El último estreno del cine chileno se llama “La vida me mata” (el mismo que tiene empapelado Santiago con esos carteles amarillos con un pájaro muerto dibujado). Y si bien la primera película del músico y dibujante Sebastián Silva es una cinta poco convencional, extraña, exótica y postmoderna (muy distinto a la media de los estrenos nacionales), no logra empinarse más allá de lo anecdótico ”“o interesante, siendo generosos”“ todo por culpa de un guión fragmentado en una serie de reflexiones acerca de la muerte que juntas jamás cuajan ni conducen a nada muy significativo.
“La vida me mata” cuenta la historia de Gaspar (Gabriel Díaz), un veintenero que, deprimido por la muerte de su hermano mayor, se pasea por la vida sin mucho ánimo de nada, cada vez más ensimismado y melancólico. Sus días se le van entre una precaria vida familiar y un trabajo como camarógrafo para un cortometraje llamado “La vida me mata” que dirige y protagoniza su amiga Susana (Claudia Celedón). Susana, que más que un personaje es una caricatura, es el prototipo de artista engrupido, megalómano y con ideas creativas lamentables. La vida de Gaspar cobra un pequeño impulso cuando conoce a Álvaro (Diego Muñoz), personaje extremadamente vital y obsesionado con la muerte, en el que el protagonista no tardará en ver algo así como la reencarnación del espíritu de su hermano mayor. Álvaro llevará a Gaspar a tratar de superar la muerte de su hermano con un cercamiento naif al tema, con prácticas como matar a un pájaro o visitar la morgue, y hará que Gaspar empiece a sentirse mejor y más motivado.
La película tiene no pocos méritos: va avanzando a punta de diversas y estimulantes reflexiones acerca de la muerte, algunas muy bonitas como las que atañen al abuelo moribundo, otras más tragicómicas, como el canto de “cumpleaños feliz” en la mitad de un funeral; la mayoría de sus personajes, pese a la poca profundidad, están bien perfilados y dialogan con naturalidad; posee un aire de chilenidad, pese a lo singular del guión y propuesta estética (filmada en blanco y negro excepto cuando vemos lo que graba la cámara de Gaspar en el cortometraje); tiene un tipo de rol protagónico inexplorado por el cine local, un joven perdido, melancólico e inmaduro(más cercano a los protagónicos de películas como la argentina Nadar Solo o la uruguaya 25 watts).
Pero con todos estos méritos (a los que habría que agregarles una excelente dirección de fotografía y de arte, y un correcto montaje, virtudes que tienen más que ver con el acertado uso de los recursos que con el talento autoral), la película no evoluciona mucho en sí misma, lo que va haciendo prescindible e inconducentes varios trozos del metraje. Ya hacia el final da la sensación de haber pecado de hermética y tímida: que no se las ha jugado por nada. Molesta mucho también el hecho de que se le note demasiado su calidad de ópera prima. Está plagada de efectos visuales y trucos, que si bien son bonitos y funcionales a cada escena, parecen estar ahí más por producto de la ansiedad de un director primerizo que por ser un real aporte al relato. Lo anterior, termina por confirmarnos de que estamos ante una cinta fragmentada y algo perdida en sus propósitos. Ya lo sabemos: una suma de buenas ideas no hace una buena película.
