Capitalismo y desigualdad: cuando solo queda la insurrección

Publicado por Pablo Bustamante

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Aún no cruzamos el ecuador del año y pareciera que este 2020 no ha durado 5 meses sino 5 largos años. El ritmo noticioso es vertiginoso por donde se lo mire y si ayer los ojos estaban puestos en Hong-Kong, rápidamente tuvimos que devolver la mirada al continente para ver lo que pasaba en Ecuador, después los sucesos que acontecían en Chile, luego girar el cogote rápidamente hacia Bolivia, elecciones en Argentina, LasTesis, China y el comienzo del coronavirus, las muertes en Europa, alguien dio por muerto a Kim Jong-Un, Bolsonaro empezó a hablar imbecilidades, Trump habló sobre desinfectantes para combatir el virus, mientras los muertos empezaron a acumularse en camiones, y en nuestro país las cifras no calzaban, los castillos de naipes se empezaron a derrumbar y ahora explotó Estados Unidos.

En el país de la libertad, donde un sin fin de libertades ilegales permiten al sistema cometer graves injusticias, daba siempre la sensación de que esa olla no explotaría debido a una policía demasiado reaccionaria, que podía agujerear cuerpos ante cualquier reclamo. Irónico es el destino que quiso que esa misma policía, que suele usar un manto de impunidad, fuese la causa principal de que la tapa de la olla volara por los aires y emergiera la rabia.

Una rabia que no solo se asomó, sino que se esparció veloz y vehemente en la ciudadanía estadounidense y en pocos días hemos visto que el fuego a empezado a consumirlo todo. La muerte de un ciudadano afrodescendiente fue la gota que terminó por destapar la indignación cuando el pasado lunes George Floyd era ejecutado públicamente por la policía de Minneapolis en un nuevo crimen racial en ese país.

Floyd que había ido a comprar cigarrillos a un minimarket fue acusado de usar un billete de 20 dólares aparentemente falso. Se subió a su vehículo, nunca huyó, estaba tranquilo cuando una patrulla se le acercó y lo detuvo. Los 4 oficiales que lo redujeron, mostraron excesiva violencia ante un hombre que nunca ofreció resistencia y que fue esposado, pisoteado y asfixiado con una rodilla en su garganta que le costó la vida. «Mamá, mamá… No puedo respirar, no me maten«, fueron algunas de sus trágicas últimas palabras.

Los videos que registraron el crimen cometido por los uniformados comenzaron a esparcirse rápido y chocaban con la versión de la policía que en su informe hablaron de un sospechoso que ofreció resistencia y que además recitaba que «los agentes esposaron al sospechoso y se dieron cuenta de que parecía sufrir un problema médico». El resultado fue algo que conocemos muy bien en este otro extremo del continente: indignación.

Porque esa se ha vuelto la constante en las protestas de la gente contra los sistemas sociales de occidente, la búsqueda de dignididad, el fin de los abusos, el «yo también importo». Cuando la ciudadanía se ha visto expuesta a tantos años de injusticia, de miseria, de limitaciones, de violencia sistemática, de ser apartada a un rincón para que la elite pueda disfrutar privilegios a costa de las carencia de otros y otras, entonces la rabia acumulada que antes estaba dura, se licua y ese núcleo de ira comienza a arder en un magma imposible de contener. Y si le sumas a eso que quienes dirigen estos países son calculadores neo fascitas que no quieren mejorar las cosas, sino que juegan una estrategia tan triste que solo busca dividir a la población, polarizar los climas al máximo para asegurar la cantidad de votos suficientes que les permitirán acceder a cargos de poder donde sacar provecho, amparados en sistemas electorales diseñados para que esta misma elite se mantenga en posiciones de control, bueno, entonces el resultado son los estallidos sociales. La ebullición de los cimientos que mantienen el modelo.

La injusticia evidente a la que el capitalismo nos somete ha sido gritada con fuerza por varias generaciones previas, pero al mismo tiempo invisibilizada por algunas herramientas de este sistema, como la pobreza en educación, los medios masivos de información y el ascenso de un materialismo desmedido que centra tu atención en prioridades sin sustancia. Voladores de luces que encandilan el cielo y elevan nuestra mirada mientras que a hurtadillas el verdadero villano, que es la codicia, reescribe las reglas del partido donde vamos a jugar, imponiendo condiciones y limitando sus movimientos, como alguna vez lo dijo Jaime Guzmán, quizás el gran gestor en nuestro país de la irrupción y consolidación de este modelo.

«Si llegan a gobernar los adversarios, (que) se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque —valga la metáfora— el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario», esta fue la declaración exacta que Guzmán hizo a la revista Realidad en 1979, en un artículo titulado «El camino político». Más ilustrativo imposible.

Lo que pasa en EEUU en este momento, lo que pasó en Chile desde octubre, lo que ha pasado en Centro América, Hong Kong, Brasil, España, Italia, Inglaterra, lo que pasa en África y Oriente Medio, toda la miseria sobre la que algunos recién toman consciencia y que la inmensa mayoría llevamos viviendo por décadas, obedece a la construcción de un sistema que se sustenta en un concepto: desigualdad. En las cúpulas gestoras de este monstruo y en las que lo administraron y perfeccionaron con posterioridad, la gente que sufre esta opresión, no tiene rostros, son cifras que sustentan un modelo que de cierta manera va ayudando al progreso y nos han llenado de gráficos para demostrarlo. Curvas ascendentes, datos «duros» que para ese grupo de psicópatas opulentos justifican sus acciones, porque al final del día, si la muerte de 1 millón de personas, permite el bienestar de 100 millones, bueno, es matemática, y la matemática es exacta, no acepta interpretaciones. No la tuya o la mía, por supuesto.

Entonces surgen los tecnócratas de la meritocracia que con el clásico discurso de «lo quieren todo gratis», entrampan la discusión y le ponen un candado casi ético al fondo del asunto, diciendo que estos movimientos sociales lo que quieren hacer es realmente castigar el éxito que ellos han conseguido de manera tan sana, sin ayuda, solo porque se esfuerzan más. Y esto podría no estar equivocado, si es que no mezclaran conceptos como equidad e igualdad, haciendo ver que son lo mismo, cuando no lo son. Porque no es lo mismo jugar un juego con reglas iguales para todxs y condiciones equitativas, que hacerlo en desventaja, con menos jugadores en tu equipo o infraestructura desigual. Bien lo supo la Esmeralda al enfrentarse a los acorazados peruanos. Se lucha hasta el final, pero el resultado es injusto por donde se lo mire en este ejercicio reduccionista.

El sistema económico se ampara en el sistema político y viceversa. Se desconocen a veces, por apariencias, pero en la oscuridad, cuando nadie los ve, se buscan y protegen, amañan las condiciones, evitando el surgimiento de nuevos actores. Porque el ejercicio democrático que desde chico nos instalan como el proceso más justo de todos, solo existe como una careta, cuando tras la cortina el poder político sirve a elites económicas que financian sus campañas y en retorno el poder legislativo encoge o agranda la cancha según conveniencia, perpetuando en el poder a los verdaderos gobernantes, que no son los Trump o Piñera, por supuesto.

Toda esta injusticia se ve reflejada en, por ejemplo, los sistemas sanitarios. Esta pandemia ha puesto en evidencia que quienes más se enferman o mueren pertenecen a los sectores económicamente vulnerables. En Estados Unidos, la población afroamericana. En Chile, aquellos que habitan la periferia. Entonces la pregunta lógica se ilumina en neón en nuestras cabezas ¿Es la salud un bien o un privilegio? Y lo mismo podríamos preguntarnos sobre la educación, el agua, la vivienda y una larga lista de cosas que deberían ser un derecho y no lo son.

Por ende, aquellos que salen a marchar y que hoy vemos copando las calles del mundo, son lxs pobres y lxs que sienten que no cuentan con las mismas oportunidades. Por eso han marchado las mujeres, marchan lxs campesinxs, las minorías raciales, los pueblos originarios, las minorías sexuales, la clase media, lxs rezagadxs, lxs apartadxs. Exponen su vida ante un virus asesino y ante una policía ídem, que juró servir y proteger, pero no sabíamos que ese lema aplicaba solo para la elite y su sistema, porque para el resto eran palos, gases y represión. Lo decubrimos nosotrxs en octubre pasado y hace una semana esa misma opresión, con forma de rodilla en su garganta, fue lo último que sintió George Floyd.

Comentarios publicados en "Capitalismo y desigualdad: cuando solo queda la insurrección"

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    Excelente columna, felicitaciones , más claro imposible.