El corazón de Pixies

Publicado por Sebastián Alburquerque

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Fotos y texto por yo mismo.

Las casi 3 mil personas que repletan el Teatro La Cúpula corean su nombre, pero ella sólo sonríe. Kim Deal no hace más que sonreír y tomar sorbos de su lata de Beck’s, mirando al baterista David Lovering con complicidad. Frank Black (o Black Francis, o Chuck) mira a Kim de reojo, quizás con cierta envidia, no lo sé. Es difícil determinar esa clase de emociones cuando estás a unos metros de Pixies, envuelto en un mosh que nunca paró, sólo descansaba. Era el segundo concierto de Pixies en Chile, en el que dedicaron 33 canciones a los mineros atrapados y fue sencillamente la raja.

El Teatro La Cúpula es chico y esa noche parecía un horno, lo que para un concierto se traduce como buen clima. Pero el público es extraño: muchas parejas, adultos jóvenes enrolando pitos con boquilla, incipientes calvos twitteando desde sus iPhones y varios tíos o hermanos con sus sobrinos o hermanos chicos (incluso vi uno que iniciaba en las drogas a su sobrino de 12). No parecía el público que dejaría la cagada cuando fuera necesario, o lloraría (como un cronista amigo hizo, mamona y honestamente) si es que escuchara esa canción que tenía grabada en un cassette cuando chico.

Pero me equivoqué.

Se apagan las luces y Pixies entra al escenario. Nada de parafernalia láser ni pantallas gigantes. Frank Black habla algo que no se escucha del todo entre los gritos y el eco de su micrófono, pero se logra entender que tocarán 33 canciones, una por cada minero. Cecilia Ann comienza a sonar y es difícil de creer que enfrente, a unos metros, está tocando Pixies. La banda que sonó en tu adolescencia; en paseos, en carretes, mientras te agarrabai minas (o lo intentabas), cuando comprabas cerveza con 16 años y apenas algo parecido a un bigote sobre el labio. Pero Pixies estaba tocando ahí enfrente, sonando igual que en el disco, o mejor porque sonaba más fuerte.

Las canciones avanzan casi pegadas, no alcanzas a darte cuenta y están tocando River Euphrates, un poco después Debaser y Wave Of Mutilation. El público, que parecía tan fome con las luces prendidas, está vuelto loco. Todo el mundo salta, corea, y se arman mosh. Los calvos incipientes y los gordos paulatinos envejecieron junto con Pixies. Todos en la banda, excepto Kim Deal, lucen brillantes peladas. Frank Black parecería un pulgar con ojos si no levantara tanto el cuello para gritar.

En Isla de Encanta queda la cagada. Al mismo tiempo que empieza la batería se arman mosh en todas partes. Frank Black no canta las partes en que grita, pero nosotros el público las sabemos de memoria. Pegamos esos alaridos ridículos y Kim Deal nos mira con sorpresa. Se ríe mirando a los demás, pero excepto por Lovering, ninguno le responde. Eso se repetiría por todo el concierto, Kim Deal parece la única que lo está pasando realmente bien arriba del escenario; Joey Santiago no miraba al público, Frank Black no dijo nada aparte de su frase de apoyo a los mineros del principio y Lovering… estaba detrás de una batería así que no cuenta. Kim Deal es la verdadera fuerza de Pixies en vivo.  Es genuinamente simpática, sonríe por todo y aunque no se mueve mucho por el escenario, es más de lo que se puede decir de los demás.

El concierto avanza, y no sé si es por tocar 35 canciones (no fueron 33), pero desde la segunda mitad, Pixies se equivocan en muchas canciones. A Frank Black se le olvidaba la letra en U Mass, Joey Santiago entraba a destiempo, David Lovering tocaba el coro cuando los demás se quedaban en el verso… y Kim Deal era la única que se lo tomaba con humor. Cada vez que se pifeaban, Kim se cagaba de la risa, miraba a los demás y seguía tocando. Si Kim estaba riendo, lo más probable es que era porque se equivocaban.

Pero el concierto, con pifias y letras olvidadas, fue espectacular. Canciones como Ed Is Dead, Mr Grieves, The Sad Punk o Head On fueron… simplemente increíbles. Sonaban mejor que en el disco. Hasta Where Is My Mind, la archiconocida canción partió igual, exactamente igual. Kim Deal decía que le daba un poco de vergüenza, pero se acercó al micrófono y cantó el coro más afinado de la historia.

Cuando sonó Gigantic, un idiota, de esos idiotas que pueden arruinar todo un concierto se subió a una de las torres de luces mientras sonaba el bajo de Kim. Tuvo que dejar de tocar, esperar que bajaran al idiota que se ganó más insultos que nunca en su vida y un merecido «weón weón». Pero no importó, volvieron a tocar y fue un cierre perfecto para un concierto increíble. Pero más que Pixies, fue el show de Kim Deal. Si no hubiese estado ella, hubiera sido harto más fome. Ah, una coincidencia, ahora que andan todos espirituados con el número 33: The Breeders en su concierto en la Ex Oz el 2003, también cerraron con Gigantic. A big big love.

PD: Este concierto ha sido de los pocos en el último tiempo que tuvo entrada general. Ojalá muera luego la cancha «vip».

Setlist:

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