Halloween, the chilean way: un cronista que casi muere y dos mujeres asesinadas

Publicado por disorder.cl

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Por Luc Gajardo

Sépanlo: casi muero una noche de Halloween.

Hace un par de años regresaba de una fiesta de disfraces y me quedé dormido con mi indumentaria jalowinesca encima. Iba disfrazado de payaso de Slipknot con una máscara que, incluso despierto, representaba todo un desafío para las vías respiratorias.

Y ahí estaba. Tirado en el sillón verde (¿era verde?) del departamento 1011, completamente inconsciente después de la fiestoca. Con la cabeza metida en una bolsa de plástico grueso con cara de payaso. Sofocándome len-ta-men-te. Hasta que llegó Matto, me despertó de una cariñosa patada y me sacó la mascara. Volví a la vida con la cabeza mojada, como recién salido de la ducha. O del mar más bien, porque estaba salado, sudado, respirando como debe respirar una guagua recién nacida.

Pero mi historia es fome, lo sé. Vamos con las muertes de verdad. Pongámonos gore, como dijo el violador mientras se amarraba un cuchillo al pico.

Investigando un poco (y con la ayuda de mis colegas Enrique ‘4-L’ Báez y Raúl ‘Loquín’ Gamboni) caché que en nuestra propia tierra tenemos dos horrorosas historias de sangre, demencia, misterio, violencia y muerte ocurridas la noche de brujas.

Historias sin resolver, mujeres asesinadas y tétricos testigos. Esto es halloween, the chilean way.

Valdivian Twin Peaks

2004. Valdivia. Cynthia Cortez Pérez (arriba en la foto), 26 años, estudiante de primer año de arquitectura de la Universidad Austral, terminó tarde de maquetear junto a unos compañeros en su facultad. Luego de eso, se fue a la fiesta que esa noche había justamente en la U. Esa noche se celebraba halloween.

Hace ya algún tiempo, Cynthia había terminado un pololeo con su compañero de curso, Carlos Nuñez Alvear, de 23 años. Los dos ya estaban pololeando con otras medias naranjas. Pero como suele suceder cuando dos ex se encuentran en medio de un carrete, las cenizas de ese fuego que alguna vez hubo empezaron a prender, piscolas y fiesteo mediante. Según testigos, la pareja bailó. Incluso se les vio atracando acarameladamente.

Esa noche Cynthia no llegó a su casa. Sus padres no la volvieron a ver hasta una semana después, cuando el cadáver de Cynthia apareció semidesnudo, golpeado y estrangulado, entre unos matorrales a orillas del río Cau Cau, en el jardín botánico de la UACH. A más o menos 50 metros de donde fue la fiesta.

Peritajes posteriores establecieron que Cynthia había sido arrastrada del cuello varios metros. Y lo peor, que había muerto sólo un par de días antes de ser encontrada. Que agonizó casi una semana antes de morir.

La semana que la estudiante de arquitectura estuvo desaparecida, la búsqueda de las policías estuvo apoyada por varios estudiantes de la UACH, entre ellos, casi a la cabeza, Carlos Nuñez. Pero una vez encontrada, las narices de los sabuesos policiales se dirigieron hacia él. Luego de intensos interrogatorios, confesó. Primero dijo que la había acompañado al baño y después le perdió la pista. Luego cayó en contradicciones. Luego habló. Confesó que le había pegado, que la había arrastrado por el cuello con una bufanda. Según él, Cynthia lo había amenazado con acusarlo de violación si él no abandonaba a su nueva polola y se volvió loco. Confesó. Después se echó para atrás. Dijo que los polis le habían sacado esa confesión a punta de sacadas de chucha.

El caso tuvo idas y venidas judiciales. Finalmente Nuñez Alvear fue condenado por la Corte Suprema a 8 años y un día por el homicidio de Cynthia Cortéz. Hoy cumple su condena en la cárcel de Valdivia, desde donde aún alega inocencia. Dato mentor: Lo último que se supo de él es que ayudó a un compañero de reclusión, Jorge Baquedano (estudiante de ingeniería preso por tráfico de drogas) a estudiar para la PSU y que gracias a su apoyo Baquedano sacó un destacado puntaje.

Otro dato mentor: Este caso inspiró a Daniel Benavides a realizar su primera película, que tituló ‘El asesino entre nosotros’. “Cynthia es como la Laura Palmer chilena”, dijo en una oportunidad. Acá el tráiler:

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=8joRFr2kT9I[/youtube]

La guagua lo vio todo

Noche del 31 de octubre de 1994. Denisse Eludwig (en la foto, junto a su hija Isadora), 46 años, secretaria bilingüe, sale a tomarse unos tragos junto a su amiga Nora Hernández a un pub en Providencia. Entre roncola y roncola conoció a un fulano de nombre Iván Aguilera. Mueblista. Temucano. Amor a primera vista. Terminan follando esa misma noche. A fierro pelado al parecer, porque uno de esos traviesos nadadores insertos en el moco de Aguilera embarazó a Denisse de una bella bebita que luego fue bautizada Isadora.

Corte directo. 31 de octubre. 1995. Un año después.

Mientras los niños del condominio Los Viñedos de Macul corrían de un departamento a otro pidiendo a gritos glotonas dosis de azúcar que hicieran palpitar sus pequeños corazoncitos más potentemente, Denisse, en el quinto piso del block H, gritaba por su vida. Una vecina dijo luego haber escuchado chillidos. Supuso que eran los pequeños cagarrutas del sector. Pero no. Era Denisse tratando de evitar las 10 heridas cortopunzantes, la profunda estocada en la garganta y la muerte.

Al día siguiente, 2 de la tarde, Orietta Venturini, madre de Denisse, entra al departamento de su hija. Habían quedado de almorzar juntas. Y se encuentra con el siguiente escenario: Denisse con las manos amarradas a la espalda. Amordazada. El cuerpo morado y tieso y lleno de profundos cortes. La garganta abierta. Todo bañado por un charco pegote de sangre a medio secar. El lugar estaba desordenado. Faltaban joyas, plata, y una chequera, una clásica maniobra de los homicidas para hacer pasar el asesinato por un robo que se salió de las manos. Pero la puerta no estaba forzada.

Isadora, de poco más de dos meses, estaba a su lado, en su cuna. Lo había visto todo. Isadora sostenía una mamadera con un té de orégano y estaba recién mudada. El asesino se había preocupado de tranquilizar a la bebé con la infusión y hasta le cambió el pañal. Qué chucha.

Los gritos desaforados, la locura desatada de Orietta, hicieron que los vecinos llamaran a la policía. Que llegó a periciar el lugar. Se encontraron colillas de cigarro, huellas de pisadas, pero ni una sola huella digital. Se sospechó de Aguilera, pero jamás hubo pruebas. Aguilera de todas formas tuvo la cara de raja suficiente de preguntar a Orietta acerca de la posibilidad de quedarse con la herencia de Denisse. Se tuvo detenido al rondín del condominio. Pero tampoco se pudo establecer su culpabilidad.

Dos años después, 1997, Isadora murió de una encefalitis viral, según su abuela, Orietta, causada por el trauma de haber visto el homicidio de su madre. Isadora vivió en estado vegetal desde poco después del asesinato hasta el día de su muerte.

En 1998, murió Orietta, quizá cansada de exigir justicia.

Hasta el día de hoy, el crimen está sin resolver.

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