Oda a Tarantino

Publicado por disorder.cl

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Quentin Tarantino - Foto: Levon Biss

Hartos de esperar el estreno de Death Proof en Chile (dirigida por Quentin Tarantino y estrenada en ¡Abril! en USA bajo el nombre de Grindhouse junto a otra película de Robert Rodriguez) la bajamos via torrent y la vimos. Aun no podemos dejar de alucinar, tuvimos que repetir 3 veces la parte del choque. Y se nos vino una imagen a la cabeza: Tarantino el nerd, encerrado en su casa viendo películas y recién conociendo la fama (y la vida) a los 29 años con Reservoir Dogs.

Esto merece una alabanza y Héctor Muñoz es quien se la dedica. Oda a Tarantino, el freak sin polola que ahora es un quinceañero –de espíritu, cuarentón en realidad- haciendo películas de persecuciones en auto y chicas malas.

Texto: Héctor Muñoz/ Foto: Neil Crosby

¿Han cachado la ya clásica imagen (que puede ser cliché si se quiere, pero no lo es) del típico pendejo freak, de gustos y costumbres freak, que durante sus años de adolescencia pasó muchas –muchísimas- horas dedicado a sus aficiones, a su pasión? Más que ser un nerd, o un perno, esta gente es entusiasta por naturaleza y desarrolla su pasión de manera casi enfermiza. Al menos para la percepción “normal”.

¿Qué es lo normal? ¿Adolescentes carreteando en fiestas escolares? ¿Agarrarse minas? ¿Vanagloriarse de tus fantasías que ni siquiera son realidad? ¿Cumplir con todos los “deber ser”? ¿Ser popular en el colegio? ¿Qué te considere tu entorno social, al cual no perteneces del alma? Todas esas frivolidades que ocurren en este lapso de tiempo en que adolecemos de muchas cosas y en el que vamos formando la personalidad.

Esta es la historia de un tipo con una juventud atípica, que no vive bajo los cánones comunes y socialmente aceptados, sino que más bien la experimenta tarde y luego de haber pasado el umbral del éxito. El momento en que todas tus ambiciones, obsesiones, fanatismos y demases te empiezan a dar el pan de cada día. Y te inscriben en los libros de la historia mundial. Eso le pasó al que ven retratado en la imagen, Quentin Tarantino.

Quentin Tarantino

Para nadie es un misterio el ascenso en público de la figura del gran realizador de los últimos 20 años. Y su principal gracia es no calzar con el prototipo de cineasta intelectualoide, conceptual y complejamente enredado. No es que esté criticando ese perfil, solo quiero acotar el hecho que Tarantino viene de un lado completamente distinto, no de las fuentes, sí de la dedicación y la fascinación por ellas. Para un tipo que pasó toda su infancia y parte de su adolescencia sin hacer amigos en el colegio y que se dedicaba a jugar con sus monos de GI Joe e inventarles diálogos con palabrotas, ver televisión casi todo el día o ir al cine, es ahora cuando Tarantino disfruta como cabro chico de aquellas cosas que nos importan tanto teniendo 15 años. Todo hecho bajo el prisma de la pasión desmedida. Tarantino sabía que podrían venir cosas grandes en el futuro. Los típicos sueños que uno tiene.

Para Tarantino, siendo niño durante la primera mitad de los 70, la televisión fue determinante y forjó su visión del mundo. Según ha contado el propio director, la guerra de Vietnam y el caso Watergate supusieron un golpe doble que destruyó la fe de los norteamericanos en su propio país. Los mejores relatos de antihéroes y “perdedores” son de esa época post-crisis de Watergate. Taxi Driver, una de las mejores y una de las influencias en la mente del pequeño Quentin, junto a las pesimistas epopeyas de zombies de George Romero, o la considerable cantidad de películas sobre Vietnam que se filmaban una vez terminada la guerra. A la mezcla, obviamente, hay que agregarle mucho Godard.

Tarantino era tan apartado de lo socialmente aceptble que ni siquiera terminó el colegio, y no por falta de capacidades, sino porque sentía que no le entregaba nada más. No salía a carretes adolescentes, no tenía amigos ni vida social y era lo que en todas partes se conoce como un huevón raro. Pero aperró dejando el colegio para ponerse a trabajar y encontrar su destino. Y se inscribió en actuación para sacar a ese performer histriónico que siempre llevó dentro.

Quentin Tarantino

Sin embargo la revelación vendría en uno de los puestos más freak de todos: atendiendo un videoclub llamado Video Archives. Aquí Tarantino pulió todo aquello que fue fomentando desde pendejo: el gusto desquiciado por el cine y las películas. Tarantino era de esos tipos que organizaba ciclos de películas en el videoclub, junto a su socio y consejero espiritual Roger Avery (director de la excelente The Rules of Atraction, cinta basada en el libro de Bret Easton Ellis). Si Quentin te atendía en el videoclub era capaz de recomendarte películas y guiarte en una larga carretera de films que podían cambiar tu vida o, al menos, podían hacerte pasar un buen rato. Su única preocupación era el cine, le interesaba absolutamente TODO el cine. De ello, dio cuenta el realizador español Álex De La Iglesia: en una cena que compartieron, Quentin le preguntó a De La Iglesia si acaso sabía donde conseguir la copia en 35 mm de una película de Sevilla de 1973, película que De La Iglesia jamás había escuchado hablar. Así de Brígido. Al segundo plato, el director español se quería ir, ya que no aguantaba más la conversa de puro cine de un, según él, desquiciado personaje. “Quieres conocer a la persona, y descubres que la persona es sólo cine”.

¿Loco? ¿Zafado? ¿Freak? Son formas de verlo. Pero lo de Tarantino va mucho más allá de eso. Para gente como él, la pasión por lo que aman es lo que las lleva adelante. El entusiasmo los conduce en cada paso que dan y se les nota. Hablan aceleradísimos y son un torrente explosivo de verborrea, pero se les nota en la cara que lo están disfrutando. Que siguen siendo cabros chicos, que no pierden la capacidad de asombro ante nada y que siempre habrá algo que esperar de ellos.

Del videoclub a estar tras la cámara. De ver películas a hacerlas. Así podríamos estar pensando en un montón de casos en que un fan, de ser un espectador como tantos otros, pasa a estar al otro lado de la calle. A subirse al escenario. A sentarse en la silla de director. A contar historias.

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