Dënver en la catedral de Morrissey

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Por Constanza Gutiérrez
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Hasta hace algo así como año y medio yo vivía en Temuco y hasta hace cinco años, en Chiloé, donde la aparición, el 2003, del primer niño “gótico” (“líricos”, les decía mi papá, cachando nada) fue comidillo del pueblo todo un verano. Un niño de un curso más arriba que el mío me contó que lo había visto en la calle vestido de negro y “con un collar de perro“, y así era como yo a los trece años me imaginaba a la gente que iba a las fiestas Blondie anunciadas en Fotologs: gente vestida de negro con collares y pulseras con púas, cuales perros guardianes.

El día del lanzamiento del disco «Música, Gramática y Gimnasia» del dúo san felipense Dënver, fue la primera vez que pisé la Blondie, donde había también una fiesta Morrissey y que era, como dijo un amigo, “la catedral de Morrissey en Chile”. La Blondie resultó ser un sótano gigante donde vi apenitas un “lírico” con peinado a lo Robert Smith. El resto era el público de Dënver. Gente que, o bien descubrió que ser gótico había pasado de moda, o siempre se ha vestido con colores, como yo. También estaba la barra de San Felipe de Dënver, que gritaba “UNI UNI”, y una chiquilla que se subió al parlante para luego lanzarse al público.

Como yo no sé NADA de sonido, no hay manera de que les cuente “cómo sonó”. Hay otras cosas que sé, porque me gusta mucho ver a Dënver, y son estas: por primera vez los escuché con bronces, y todas las canciones se me hicieron más bonitas y bacanes, sobre todo “Los Menos“, que es mi canción favorita del Totoral, el primer disco. También puedo decir que fue la primera vez que escuché en vivo y con banda “Miedo a toparme contigo”, que es como el himno de la gente con el corazón roto que ama Dënver. Hasta antes del lanzamiento sólo había escuchado a Mariana, la niña del dúo, cantarla sola con su teclado, seguramente porque “cuenta la leyenda” que Milton, el chiquillo, odia la canción. El resto fueron canciones del disco nuevo, porque claro, era el lanzamiento, y están todas buenas.

La gente cantó «Lo que quieras», el primer single, y también descubrí que existe cierto fanatismo en el público por «Cartagena», pero en verdad se las sabían todas. La gracia de Dënver, creo yo, aparte de hacer bailar, -que es como lo único que importa en el mundo-, es que las letras son como “cuentitos”. Me imagino que cuando la gente se queja de “la música adolescente” piensa en jovencitos que apenas saben tocar sus instrumentos y tiran frases inconexas al aire del tipo “Yo te quería mucho. Me gusta encender lámparas”, algo así, pero las letras de Dënver están bien hechas aún siendo escolares: todas cuentan una historia buena de manera acotada y encima te hacen bailar, así que funcionan de dos maneras: sirven para bailar sin escuchar la letra y también para escucharlas en tu casa o en la calle atento a ellas.

Una vez que Dënver dejó de tocar y dos de mis amigos se fueron, yo decidí seguir viviendo mi “experiencia Blondie”, y fui a cachar la onda a la otra pista, donde estaban poniendo puros videos de Dios, a.k.a Morrissey. Se me olvida un poco qué cosas pasaron en determinado rato: había gente bailando, bailé con el amigo de un ex, tomé piscola de vasos ajenos, qué sé yo, pero de lo que estoy segura es que en ninguna parte había góticos. Sólo sé que mientras los únicos amigos que me quedaban ahí dentro (la gente ahora sale hasta muy temprano, ¿o es idea mia?) agarraban y yo tocaba el violín medio dormida, presencié una teleserie hermosa de una chiquilla persiguiendo a otro amigo y a un niño que me dijo que mis acompañante hacían una pareja muy bonita y afirmó que tendrían hijos. Al rato de irse el niño de «la pareja bonita», llegó la niña perseguidora a mi lado, tapándose la cara con el pelo, y le pregunté si quería ayuda (imaginándome que la ayuda consistiría en sobarle el lomo mientras abrazaba un W.C) y me dijo que no, que no quería ir al baño.

– ¿Por qué estái llorando? -le dije, y me pasé todo el rollo de que el niño al que perseguía le había dado unos besitos a otra niña frente a ella y puras cosas escolares.
– Por la crueldad, la crueldad es la que me tiene así.
– ¿La crueldad de qué?
– La crueldad de este mundo.

Y antes de poder seguir escuchando esas hermosas frases llegó el niño que le auguraba un esplendoroso futuro con hijos a mis amigos, y se la llevó. Así que ¿qué podía hacer yo mejor que eso? Irme también. Y yo creo que desde que tenía como 18 (que fue hace poco) no llegaba a mi casa de amanecida. 

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