Por Andrés W. Cantuarias
Normal con Alas se jacta de ser «una comedia pelolais», y, en estricto rigor, lo es. Se trata precisamente de un colegio muy cuico en que las alumnas deciden traficar (si es que se le puede llamar así a vender marihuana) la planta milagrosa debajo del “post it” ese que traen las toallas higienicas.
La película corre bien, Paz Bascuñán y su marido ficticio están en de lujo en sus papeles, hay risas aseguradas los primeros 20 minutos y luego el clásico guateo del cine nacional.
«Normal Con Alas» tiene el problema de tantas películas nacionales. No decide por cortar cosas, ni por personajes, ni siquiera por la historia: navega al rededor de una anécdota que hubiese estado muy bien en un telefilme, pero no da para cine.
Este falso documental con entrevistas a cámara, recreaciones y testimonios de todos los tiempos en que se suscitaron una serie de eventos ligados a una anécdota, tiene ganas de ser más: criticar a la clase alta, marginar a la baja, desmitificar la marihuana, ser difíciles con los curas o hablar de la educación, pero ”“lamentablemente- no opta por ninguna. Y el asunto ese de lo «polémico» me imagino que nos tiene a todos podridos. Para que decir «irreverentes».
Sobran personajes por todos lados. Hay un cura español que no sale una, si no mil veces y que está ligado a la historia solo a través de Jenny Cavallo, quién tampoco tiene trascendencia alguna durante todo el metraje. Katryna Huberman está de sobra y muy mal actuada. Catalina Guerra funciona solo a minutos.
Va a parecer que estoy diciendo que la cinta es un total desastre – porque técnicamente es de lo peor que ha pasado por salas los últimos años en términos, de frentón, ligados a la producción (por último si fuese pareja en su mala calidad y estuviese justificado como recurso estético, pasa)- sin embargo estamos frente a un ejercicio experimental que solo a ratos funciona. Es simpática, da risa e identifica a su público. Sobre todo, está claro, provocará ese efecto del morbo escolar de ver una película sobre pendejos marihuaneros.
Pero no da para más. Se queda en las ganas.
Pudo haber sido interesante en todo caso. Hay recursos bien utilizados por la directora y guionista (Coca Gomez), como introducir personajes en el medio (el cura gringo, mención honrosa) o subir la tensión, pero algo pasó. Algo no funciona.
No se puede armar bien una película con imágenes de mala calidad, otras en buena, algunas notoriamente anticuadísimas (no solo por quienes conocen de la tele a los actores), chistes y un par de buenos secundarios. Menos si partes haciendo reir fuerte y terminas desesperadamente tratando de dar con un final (como sea) que no pega por ninguna parte e intenta, más encima, tomarse en serio a si mismo.
Ojalá hubiese un poco más de ojo antes de lanzar a la luz comercial (y con tanto énfasis) un producto de frentón mal hecho. Ya no nos hacen tan tontos. Uno no paga $3.600 por ir al cine a ver una película que pareciera casi tener ese costo en total, sin ideas detrás. Al menos yo no lo haría.
Lo peor es que se le hace daño a una actividad en la que los empresarios no apuestan y que al ver los magros resultados cinematográficos de cintas apoyadas como ésta, más se decepcionan.
En el fondo, lo que le faltó a la peli es darse cuenta que los pelolais no son precisamente la gente más inteligente del mundo. Y eso está bien para retratar a los personajes, pero no a todos los involucrados, ni menos al publico.

Publicado por disorder.cl
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