de saque y volea de antaño o el tedioso juego clásico de tiros elevados. Pero es algo estático y limitado. No es, como los expertos asustados han publicitado por años, el punto final de la evolución del tenis. El jugador que ha refutado esta hipótesis es Roger Federer. Y lo ha demostrado desde dentro del juego moderno.

El hacerlo desde adentro es lo importante aquí; es lo que la explicación puramente neuronal no considera. Y es la razón por la que atractivas atribuciones como el toque y la clase no deben ser mal interpretados. Con Federer, no es esto o lo otro. El suizo tiene todo el ritmo de Lendl y Agassi cuando golpea de fondo, y se eleva cuando se mueve, y puede incluso responderle a Nadal desde el fondo. Lo que está mal y extraño en el cartel de Wimbeldon, es su tono lastimero. La sutileza, el toque y la delicadeza no están muertas. Porque aún en el 2006, en la era del juego moderno de fondo de cancha, Roger Federer es un jugador de primer nivel y que patea traseros desde la línea de base, pero eso no es todo lo que es. También está su inteligencia, su anticipación, su sentido de la cancha, su habilidad para leer y manipular a oponentes, su capacidad para combinar efectos y velocidades, como disfraza el tiro, usar una previsión táctica, la visión periférica y su sentido kinestésico en lugar de pura velocidad, todo esto lo ha llevado a forzar los límites y las posibilidades que ofrecía el tenis masculino como se conoce hoy.

Todo esto puede sonar muy bien y agradable, pero por favor comprendan que con este tipo nada es extravagante o abstracto. O lindo. De la misma manera en la que Lendl fue enfático, empírico y dominante con su lección, Roger Federer está demostrando que la velocidad y fortaleza del juego actual son apenas el esqueleto, no la carne. Él, en sentido figurado y literal, ha reinventado el tenis masculino, y por primera vez, en años, el futuro de este juego parece impredecible. Solo había que ver, en las canchas exteriores, el variado ballet que fue Wimbledon Junior este año. Voleas en la red y efectos combinados, servicios fuera de ritmo, tácticas previstas tres tiros atrás, además de los gruñidos estándar y las pelotas rápidas. Si hubo algo parecido a un Federer entre estos jóvenes no es algo que se pueda saber, por supuesto. El genio no es imitable. La inspiración, sin embargo, es contagiosa, multiforme, y de alguna manera, ver de cerca, que el poder y la potencia son vulnerables a la belleza, es como sentirse, (de una manera mortal y fugaz) reconciliado.

Dato* Roger Federer se refirió una vez a este artículo señalando lo siguiente: “Lo he leído. Lo que me llamó la atención es que solo pasé 20 minutos con él en la oficina del ATP en Wimbledon, y él fue capaz de producir una pieza tan exhaustiva”

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