La pastilla del día después de mañana

Publicado por Francisco Campos

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Ilustración por Shhipp

Hoy, Siete de Septiembre, al despertarme prendo la tele y me entero que el Gobierno repartirá la píldora del día después a menores de catorce años que la soliciten en los consultorios. Me pareció bastante bien y, de cierto modo, me alegró la mañana. Salí de mi casa y tomé la micro para ir a la U. Me subí, pagué y me senté al lado de una niña –de no más de 16 años- con una guagua en brazos. El viaje es largo así que la miré por mucho rato. Me intrigaba si era su hijo o su hermano. Pasaron unos veinte minutos y me atreví a preguntarle:

-¿Es tu hermano?
– No, es mi hijito
-¿Quién es el papá?

Sin duda la pregunta era barsa y estaba en su derecho de mandarme a la cresta, pero ella miró a su hijo –sonriendo- y me contestó «es de un primo de Cabildo».

Me puse a pensar en lo complicado y duro debe ser eso, quedar embazada de un familiar cercano. Quizás pecó de ingenua o quizás la obligaron.

Mientras me bajaba de la micro me acordé de algo que me habían contado hacía un tiempo. Pasó, creo yo, a principios de los 60´s en Santiago, específicamente en Ñuñoa.

Una niñita se paseaba por la cuadra con sus zapatitos de charol y su faldita escocesa como si fuera la reina del barrio. Un día un tipo joven la llamó y le dijo que quería ser su amigo y la invitó a su casa. Ingenuamente la niña entró a la casa y apenas atravesó el umbral de la puerta el tipo la tomó del cuello y la golpeó en la cara. Ella cayó al suelo aturdida mientras él la manoseaba y la apuntaba con una pistola. «Si gritai te mato» le decía. Quizás la pistola era de mentira pero ella nunca lo supo. El tipo estaba tan caliente con la niña que no se preocupó de cerrar bien la puerta y justo cuando le bajaba los calzones, un tío de la niña, sospechando algo turbio, entró por la puerta. No alcanzó a asomar la cabeza cuando se topó con el show. La pobre aprovechó un descuido del tipo, quien se asustó al ver al tío llegar, para recoger sus calzones y salir corriendo hasta su casa.

Hoy, esa jovencita es una mujer bastante cercana a mí.

¿Cuántas historias empiezan así? ¿Cuántas terminan peor? Muchas. Pero la ropa sucia se lava en casa. Nada de sicólogos ni siquiatras. Hay que hacer como que nada pasó y mantener el status quo para que la gente no hable. Todo lo que tenga que ver con sexo es algo pérfido, si hasta la palabra violación provoca rechazo.

Esta actitud transforma a quienes han sido violadas en cómplices del delito, no en víctimas.

Es sabido que la mayoría de las veces quienes cometen una violación son personas cercanas a la víctima. Familiares, amigos, vecinos, que se yo, cualquiera al que le calienten las niñitas y le den ganas de follarsela. Siempre hay datos y estudios sobre los violadores, pero se dice muy poco sobre las violadas y menos sobre las secuelas que muchas veces deja una violación. El tema es tabú y pareciera que la gente prefiere hacerse la huevona. No entiendo porque rechuchas quienes se oponen a la píldora asocian un polvo -aunque haya sido a la fuerza- con la concepción.

O sea, el sexo pre-marital es pecaminoso, sin importar las circunstancias. Si te hechas una cacha sin condón por caliente -o por pendejo-, cagaste TIENES que tener el hijo. Si te violaron cagaste también, TIENES que tener ese hijo, aunque ni siquiera sepas como se llama el padre.

La píldora del día después es algo como una esperanza para aquellas que no eligieron traer al mundo a un niño, para enmendar el error de la calentura o de la inexperiencia o para no perpetuar el hecho traumático que significa una violación. Es la posibilidad de poner todo en fojas cero y empezar de nuevo.

Pero quienes se oponen a ella no pueden pensar así, porque para ellos es más importante el supuesto crimen de tener sexo fuera del matrimonio y son todos igual de culpables. ¿Quién es un Zalaquett o un Labbé o un De la Maza o un Longueira o una Alvear para negarle a alguien esa posibilidad?.

Este pensamiento antediluviano me pone de mal genio. También me ponen de mal genio las pelo lais, los «como va perro» y todos esos niños bien que sienten vulnerado su derecho a la vida porque otros toman la píldora. Son los moralistas que gritan a los cuatro vientos que ellos no lo harían, como si de esta forma se denunciara una herejía. Por supuesto que para denunciar las draconianas leyes laborales no hacen nada de escándalo.

No puede ser que en el año 2006 exista gente que no tiene nada que ver contigo y te diga que es lo que debes o no debes hacer con tu sexualidad. Pero claro, a los catorce años uno es muy chico para tener relaciones sexuales, pero no para ser juzgado como un adulto y enfrentar la cana tal cual porque «a los catorce uno ya sabe lo que hace». O para debutar por el Colo.

La píldora del día después permite evitar el sufrimiento a mucha gente que no ha hecho nada malo y no tiene porque pagar por lo que otros consideran un pecado capital.

Es sencillo hablar y gritar y amenazar desde afuera pero no es tan fácil cuando TE TOCA A TI. Me gustaría verlos a ellos en una situación sexualmente complicada, a ver si interpondrían sus «acciones legales» ante tribunales o contra la farmacia que vende el Postinor-2.

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