Pasa que llegas al momento en que un cuchillo en el cuello te salva la vida. Una mierda de navaja, no muy filosa pero sí bastante oxidada, se aprieta contra tus venas vitales y te sientes salvado. Lo más cerca de un ángel de la guarda que has estado jamás, pero en la forma de un asqueroso travesti drogado quizá en qué putas.
Por Luc Gajardo
Y tú ahí. Congelado por el impacto y por lo desesperantemente irónico de la escena. Te ríes un poco, cosa que no le cae nada de bien a tu asaltante. Estás parado, tieso contra una reja que te separa de la línea del tren. El mar al fondo. Valparaíso huele a meado, y estás que te meas tus sucios pantalones y esas polillas reculeadas no paran de revolotear alrededor del foco que ilumina tu humillante escena. Tú y un travesti mal transformado, feo el culeado, separados por un cuchillo.
-¿De qué chucha te reís, mierda?
-Nada. Yo pensaba en votar por Zuliana. Ahora ni cagando.
-¿Te creís chistoso, weoncito? A ver, ¿que tenís? Muévete y sangras.
Y entonces el travesti asaltante mete las manos en los bolsillos de nuestro pobre hueón y agarra dos lucas, dos condones, el celular. Y su cara está tan cerca que los alientos se mezclan. Pisco, cigarros, saliva enferma, espesa y con miedo.
-Estay harto rico, mojón de mierda. Si querís te la chupo. ¿Cuánta plata tenís?
-No, gracias. Y mi plata la tienes tú ahora.
(¿¡Qué clase de asalto es este?!)
Las arañas pararon de caminarte por el cerebro como parásitos, picándote con ese veneno que arde tanto. Hace 5 minutos estabas decidido a matarte, tan decidido que llorabas, solo, caminando por la calle como un pastabasero. Entonces el hueón va caminando por Errázuriz, murmurando, solo, que listo, que se acabó, que a la mierda toda la hueá y pura mierda. Viendo borroso por lo borracho y las lágrimas. Buscando un lugar alto para escalar, saltar y -con un fuerte aplauso- despedimos a este conchadesumadre enfermo mental.
Hasta que te pescan del hombro, te tiran contra la reja y cuchillo en el cuello, mierda. Y el travesti en tu cara. Y la crisis de pánico se te espanta en ese mismo segundo.
-Por la chucha, no se si debería decirte esto, pero iba directo a matarme. Ahora en cambio quiero matarte a ti.
El cuchillo se aprieta un poco.
-Dame las gracias entonces, pendejo reculeado.
-Gracias, supongo, ¿Puedo tener mi celular de vuelta?
-¿Qué celular, culiao? Yo no tengo tu celular.
-Me lo acabas de quitar.
-Yo no te he quitado nada.
Primavera de mierda, ¿Por qué te hace esta hueá?. Habías previsto el desastre, sólo que el hueón retrasado en ti no lo quiso ver. No querías salir (“Estoy un poco deprimido” habías dicho). Puta, con unas piscolas se te pasa. “Hace mucho que no nos vemos”, te habían contestado. Pero tu no estabas para ver a nadie. Habías jugado con la locura demasiado tiempo y, como bien dice el borracho gordo indecente, la locura no juega. La tocas y te caga. La llevas. Y ahora la tenía revoloteando adentro del pecho como un murciélago, chocándote por dentro. Provocando convulsiones y ataques de llanto.
Habías comenzado el día volando, a mil metros de altura, en un columpio en el cielo. Sin hueveo. Después habías viajado 120 kilómetros en picada, sólo para llegar donde ella en un estado en que nadie debía verte jamás. El tipo de quien les hablo no se demoró nada en dejar la cagada. Todos te están mirando. Todos te están juzgando, hueón. Te miran de arriba a abajo. Pueden ver el murciélago que tenís adentro. Pueden ver las ratas en tus manos.
Y allá arriba en el hospital sobre la casa donde estas, ahí arriba en el manicomio, tu padre había dado sus últimos aletazos de ahogado. Acéptalo, mierda, lo tienes en los genes. ¿Qué le vai a hacer? Eres una sombra, hueón. Una triste hueá que le tapa el sol a la gente. Una y otra vez repitiéndote la misma mierda en la cabeza, esa voz de mierda. Y ella ahí toda llena de luz en medio de esa pieza oscura, haciéndote señas, hablándote hasta que te vas a mute y te empiezas a alejar y la vez haciendote señas pero tú ya estás hasta las rodillas con sangre y vomito, hasta el cuello en la crisis nerviosa.
Luego estás moviéndote como una bacteria infecciosa por el bar en Valparaíso, al que no tienes idea cómo llegaste. Ahora la paranoia es real. Todos te odian. Mandaste a la mierda a medio mundo, y ella te acaba de mandar a la chucha a ti. “Enfermo mental” fue lo último que le escuchaste decir, mientras intentabas balbucear algo, sentado en el piso.
Así que ahí vas. Tiritando y hablando solo, riéndote un poco entre las lagrimas, por lo decidido que estás y la pena que te da -después de todo- morir. Hasta que te agarra esta huevá rara. Con su cuchillo y su tufo a infierno que deja inconciente, nocaut, raja al murcielago. Ahora no quieres morir. Y te da risa. A la horita.
-Puta, el celular nomás, no te cuesta nada. Perdón por decir que te quería matar, no era en serio. Me voy tranquilito por donde vine – Susurras, afónico, estirando para arriba y para atrás el cuello.
-¿Y no me querís culear mejor? Apuesto que eso querís.
-¿Qué? No, en serio que no.
Entonces te pesca el paquete con la fuerza que sólo un travesti drogado puede tener, y te la menea un poco.
-¿Te gusta, cierto?
-No. Y no quiero ninguna huevá de celular ni nada, por favor deja irme.
-Ya culeao, vuela de acá antes que llegue mi shulo y te haga pedazos. Y déjate de andar haciendo huevás.
-Ok, ok.
Otro travesti se acerca y esta fiestecita en la calle no te gusta nada. Y piensas “puta, ¿por qué donde vivo los travestis son tan distintos? Siempre te saludan cuando pasas, como si fueran minas regando el pasto y tú el hueón que reparte diarios en bicicleta, aunque la verdad es que ellas están meando y tú vas en bicicleta y no vas repartiendo nada, excepto miradas confundidas. Al menos no te vienen con un cuchillo al cuello”
-Y te quejai, culeado. Ese cuchillo y asalto con casi violación te acaban de salvar la vida.
Quien te dice eso es tu alma, flotando por encima. La puedes ver. Es como un gato sin pelo. No la habías visto nunca pero la reconoces.
Saltas y tratas de tragarla, pero te esquiva.
-Me has tratado como el pico, mierda. Yo me voy, tú te quedas y que la muerte te entre por la nariz y por el hoyo.
-¡Ven pa acá conchetualma!- Y caes de rodillas. De tu boca sale el murcielago- haciendote trizas algunos dientes y las encías mientras aletea para salir- agarrando directo del cuello al gato de mierda éste, forcejean, se rasguñan y se muerden hasta que el murcielago mete a la fuerza de vuelta por tu misma bocaza al gato pelado.
Y ahí quedas. Con los labios reventados. Pedazos de dientes en la garganta. Tosiendo sangre y encía.
Pero con el alma otra vez dentro del cuerpo. Y caes dormido. En plena calle
Y el murcielago cuelga patas para arriba de los cables de electricidad.
Todo en orden nuevamente. Se acabó el show.