Igor Goicovic, historiador USACH: «Sería espectacular que renunciara Piñera»

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Texto y fotos por Andrés Andueza

Igor Goicovic responde desde el escritorio de su casa en la V región, rodeado de libros sobre su disciplina, la Historia, esa con mayúscula, y de política nacional del pasado reciente, su línea de investigación, que no solamente ha mirado desde su profesión, sino que también desde la vivencia y la militancia. Goicovic pertenece a esos historiadores que observan desde el compromiso y el ideal político y social, mezcla de gabinete de trabajo, asambleas y calle.

Venimos de escuchar su ponencia “Protestas y acción política en la Historia de Chile”, efectuada hace algunas semanas en la Librería “En el Blanco” de Valparaíso en el marco de la Escuela “Revuelta Popular en Chile”, donde habló de la violencia social y política en el trascurso del devenir patrio. Contingencia pura. De vacaciones aún, se encuentra listo a retomar las aulas en la Universidad de Santiago, atento a cómo se nos aparece marzo, sin embargo, con más preguntas que certezas.

Comienzo esta entrevista con un comentario: voy a tener que apurarme en publicar esta entrevista antes que la pauta y las respuestas cambien.

Sin duda, los acontecimientos son en este minuto tan dinámicos y tan cambiantes como lo indicas. Cualquier cosa que en este minuto se diga o se plantee puede efectivamente quedar descontextualizado, ser anacrónico dentro de una semana más. Probablemente nadie apostaba mucho a que, por ejemplo, se hubiesen desplegado hace poco movilizaciones más o menos radicales y bastante masivas en torno al Festival de Viña… y así ocurrió. Y eso antes no era tan evidente. Los ascensos y las declinaciones del desarrollo del movimiento social son tremendamente vertiginosas.

La filosofía de la historia actual nos dice que los hechos pasados de los hombres son únicos e irrepetibles, y como conclusión, que la Historia no nos sirve para pensar un futuro, adelantar sucesos que pudieran acaecer. Entonces, Igor, ¿qué nos pueden decir los historiadores sobre lo acontecido hace ya largos cuatro meses?

Uno podría establecer efectivamente de que la Historia no necesariamente te enmarca o te define tendencias de futuro, en cuanto a que precisamente los acontecimientos que se van sucediendo están directamente relacionados con las tensiones y, por lo tanto, con los conflictos que se están produciendo en la coyuntura. Pero, también no es menos efectivo que existen elementos que nosotros podemos identificar como fenómenos de carácter más o menos estructural que concurren a construir esta coyuntura, y que nos permiten ir explicándonos ciertos fenómenos en términos de perspectivas históricas. Es decir, la Historia te sirve para ir explicándote escenarios o contextos de carácter más amplio, pero no necesariamente para decantar o construir los elementos propios de la coyuntura. Esa es la digresión teórica que, a mi juicio, es importante tener en consideración. De manera tal que cuando recurrimos a la Historia no es necesariamente para explicarnos los acontecimientos de la coyuntura, sino más bien las tendencias de orden general que explican fenómenos de naturaleza similar, como puede ser en este caso el desarrollo de la protesta popular al día de hoy. Cuáles son las causas que subyacen y que poseen este carácter más bien estructural que nos permiten precisamente explicarnos este tipo de fenómenos.

Estas estructuras tienen participantes ¿Quiénes son los jugadores dentro de esta coyuntura?

Las más relevantes tienen relación con la estructura productiva. Con las élites patronales, por una parte, y los sectores de los trabajadores, por la otra. Y ahí estoy haciendo una digresión que se enmarca dentro de una corriente teórica que es el marxismo de la cual me siento depositario o representante. Pero tiendo a observar que no es esa la única explicación que nos permita entender la relación de conflictos que hoy día observamos en la sociedad contemporánea. A mí juicio, ese es un elemento estructural que, evidentemente, y dado ciertos antecedentes inmediatos de la crisis actual, quedan en fuerte evidencia… poco antes de que se desencadenaran los hechos de octubre, se publicaron los resultados de las encuestas del INE vinculadas con los ingresos medianos de la población, que entre otras cosas permitían establecer que el grueso de los trabajadores asalariados de nuestro país recibía un ingreso medio de $378.000. Y si eso lo relacionamos con el nivel de concentración de la riqueza evidentemente tenemos un abismo de diferencias sociales que está estructurando en definitiva el conflicto, las tensiones de clase dentro del país.
Pero uno podría perfectamente establecer que estas condiciones que se dan en el año 2019 eran las mismas que existían el 2018, 2017… y uno podría remontarse en el tiempo y encontrarlas desde el tiempo en que la Tierra estaba incandescente… y van a ser más o menos iguales y no necesariamente siempre esas condiciones han desencadenado o han dado origen a reventones sociales o enfrentamientos de mayor envergadura. Y es ahí donde comienzan a irrumpir o a incidir otros elementos estructurantes, que tienen que ver con las discriminaciones, exclusiones, las represiones… con todas las formas a través de las cuales la dominación se expresa y se manifiesta, y que no son única y exclusivamente aquellos que dicen relación con las relaciones sociales en la esfera de la posesión y el uso de los medios de producción. Creo que ahí hay un elemento que hoy es mucho más relevante de lo que podría haber sido en otros contextos históricos. La forma en cómo las personas subjetivan la condición en la cual se encuentran inscritos y que son las que estimulan o no el desarrollo de expresiones de rebeldía, de subversión o de desacato.

Es la vieja contradicción entre el capital y la fuerza de trabajo, pero también hay otros factores…

Aquí hay que hacer el registro de elementos que te permitan establecer cómo llegamos a este escenario. A mi juicio, y lo he señalado en otras ocasiones, esto no es el resultado solamente de una agudización de contradicciones en la coyuntura que dan origen a lo que los comunicadores llamaron “estallido social”. Otros elementos son las frases desafortunadas de ministros o personas relevantes del sistema político actual que ironizaron, o fueron excesivamente sarcásticos en la forma como presentaban ciertos resultados del desarrollo de la economía, de los problemas del desempleo, etc y que evidentemente terminan generando esta suerte de reventón de subjetivaciones. Lo vengo planteando desde hace bastante tiempo de que ya desde el año 2006 en adelante, lo que nosotros observamos son, a lo menos, tres cosas: primero, un ascenso en el desarrollo de la movilización social, un incremento sustantivo desde la revolución pinguina en adelante; en segundo lugar, en cada una de las movilizaciones que uno observa a partir de ese año, se observa un creciente cuestionamiento a las bases sobre las cuales se construía el modelo de dominación en Chile, que es el sistema económico neoliberal, por una parte, y el régimen político y democrático por la otra. Y eso se expresa en el tenor de las reivindicaciones, que cada vez afectan más a las bases en las que se construía el modelo, pero también en la desafiliación creciente de la población respecto del régimen político. Un distanciamiento no solo de los procesos electorales, sino también de la élite política. El sector de la sociedad que aparecía históricamente como más duramente cuestionado por la sociedad en todas las encuestas de opinión eran sistemáticamente quienes eran parte del parlamento. Y en tercer lugar, un creciente grado de radicalización. Es decir, no solamente se había incrementado el volumen de la movilización, sino que cada vez más se observaba un creciente grado de desafío a la autoridad policial en la disputa por el espacio público. Por lo tanto, desde el 2006 al momento del estallido social, hay un incremento sustantivo de la movilización social radical que afecta y cuestiona las bases de sustentación sobre las cuales se había venido construyendo el sistema de dominación. Y ahí son concurrentes no solamente los trabajadores, porque aquí hay que considerar, entre otros factores, que a partir del año 2007, hay una creciente incorporación de los trabajadores a la movilización social. Estoy pensando en los trabajadores subcontratistas del cobre, en los trabajadores forestales, de las industrias salmoneras en el sur, a los pescadores artesanales, etc. Hay una participación muy activa de los trabajadores en el desarrollo de la movilización social… y de otros actores irrumpiendo con mucha fuerza: grupos ambientalistas, las movilizaciones de las mujeres en función de la cuarta revolución feminista, como se le ha dado en denominar; y la reemergencia del mundo poblacional a propósito del grupo Ukamau, entre otros. El mundo indígena, con una presencia cada vez más activa.

¿Ves participación de trabajadores? Más bien se ha visto participación de estudiantes, de jóvenes marginales, el naciente movimiento feminista, que marchan, más que por una reivindicación de vida económica, por un cambio simbólico. Particularmente, los sindicatos del cobre no se han pronunciado, incluso ahora se ha sabido que algunos han estado involucrados en ilícitos

Yo discrepo contigo desde la perspectiva sobre la cual se construye la pregunta, en varios sentidos. El primero es de carácter histórico sociológico, por determinarlo de alguna manera. Las dinámicas de la movilización social hoy no son las mismas que teníamos entre los años 40, 50, 60 o 70, no solamente en Chile, sino también a escala global, y esto refiere fundamentalmente a las transformaciones, a los cambios que ha experimentado el sistema laboral dentro del sistema capitalista. Hoy día, a diferencia de lo que se denominó en su momento el “Estado de Bienestar”, lo que define la relación contractual entre trabajador y empleador es la precarización del empleo, por lo tanto esta ausencia que tú observas de los trabajadores en el espacio público, digamos, en las dinámicas clásicas de las huelgas generales, no es solamente un fenómeno que se esté generando en nuestro país, sino que a escala global. Los trabajadores, que cada vez más están orientados a defender o a cautelar su estabilidad dentro del espacio de empleabilidad, no necesariamente están en el espacio público expresando a través de movilizaciones colectivas sus reivindicaciones en términos de clase. Pero esos trabajadores terminan su jornada laboral a las 6 de la tarde, y si tú observas lo que está ocurriendo en la Plaza de la Dignidad, el grueso de los incidentes se están produciendo entre las 8 y las 10 de la noche, a la hora en que los trabajadores van hacia allá, en este caso en particular, en Santiago.
El grueso de los que están en la Plaza de la Dignidad yo te diría que no son marginales, en el sentido que Vekeman le asignaba al concepto en los años 60, es decir, sujetos que están fuera del sistema productivo y/o educacional, sino que por el contrario son sujetos que están precarizados, ya sea dentro del sistema productivo o educacional, que viven tensiones, contradicciones y conflictos muy intensos al interior de una esfera de la cual son parte. El grueso son trabajadores precarizados, sujetos que están subocupados o parcialmente ocupados, o que viven en condiciones de fuerte precarización laboral.
Con esto tampoco quiero quitarle perfil a las mujeres (enfatiza) ni mucho menos. Hay una participación creciente de las mujeres en estos espacios, en esta movilización, y hay demandas y reivindicaciones que efectivamente afectan a la dimensión más bien de la cultura patriarcal como un elemento central. Pero tiendo a observar que ahí lo que está predominando, en la movilización social propiamente tal, no necesariamente en la construcción del discurso, es una reivindicación feminista más asociada a la noción de clase que a la idea liberal antimasculina, en el sentido más genérico. Ahí hay una tensión que hay que observar. El feminismo no es un todo homogéneo. Parte de un elemento en común, que es lo que mencionabas, la refutación, la subversión de la cultura patriarcal, pero luego se decanta en función de sus enfoques políticos.

Igor, ¿está terminando mal la generación de políticos protagonistas desde los años 60 a la fecha? Y propongo ese marco de tiempo para abarcar a las más nuevas, específicamente a las que, siendo jóvenes en los años 80, se enfrentó a la dictadura y dio forma la nueva democracia en los 90. Nadie parece salvarse.

Es complejo. Suelo no hacer análisis histórico- político relacionado con construcciones generacionales más allá de que, evidentemente, uno puede reconocer u observar, sobre todo en las élites políticas, ciertos patrones de conducta que responden a un contexto histórico determinado. La generación del 73, que se proyecta con un alto grado de protagonismo político hasta la transición temprana, mediados o fines de los 90, es heredera de dos grandes coyunturas históricas: el ascenso de los movimientos de liberación nacional, que en América Latina van a tener como punto de representación más evidente la revolución cubana, con toda su influencia en esta generación en los años 60, al punto que la tendencia más radical dentro de la Democracia Cristiana denominó su proceso político en esos años como la “Revolución en Libertad” (lema del gobierno de Eduardo Frei Montalva, 1964-1970). La idea de la revolución como la de un cambio necesario, donde se podría discrepar respecto a los métodos revolucionarios, pero no del objetivo revolucionario; hasta llegar hasta la crisis de los socialismos reales, y junto con ella, a la crisis de los metarrelatos que en su momento se le denominó, y al relativismo de lo político.
Es decir, las decisiones programáticas entregadas, en este caso, a la coyuntura y a la forma en cómo la coyuntura se va resolviendo. En definitiva, el fin de las utopías. Y eso, ¡en una sola generación! La generación de las utopías transitando a la generación del relativismo. Y ahí hay personajes que son representativos, que tuvieron las riendas de la administración de la transición política a la democracia: Patricio Aylwin, Gabriel Valdés en la Democracia Cristiana, Ricardo Lagos, o Germán Correa en el mundo del socialismo.
Y otros personajes que pueden ser más emblemáticos porque marcaron posturas de una tremenda inflexión, como el caso de Oscar Guillermo Garretón, como una de las expresiones más representativas del radicalismo político de los años 60-70, y luego como una de las expresiones más radicales de la reconversión neoliberal de los años 90. Pero en el medio uno podría situar a prácticamente la totalidad de las élites de poder del período histórico del 70 al 90 sin ningún problema. Ahora, en ese escenario, los sujetos que se formaron como dirigentes políticos en los 80 no tuvieron una incidencia muy relevante en el escenario de los 90.
Pero sí fueron el relevo de esta élite política en los 2000, pero ya con un sistema democrático absolutamente consolidado, que había experimentado sus tensiones más relevantes en la transición temprana, entre 1988 y 1994, pero que ya estaba hacia 1995 absolutamente validado, es decir, se había resuelto, y esto te lo pongo muy entrecomillas, la problemática de los derechos humanos a través del informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. Se había validado el régimen económico neoliberal, es más, se habían profundizado las privatizaciones de las empresas públicas, sobre todo las del sector servicios durante la administración de Aylwin y luego la de Frei. Se había validado a través de una serie de reformas constitucionales, la primera el año 89, la institucionalidad política que teníamos. La política de los acuerdos seguía siendo la estrategia sobre la cual descansaba el funcionamiento del régimen político, es decir, la generación que asume el relevo de la conducción política del Estado a partir de fines de los 90 y principios de los 2000, la generación de Michelle Bachelet, por denominarlo de alguna forma, de Mariana Aylwin, colocaba en otro espectro del escenario político, es una generación tributaria, y por lo tanto, validadora de estas transformaciones que operaron en la década de los 90. Y son en definitiva los grande responsables, en última instancia, de la crisis económica, social y política que hoy enfrentamos como sociedad. Ellos, que podrían haber sido los llamados a generar los cambios que se requerían en la sociedad chilena de la época, son los que no solamente no los generan, sino que profundizan el modelo.

Qué más representativo de lo que señalas que el caso Soquimich, con medio Partido Socialista financiado por el ex yerno de Pinochet.

Así es. Y a propósito de lo que mencionas, las empresas, los empresarios en general, también experimentaron un cambio relevante. Hay empresarios que sobreviven, como el grupo Matte, por ejemplo, desde los años 40 en adelante, a través de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, y que sigue siendo un referente relevante del empresariado chileno hasta el día de hoy. Pero es la excepción. Durante la dictadura y, especialmente, la transición, emergen y se consolidan nuevos grupos económicos, entre ellos y quizás el más emblemático justamente el de Julio Ponce Lerou, pero también está el grupo Luksic, el grupo Angelini, Saieh, etc. Y estos grupos son mucho más versátiles y están mucho más atentos a los giros políticos e ideológicos que experimentó la política chilena entre fines de los 80 y a lo largo de la década de los 90. Se hicieron cargo de que hay un giro neoliberal muy importante en un sector de la izquierda chilena. Y por lo tanto, como no constituyen en estricto rigor un adversario ideológico y político, son también depositarios de la prebenda económica. Es decir, el empresariado también diversifica sus inversiones en la política, ya no las concentra exclusivamente en el sector que quizás mejor la representa, mejor la identifica, que podría ser la derecha, sino que entiende que en una franja importante de la izquierda hay grupos que son incondicionales del modelo y pueden ser depositarios de estos recursos.

Y está el ejemplo que mencionabas en tu exposición, la situación del ex MAPU, Oscar Guillermo Garretón, quien al parecer pasa a ser un ícono, en el mal sentido, de una generación que no tuvo remordimientos en acomodarse muy bien en democracia y sentarse a la mesa con sus antiguos enemigos. Y en este punto te voy a pedir una opinión sobre el punto como hombre político y como ex mirista.

(sonríe) Primero yo no soy ex mirista, yo toda la vida he sido mirista. Uno podría haber dejado de militar en una organización, y eso pudo haber tenido múltiples circunstancias de carácter personal y colectivo o puede seguir militando o no, y eso tiene que ver con las condiciones de clandestinidad, semiclandestinidad o espacio público, y eso no necesariamente se tiene que debelar, pero yo me resisto absolutamente a considerarme ex mirista, porque ser ex mirista significa renuncia al programa que el MIR agitó históricamente. Yo, a eso, hasta ahora no he renunciado. Y disculpa, ¿cuál era la pregunta?.. (ríe)

Una opinión personal sobre la pregunta anterior, no como académico, sino desde tu posición política, un hombre comprometido con ciertas ideas que lo llevaron a cárcel, y que otros también pregonaban en ese tiempo y hoy se parece que no recuerdan

Han ocurrido muchas cosas. Probablemente el caso de Garretón es uno de los casos, entrecomillas, más extremo, pero no el único, en función de los perfiles más mediáticos de aquel tiempo. Era un tipo muy conocido en los 70s, relativamente conocido en los 90s y hoy, diría, de bastante más bajo perfil. Pero esos giros o cambios son, por una parte, decisiones tremendamente personales que están fuertemente intervenidas por los contextos históricos en que se desarrolla la vida de los sujetos, especialmente sus vidas cotidianas y las tensiones que las afectan. Y ahí yo no me prenuncio respecto de eso en particular. Cada uno arrastra su mochila y sabe cómo administra esa mochila para mantener cierta coherencia en lo que es su conducta política.
Lo que sí a mí me parece que es absolutamente endosable, a este y a otros sujetos, son las responsabilidades políticas. Son sujetos que en algún momento histórico determinado tuvieron responsabilidades de dirección en organizaciones políticas relevantes, que operaban con militantes y con periferias que respondían a esas conducciones y que fueron leales a esas conducciones. Y por lo tanto, mi responsabilidad como dirigente político, es dar una respuesta política que sea plausible a aquellos que en un momento determinado siguieron una trayectoria, un programa, una conducción determinada. Y eso no se ha dado (enfatiza).
Te lo digo porque hemos sido responsables de grandes derrotas históricas del movimiento popular, y como responsables de ello mucha gente murió, mucha gente fue torturada, perdieron sus empleos, se vio obligada a partir al exilio, es decir, aquí hubo costos sociales, políticos y humanos muy graves, muy desgarradores para la sociedad chilena. Y quienes hemos tenido históricamente responsabilidades políticas tenemos que hacer el balance y dar respuestas. Y ni Oscar Guillermo Garretón, ni yo, lo hemos hecho. Y necesariamente, en el algún momento, alguien nos tiene que interpelar para que lo hagamos, porque eso es lo que corresponde. Eso es lo necesario, sobre todo hoy día, al calor de un escenario político en que los caminos están absolutamente abiertos, y una de las grandes falencias es precisamente la de la conducción política, que subyace en varias de tus preguntas. Cómo vamos a dar una conducción política si ni siquiera hemos dado respuestas a nuestros fracasos, nuestros errores, a nuestros horrores políticos, del (año) 73, del 86, del 94.

¿Cómo ves el escenario futuro? Los políticos tienen un 2% de aprobación. Ese porcentaje se considera un error muestral. O sea, no los quiere nadie.

(ríe) Es que… este es un tema bien complejo de resolver. En varios sentidos. Primero, que efectivamente hay una crisis institucional que es muy profunda, de la cual no es ajena ningún sector social ni político. Están en crisis los partidos, pero también están en crisis los sindicatos. Está de alguna manera en crisis el empresariado, y también lo está la Iglesia. Están las instituciones castrenses, y también los carabineros. Las Juntas de Vecinos hace mucho rato que no son expresiones o vehículos de canalización de la demanda de los sectores populares urbanos, etc. Es decir, no hay, prácticamente, ninguna institución social ni política que se salve del juicio crítico en este último periodo.
Ahora, eso no excluye a la izquierda extraparlamentaria. Qué te quiero decir con esto, que evidentemente, la que está en la retina es sin lugar a dudas la clase política con representación en el parlamento, desde el Partido Comunista, pasando por el Frente Amplio hasta llegar a la UDI, pero si otros sectores políticos tuvieran la misma visibilidad que tienen estos, también sufrirían el mismo juicio crítico del grueso de la población. Lo que significa que esta izquierda extraparlamentaria , que por lo demás, es muy residual desde el punto de vista político, y te lo digo desde dentro, porque yo me siento identificado con esa izquierda, no escapa a los cuestionamientos, a las objeciones que se han venido planteando desde el mundo social. Por lo tanto, hay un problema desde el punto de vista de las proyecciones que es tremendamente complejo de resolver. La clase política formal, no solamente no es parte de la solución, sino que es parte del problema. Y la izquierda extraparlamentaria no ha sido capaz, tras cuatro meses de levantamiento popular, de construirse políticamente al interior del mundo popular. Por lo tanto, hoy, estamos en una disyuntiva tremendamente compleja

La generación que vivió la polarización de la década del 60 y comienzos de los 70 , piensa en forma binaria, podríamos decir, en el maniqueísmo: para el de derecha, la culpa la tienen los malvados comunistas. Por el contrario, para el de izquierda, el fascismo nos tiene subyugados. Es llamativa esa postura para quien no vivió esa época. No hay matices. En entrevista en CNN, su colega, Alfredo Joceyn-Holt, quien también parecía hablar desde la herida, veía como conclusión de esta contingencia un régimen totalitario de izquierda apoyado por los militares. Una idea muy llamativa

Es bastante delirante, es no conocer muy bien las estructuras ideológicas, doctrinarias y políticas del mundo castrense. El viene sosteniendo esto desde la primera administración de Michelle Bachelet, y lo hace a partir de lo que él entiende que son las relaciones familiares y de compadrazgos que un sector de la izquierda tiene con el mundo militar. Estas redes permitirían ir articulando una suerte de red de poder que a la larga podría terminar tomando control del aparato del Estado. Eso a mí me parece que es delirante.
Pero, no obstante uno podría darle la vuelta no solamente al argumento, sino que al objeto sobre el cual se construye ese argumento, y reconocer que, desde el punto de vista de lo que son las bases sobre las cuales se construyó el sistema de dominación en Chile, que es el modelo económico neoliberal, por una parte, y la Constitución política del 80, por la otra, se construyeron amplios y significativos consensos durante la década de los 90s. Y de esos consensos a la larga no estuvieron ajenos los militares. Ellos quizás fueron más refractarios a esos consensos, pero a la larga, y estoy pensando fundamentalmente en la comandancia en jefe del Ejército de Juan Emilio Cheyre, los militares se terminaron sumando a los consensos no solamente de la transición, sino que respecto al modelo. De manera tal que no es un problema de relación entre un sector de la izquierda, o la izquierda con los militares, sino que es de la clase política en su conjunto, sumado al empresariado, y articulado en torno a ello los militares, los que le dan homogeneidad en definitiva a un modelo de dominación en Chile. Y eso Jocelyn-Holt no lo va a ver nunca, porque corresponde a otra forma de observar las trayectorias históricas de los actores sociales dentro de una sociedad.

Tenemos a militares involucrados en delitos, robos al erario, colaboración con el narcotráfico, amedrentamiento interno. La guinda de la torta fue la resistencia a sacar la foto de Manuel Contreras de recintos militares. Es una institución que hace valer aún una posición que tuvo durante 17 años y está siendo, ellos lo pueden ver así, atacada por la sociedad civil

La eventualidad de un golpe de Estado uno nunca la puede minimizar o señalar como imposible. No puede decir, esto no va a ocurrir. Siempre existe esa posibilidad. Pero las condiciones a efecto de llevar a cabo una acción de esa naturaleza, hoy cuentan con un grado mucho menor de legitimidad de aquel que tenían en 1973. Incluso más, yo te diría de aquel que tenían en 1991, a apropósito de estas insubordinaciones que lideró Pinochet en el marco de la transición respecto del Informe Rettig y del procesamiento de su hijo por malversación de fondos públicos. Cuando esas acciones se llevaron a cabo los militares seguían teniendo un alto grado de reconocimiento y de validación en la ciudadanía, al punto de que, para el golpe de estado de 1973, si uno hubiera podido hacer una encuesta de opinión, probablemente hubiera estado validado por el poco más del 50 por ciento de la población; y Pinochet en el plebiscito de 1988 obtuvo un respaldo superior al 45 por ciento. Con esto que te quiero decir, que esos niveles de adhesión con el que contaban los militares en esos dos momentos de la historia, hoy no existen. Los niveles de adhesión en la base de la sociedad son muy precarios por lo mismo que tú señalaste, hay un fuerte cuestionamiento a los militares. Uno, por lo que fueron estos desfalcos de fondos públicos que se desarrollaron por un periodo bastante largo de tiempo, lo que se ha encontrado hasta el momento, tengo entendido que es sólo la punta del iceberg. Eran prácticas bastante reiteradas, que si se siguiera investigando para atrás, probablemente va a seguir arrojando más y nuevos antecedentes, que desgastan la imagen pública de los militares ante la sociedad.
Pero, en segundo lugar, esta irrupción de los militares en el espacio público a propósito del toque de queda decretado en el marco del estallido social, retrotrajo a una parte importante de la población al escenario de la dictadura, con los milicos en la calle, armados, etc, lo cual también terminó siendo un factor que erosionó su imagen. Y luego este otro tipo de gestos que son más simbólicos, de mantener la imagen de un violador de derechos humanos, etc, son elemento que evidentemente ponen de relieve que su responsabilidad política, a propósito de los balances respecto a las violaciones de derechos humanos, sigue siendo tremendamente distante.

Acaba de fallecer el abogado José Zalaquet. El sacerdote José Aldunate murió poco antes de octubre del año pasado, al igual que otro Pepe, el padre José Gutiérrez, emblemático sacerdote ligado a los derechos humanos en Valparaíso. Christian Precht está invalidado por las acusaciones de abusos sexuales en su contra. La Iglesia Católica esta invisibilizada completamente. Ni ellos hacen demasiado esfuerzo por aparecer, ni nadie parece echarla mucho en falta. ¿Habría servido como interlocutor un nuevo Cardenal Silva Henríquez?

El punto es que, la historia contrafactual, opera como una entelequia. No hay un Rául Silva Henríquez, y la Iglesia no tiene hoy día la incidencia social, cultural y política que tuvo para 1973, o que tuvo para efectos de la subscripción del Acuerdo Nacional en 1985. O el rol incidente en la transición a la democracia inmediatamente después de la venida del Papa en 1987. Esa Iglesia ya no existe y lo más probable es que no va a volver, o no se va a restablecer ese grado de influencia que tuvo la Iglesia en su momento. Tanto en las élites políticas como a nivel del mundo popular. Y eso tiene que ver con varios factores. Uno, y que es un elemento bien interesante: si tú te refieres a los cambios culturales que ha experimentado la sociedad chilena, el último censo de población reveló un dato que es tremendamente significativo, y es que cerca de un 20 por ciento de la población se declara atea o agnóstica. O sea, ya no es solamente un proceso de laicización institucional, es un proceso a través del cual la gente, y sobretodo los segmentos más jóvenes de la población, se distancian radicalmente del mundo religioso.
Y luego un fenómeno, si bien se estancó según el último censo, el crecimiento relativamente significativo, de los años 80s en adelante, de los credos protestantes o evangélicos, lo cual reduce la incidencia social de la Iglesia Católica. Y luego evidentemente la crisis de la Iglesia a nivel global derivadas de las acusaciones de abusos sexuales, que no solamente se dan en otros países, sino que también en el nuestro, y que incluso, como lo señalaste en uno de los casos, coloca en la esfera del cuestionamiento público a un tipo tremendamente representativo para el mundo de la izquierda, por denominarlo de alguna manera, como es Chritian Precht, en términos del rol que había jugado a cargo de la Vicaría de la Solidaridad.
Y por otro lado hacerse cargo, a su vez también, de que la Iglesia ha experimentado un repliegue ideológico desde Juan Pablo II en adelante, pasando por Ratzinger y que el actual Papa no ha procurado desmontar de manera muy evidente o muy clara.
Y eso hace que el giro táctico sea el repliegue, pasar lo más inadvertido posible. Ojalá que ni se enteren que estamos aquí. Incluso, cuando se han producido quemas de iglesias, no han sido muchas en todo caso, la Iglesia tampoco ha levantado su voz de manera taxativa para cuestionar esos hechos. Ha llenado las iglesias de barreras de contención, pero no ha hecho mucho escándalo, porque lo que menos quiere es tener espacio en el debate público. Y esto, yo creo, no tiene vuelta. Tengo la sensación de que la Iglesia, al igual que la izquierda extraparlamentaria, va a ser un sujeto político bastante residual en el futuro inmediato.

Como conclusión, y en resumen, ¿vivimos tiempos interesantes o peligrosos?

Yo creo que no son contradictorios los conceptos. Evidentemente, caminamos por una senda donde el horizonte es completamente ignoto. No está para nada claro cuál es el destino del proceso que estamos enfrentando. Y por eso, lo he dicho en varias ocasiones, a mi juicio la situación política está totalmente abierta. Eso significa que, de aquí a los próximos meses, no sería sorprendente la configuración de cualquier escenario. La situación política es tan cambiante, es tan dinámica que puede ocurrir cualquier cosa. Hay algunas que uno quisiera que ocurrieran, pero que no necesariamente te garantizan muchas cosas tampoco. Yo quisiera, algo que se debatió en octubre y principios de noviembre del año pasado, que renunciara Piñera. Sería espectacular. Si hubiera renunciado, el escenario político sería otro, pero no tengo muy claro qué sería lo que estuviera pasando hoy.
El que ocurran ciertas cosas, no necesariamente garantizan el desarrollo o la trayectoria de otras que, mecánicamente, debieran operar. A mí me queda la sensación de que la ausencia de liderazgos políticos en las élites, hoy, es el factor más peligroso. No solamente por estar legítimamente cuestionadas, no debieran asumir ningún tipo de conducción en el actual proceso. Tampoco se han logrado constituir liderazgos políticos alterno. Ni desde el mundo de la izquierda extraparlamentaria, ni desde el mundo de lo social, que es el que de alguna manera ha tenido el mayor protagonismo del desarrollo de la revuelta popular.
Hubo hace un mes atrás, en enero, una asamblea en Santiago, de la Coordinadora de Asambleas Territoriales, que fue un primer peldaño hacia un proceso de aglutinación por lo menos en Santiago, y acaba de comenzar a circular el documento de síntesis de esa reunión. A mi juicio es un primer paso, pero tremendamente insuficiente aún a efectos de configurar o constituir una plataforma programática alternativa y una conducción política que le dé liderazgo al proceso. Y es insuficiente, primero, porque no es representativo del conjunto de las asambleas territoriales a nivel nacional. Esto es Santiago, y por lo tanto, los territorios, que han sido la base del levantamiento popular, no tienen necesariamente representación en ese espacio.
Y en segundo lugar, porque ha habido un debilitamiento de las asambleas territoriales, un aspecto que, quizás, se va a revertir ahora en marzo o abril, pero que, objetivamente, en el ciclo estival, experimentó un debilitamiento. Y por otro lado, porque la plataforma programática, es decir, no queremos esto, pero qué es lo que queremos, y cómo lo organizamos, a efectos de resolver la crisis, todavía no está lo suficientemente desarrollada. Entonces, a mi juicio ahí hay un germen que se podría potenciar, pero que todavía lo veo muy débil. Y es posible que los acontecimientos de marzo-abril adquieran tal nivel de masividad y de radicalidad que nos dejen a contramano. Es decir, que el desarrollo programático se ralentice, y que el desarrollo de los acontecimientos opere de una manera mucho más vertiginosa. Y ahí volvemos al escenario de los peligros. Puede pasar cualquier cosa, y lo que pase, no necesariamente va a ser mejor que lo que ya hay (sonríe).

En ese sentido, ¿deben los políticos, por su falta de liderazgo y legitimación, integrar la constituyente?

En ningún caso. Creo que lo que necesitamos es una asamblea constituyente soberana con ausencia absoluta de no solamente los actuales representantes de los partidos políticos en el Parlamento, sino que también de militantes de esos partidos en la representación de la constituyente. Todos los que están militando en organizaciones políticas deberían estar excluidos.

¿Tajantemente?

Sí, tajantemente. Esa es mi postura. No significa que sea la correcta, pero esa es mi posición.

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