Tres grandes películas de desastres

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por Alejandro González

Los estadounidenses suelen asociar los momentos económicos de la época a aquello que se proyecta por la pantalla grande. Eso que suena a estudio sociológico algo pretencioso, en ocasiones acierta.

Así como en la Gran Depresión de los años 30 el cine sirvió como vía a escape a una derruida clase media, sobre todo a través de puritanos musicales y producciones rimbombantes, décadas mas tarde, en los años de la primera derrota bélica norteamericana -el de las mentiras de Nixon, la de los del fracaso de Carter- Hollywood descubrió, casi por azar, un nicho de mercado que se apoyó en un arsenal de efectos especiales y un desfile de taquilleras figuras, asociado a las grandes tragedias humanas producto de sus propias creaciones, enfrentadas a una naturaleza esquiva y huraña.

Eso fue hace ya casi 40 años. Antes que el bueno de Roland Emmerich nos bombardeara con sus ingenuos panfletos apocalípticos.

Años antes que nuestra TV transformara cada desgracia en una apología porno del drama ajeno, antes que enviaran descerebrados con cámara a hacer turismo en la pobreza que yacía escondida en las caletas, y que salió a flote junto a las pequeñas embarcaciones de su gente, hacia quienes cualquier adjetivo hoy resulta insultante o burlón.

Los gringos, ajenos a nuestras miserias, vivían las propias, basadas pretenciosamente en los miedos a sus propias tecnologías. A verse sorprendidos y enfrentados a hijos aplicados que engullían insolente a sus padres. Sufrían enfermos la paranoia a que aquello que les hinchaba el pecho, podía fallar de las formas más siniestras y trágicas imaginables.

La pérdida de la inocencia de una sociedad burbuja, violada a punta de balas, petróleo y negaciones, se proyectaba en un hombre sin poder controlar los avatares que el cielo, el océano o la misma tierra, le deparaban.

Así nacen películas olvidables y otras de gran factura, menospreciadas muchas veces por su temática mañosa y oportunista.

Eran los 70’s y las películas sobre desastres naturales hacían nata.

La Aventura del Poseidón (1972).

En el papel el argumento parece sencillo. Un grupo de adinerados viajan en un lujoso trasatlántico, a punto de ser dado de baja, celebrando la llegada del nuevo año al son de una gran orquesta, embriagados por la despreocupación y la sobremesa. Mientras esto ocurre, un maremoto avanza en forma de un gran tsunami sobre el potentado barco.

La imagen de la ola es estremecedora. Pasados casi 30 años me sigue pareciendo más real y terrorífica ésta, que quizás la exagerada pared de agua de “Impacto Profundo”.

Más allá  de estas simples líneas argumentales, la película logra armarse a fuerza de unos personajes muy bien delineados y sui generis durante la primera media hora, dando paso luego del desastre, a la épica de la supervivencia. Al momento de verla cuando era niño, en alguna programación de trasnoche, me llamó mucho la atención que quien tomaba el liderazgo del grupo que intenta sobrevivir, haya sido un sacerdote muy hijo de puta, canchero, que se olvida un buen rato de Dios y de los rezos, para buscar una salida a ese barco que se había volcado como campana, interpretado por el siempre sólido Gene Hackman. Acompañado por la veterana ya, Shelly Winters (para los que no la recuerdan era la madre de Lolita, la de Kubrick), una gran estrella ya, tal como Hackman, Ernest Bornigne, o el inefable Leslie Nilsen, de acuerdo a los cánones exigidos a este tipo de películas. Big stars.

Wolfang Petersen (el de La Historia sin Fin y El Barco) realizó un remake el 2005, a mí entender innecesario, sin que posea la emoción y la claustrofobia del original. Y ojo, la hizo solo unos años después de haber filmado La Tormenta Perfecta, en que los paralelos son bastante mas evidentes que en su reversión del Poseidón.

Creo, sin temor a equivocarme, que ésta película del británico Ronald Neame es quizás, la mejor de desastres hecha, dejando el listón bastante alto, a la cascada que vendría durante toda la década de los 70’s.

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Aeropuerto (1970)

«Aeropuerto» es la primera de éstas mega producciones, repleta de estrellas, donde desfilan gente como Burt Lancaster, Dean Martin o George Kennedy (el compañero de Leslie Nilsen en ¿Donde está el policía?). Fue un tremendo éxito de taquilla, que bien valía para sus productores, ya que fue además una de las mas caras en costes (algo así como US$ 10 millones de la época). Esto trajo como consecuencia dos secuelas, asociadas a los años de estreno (Aeropuerto 1975 y Aeropuerto 1977), donde también la marca de grandes figuras del Hollywood de oro, se hacían notar.

Seguramente necesitaban el dinero, porque no se entiende como actores de la talla de Jack Lemmon, James Stewart o Gloria Swanson, hayan decidido poner sus nombres en estos films de matiné absolutamente olvidables.

Por lo repetitivo de la formula, la audiencia le terminó dando la espalda. El golpe de gracia se lo dieron los hermanos Zucker y Jim Abrahams cuando crearon una de las grandes comedias de los 80’s “¿Donde esta el piloto?”.

¿Algo bueno salió de todo esto, no?

Valga añadir que se basaba en un best seller de cuneta y que con el tiempo se transformó en una visita constante a nuestra TV, (léase “Tardes de Cine” o “Cine en su Casa”), donde compartía su proyección junto a clásicos del western.

No obstante, su gran virtud fue haber sido la pionera en estas grandes películas de desastres, rodadas bajo los estándares de fábrica que la hicieron conocida: a) Muchas figuras. Las menos en su apogeo. Las más, en su ocaso, b) Una gran catástrofe, ante la cual el hombre nada podía hacer (o que por negligencia no lo hicieron) c) y muchas muertes sugeridas, poca sangre.

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Terremoto (1974)

Por lejos, el más grande clishé de todos los films de catástrofes. Argumentalmente es muy parecido a lo que vemos hoy en el cine de Emmerich, como la ridícula “2012”. Una historia de amor que sirve de relleno para un desastre mayúsculo que arrasa con todo y con todos. Aunque acá hay varios elementos algo bizarros. Lo de Ava Gadner, una de sus protagonistas, es para la risa. Nunca fue una actriz que se destacara por sus dotes actorales. Pero a lo menos décadas antes, su juventud e inexperiencia la disculpaban. Ya había pasado su época de esplendor y vivía arrojada a un cine comercial de baja factura, en donde “Terremoto” era solo la guinda de la torta.

Ella forma pareja fílmica junto a un “cara de póker” Charlton  Heston, donde no había fiato por ningún lado.

Dentro de la fauna de personajes caricaturescos que inundan el film, rescataría el del siempre magistral Walter Matthau, quien hace el papel que a muchos nos gustaría vivir, dentro de lo desgraciado de presenciar un movimiento telúrico: el del borracho que no se entera que diablos pasa en su entorno. Así daría gusto vivir el fin. Borrado, sin distinguir los temblores del suelo a los propios.

Pero fueron dos los elementos que distinguieron a este film sobre otros.

En primer lugar, los efectos especiales, que para mediados de los 70’s eran sencillamente espectaculares y que han envejecido muy bien, donde la destrucción y el cataclismo de una gran ciudad, son para tejer pesadillas.

Finalmente, un invento de la época: el Sensurround, el cual era un innovador efecto de sonido que transmitía la sensación de movimiento de la película hacia la butaca del espectador. Esto produjo en muchos cines ataques de histeria en personas que huían despavoridas de la sala de cine.

Esto sin duda alimentó el morbo por comprar un boleto y fue un aliciente para la taquilla, que si bien fue positiva, no logró superar en cantidad a otras de este género, como la correcta “Infierno en la torre”.

Para recordar, la escena más gore y estúpida sale justamente de este discreto film: la de una multitud agolpada y frenética que intenta huir a través de…. un ascensor, el cual obviamente cae con la multitud y remata con un salpicón de sangre que inunda la pantalla.

¿A alguien se le ocurriría arrancar en medio de un cataclismo por un ascensor?

Hay que ser muy pelotudo.

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