La contundente respuesta que dejó la columna de Matamala sobre la ACES por el suelo

Publicado por disorder.cl

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El domingo pasado fue TT y todos hablaban de eso. A raíz del boicot a la PSU impulsado por la ACES y sus ahora célebres dirigentes, Daniel Matamala, uno de los pocos periodistas que no había salido magullado con todo el estallido social se mandaba su ya clásica columna dominical en La Tercera (una que seguro será parte de próximas ediciones de «La Ciudad de la Furia», su más reciente libro) y barría con la organización de secundarixs y en especial, con Víctor Chanfreau, su vocero (como lo hacía casi el total de la edición de ese día del mencionado diario).

En la columna que puedes leer aquí, Matamala ponía un «contexto» histórico y nos iluminaba con la raíz de la palabra boicot. Utilizó ejemplos de conocimiento popular y calificó al movimiento secundarix de decidir por los demás e imponer ideas a la fuerza. Incluso cuestionó el origen de Chanfreau como líder popular. Pero como ha quedado demostrado, la gente no es tonta y rápidamente se esparcieron respuestas al texto casi panfletario que publicó.

A continuación compartimos la publicación de Luis Thielemann, un académico e historiador que nos autorizó a reproducir su opinión respecto a la bullada columna.

«Las afirmaciones de Matamala son canallescas, por dos razones principales, y relacionadas. Primero, al decir que «Eso es un boicot. La resistencia civil pacífica contra leyes o acciones abusivas», está falseando a la realidad científica y tradicional del uso del concepto. Segundo, porque desconoce las dinámicas de un boicot que devino en motín, escondiendo interesadamente los hechos de Pudahuel Sur.

Todos los casos que menciona Matamala para decir que el boicot es eminentemente pacífico, y que los contrasta con la movilización de los secundarios, fueron episodios tácticos de luchas que implicaron importantes dosis de violencia. Matamala menciona a Rosa Parks y el boicot al transporte en Birmingham, desconociendo el proceso general de luchas por los derechos civiles, y que implicaron resistir con cuadrillas de autodefensa armadas, y disturbios mediante, los cambios que se consiguieron. Peor, no dice que Parks no venció, tuvo que irse de la ciudad por amenazas, la policía y el KKK hicieron imposible la medida con violencia brutal, y para mediados de la década siguiente todavía había segregación efectiva en el transporte pública de la ciudad. Luego pregona con Gandhi, a estas alturas un cliché de los ejemplos de «no violencia», desconociendo de inmediato la muy documentada resistencia obrera callejera y la lucha armada y terrorista por la independencia india, así como también que es violencia ponerse a sí mismo de rehén de la brutalidad de las tropas inglesas. Pacifismo es impedir la violencia, pero no lo es quien sólo busca transferir los costos de la violencia a su enemigo.

Pero lo más escandaloso es el caso de Boycott, el administrador de haciendas irlandés que da origen al nombre. La historia es larga y pueden leerla en Wikipedia, pero en simple, no fue una protesta pacífica lo que lo expulsó. Bien estudiada por la historiografía, fue una protesta que combinó acciones de sabotaje no violento, con ocupaciones ilegales de terrenos, ataques a pedradas al mismo Boycott y su familia. En paralelo, durante la campaña, se asesinaron a cuchillo varios administradores de tierras de la zona, y a las instalaciones de Boycott le fueron incendiados graneros, le robaron la cosecha y casi todos los animales. Finalmente, apoyado con una campaña militar de mil hombres, Boycott se retiró de la zona de Lough Mask, en Mayo County, derrotado por la movilización popular, que para nada fue pacífica.

De ahí lo ordinario de la forma de argumentar de Matamala, quien no se cansa de asegurar, con tono de suficiencia de barro y en varias formas, que la ACES es muy distinta de Parks, Gandhi o los proletarios campesinos del oeste de Irlanda. Desde su tribuna, la violencia es un paquete completo, que incluye policías brutales, y que lo convocan quienes llaman a detener una prueba. No tiene dinámicas, asimetrías, acciones y reacciones, etc. No tiene contexto, tampoco. Es lo mismo que hizo radio Bío-bio, cuando pregona, basados en un estudio de Erica Chenoweth y María J. Stephan (a quien nunca mencionan, porque no leen el libro sino que citan la nota de prensa que cita el libro), que las protestas pacíficas son «el doble de efectivas que las violentas». Si uno lee el libro (yo lo hice), se da cuenta, primero, que cuando hablan de conflicto no violento hablan de no usar armas, hablan del terrorismo; mientras que lo no violento incluye prender un neumático a modo de barricada y resistir a pedradas a la policía. Es la intención o la posibilidad homicida, así como la centralidad del enfrentamiento, lo que distingue, finalmente, si la estrategia es violenta o no. Bueno, y que solo trata casos de 1990 a 2006, uno de los períodos más pacíficos de la historia social occidental. Pero eso con Bío-bio y su mañoso uso de la bibliografía.

La convocatoria de la ACES, un grupo con un historial de dirigentes, efectivamente, de capas medias ilustradas de la ciudad de Santiago, fue a un boicot. Eso implicaba tomas de liceos y otras acciones. Fueron notoriamente minoritarias, pero las suficientes para desatar motines localizados ¿dónde? precisamente en los lugares en que los estudiantes que la estaban dando no tenían mucho que perder. Es razonable preguntarse que, si ya todo está de cabeza, si ya millones saben que la meritocracia es un discurso para esconder la desigualdad, y que la PSU solo reparte las oportunidades para los pobres porque el resto tiene la vida más o menos segura, ¿por qué la alternativa de reventar la prueba en un espectáculo adolescente y liberador, sería menos deseable que darla y fracasar? Es discutible si esto sirve para cambiar esa realidad, o como es evidente, si era prudente desde la izquierda el convocarlo sin un plan de salida detrás, pero no es discutible que fue una convocatoria que tuvo oídos más allá de los círculos militantes de secundarios. El boicot devino en motín de masas cuando empezaron hechos como, según testimonios de profesores in situ, en pequeñas escuelas de provincias se rechazó rendir la prueba, se lanzaron las fojas por la ventana y se cometieron todo tipo de disturbios. En Pudahuel Sur, la vergonzosa omisión de Matamala, la policía atropelló criminalmente a un joven, desatando una semana de disturbios y ataques a la comisaría de la zona por parte de pobladores. Es violento tomarse liceos y lo fue mucho más el responder a ello con una policía criminal, que atropella y dispara escopetazos de la fatídica calibre 12 (la que mató a Menco, a Lemún y lleva cientos de mutilados en estos meses). Es al borde de la ofensa que un periodista se dedique a dar lecciones morales por una violencia no homicida, lleno de ignorancias y omisiones, sin decir nada de la participación de masas en el motín, o de que la mayor violencia vino de Carabineros.

En el fondo el desprolijo ensañamiento de su ataque, sucio en el proceder, devela mucho de su propio tufillo clasista que él acusa en las dirigencias de la ACES. Es la guerrilla interna de las capas medias. Mientras algunos, errados o no, quiebran vía militancia con su propio interés y saltan a la construcción de la protesta popular; otros se alertan y salen raudos a contener, disciplinándolos, recordándoles de dónde vienen, que le deben algo a esos títulos y posiciones. Les recuerdan que la clase media solo sobrevive si “media”, si cumple su rol de negociar hacia arriba y explicar hacia abajo, como sacerdotes, abogados o policías. Se sienten amaestradores de perros feroces, pero odiarían que alguien le enseñara a los perros a organizarse solos. La desconfianza a quien rompe ese rol, a quien se sale de ese orden, es un odio clasista. Es el odio de la DC al MAPU y al MIR, odio visible más en memorias de facultad que en diarios de época, pero es también el odio de los radicales a los profesores comunistas y socialistas, que en vez de engordar su posición de mediadores estatistas, fueron a educar a las clases populares para que fueran autónomas, sin necesidad de intérpretes para ejercer su ciudadanía. Hay un odio nervioso en un vocero de las capas medias ilustradas cuando reprime a otro de los suyos, simplemente porque sabe que los pone a todos en riesgo.

Su columna es mala, de calidad, y denota que es mala, de intención».

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