Reseña furiosa: 3 discos del 2010

Publicado por disorder.cl

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Para comenzar el año te traemos tres reseñas furiosas de discos que no pasaron desapercibidos el 2010: «Los días santos» de Leo Quinteros, «Música, gramática y gimnasia» de Dënver y «Tostado» de Perrosky. Prolijidad, huellas y algo de Elvis en las reseñas de Pablo Rosenzvaig.

Por Pablo Rosenzvaig

Leo Quinteros – “Los días santos”

Prejuicios o ignorancia hicieron que me demorara demasiado en escuchar este disco, pero el tiempo perdido lo recupere escuchándolo luego una y otra vez.

Nada mejor que hablar de la formalidad y prolijidad con la que suena este disco. No te vas a encontrar con nuevas estructuras musicales ni nada parecido, sino con guitarras y coros que suenan al rock y pop más clásico.

“Los días santos” de Leo Quinteros probablemente sea muchas cosas que has escuchado antes, pero si le pones atención a las letras te darás cuenta de que, para Quinteros, una ironía entre medio de 20 frases vale más que las 20 frases que esconden la ironía.

Cuando te topas con alguien que es más fiel a lo que quiere decir, que a lo que debe decirle a su target, y encima no es de esos que crípticos que en realidad son idiotas, uno termina creyéndoles. Dan ganas de dejar lo que pudiste pensar y ponerte a escuchar.

“Y si quieres recordarme piensa en la noche en que nos vimos, en la que llevaba este mismo abrigo” canta leo Quinteros en “La reacción del mar”, canción con la que empieza el disco.

“Así cayeron las impresiones, olvida mi nombre. Voy a otro lugar que tú no veras jamás, que tú no podrás tocar” dice el coro de la segunda llamada “Dígame ud.”.

“En cuanto a las heridas yo te digo no es que me gusten pero no me quedan mal” dice en “Cheerleader”.

Y Cito estas primeras tres porque acá ya podemos decir algo sobre, lo que siúticamente podríamos llamar, el imaginario de Leo Quinteros.

Este es un disco creado como mirando lo que dejaste atrás por el espejo retrovisor. No un pasado que te sigue de cerca como tu sombra, sino ese que ya no eres, y Leo lo dice y por eso mismo, a veces, puede llegar a sonar barsa para alguna gente. “Me van a disparar si no estoy despierto” canta en “Santiago centro”, y aunque camine por los lugares que algunos llaman comunes o trasnochados, para mí es todo lo contrario.

Un trabajo en donde ponerte a pensar que muchas melodías te parecen demasiado conocidas da exactamente igual. Da igual incluso que a veces suba el tono cuando le parezca que algo debe sonar importante, o que algunos riffs rockeros suenen medio a Sabina o a Fito Paéz después de haberse enamorado.

Entre tanta “cuicodelia”, que cree sonar bien antes que decir nada y termina siendo el hermano mongo de todo lo que ya escuchamos, a mí me parece que este disco de Leo Quinteros se arriesga mil veces más en lo que quiere decir que en lo que a veces suena.

Se arriesga incluso mucho más en lo que viene antes del estribillo y donde el coro no te aclara lo que ya no escuchaste. No te sirve saber que la cosa se resuelve con un “i wanna be your girlfriend» o un «i wanna hold your hand”.

“Acaso estábamos perdiendo nuestro sábado” vale por mil idiotas interpretaciones posibles. Leo Quinteros me parece que ha logrado sonar a Babasónicos, a los Angeles Negros, a Melero o a lo que quieras sumar o restar. Y aún así, obligarte a pensar lo que significa haberte ido de miles de fiestas, creyendo que te perdiste algo que sólo tenía que ver con tus fantasías idiotas. Esas que podían tenerte en un rincón, ilusionando siempre que algo podría pasar o que algo podría ser distinto.

Eso que justamente te tenía ahí creyendo que ese sábado no ibas a perderlo y sería distinto a otros anteriores. A veces sí y a veces no. De 40 te fue bien tal vez 7, pero siempre que andabas por ahí, era porque probablemente saliendo creías que ganabas más que quedándote en tu casa. Y Leo Quinteros no sólo logra esto en “Nuestros sábados” sino que en el disco entero.

No haré una arqueología del acaso, pero sí creo, que alguien que logra decir y hacer tanto con tan poco, se merece todas las pajas del mundo.

“Los días santos” suena a demasiadas cosas en tu oreja, pero es como una especie de versión infernal de lo mejor de todo lo que has escuchado antes. “No parece”, la canción con la que termina “Los días santos”, es esa especie de temas que aún dando por sentado todo, hacen de tu vida un rompecabezas que recién empieza a armarse o se arma mientras escuchas. Es de ese tipo de canciones que me dan ganas de enrostrarle en la cara a demasiada gente y que te hace poner un disco de nuevo para saber cómo mierda llegaste ahí.

Tiene la misma materia y forma de muchas otras cosas pero no es lo mismo que millones de cosas que has escuchado antes.

El camino que toma Leo Quinteros esta vez, es quizá uno de los más difíciles. Ese lugar en donde está tan claro lo que se  quiere decir pero no te importa cómo, cuándo y dónde van a hablar de ti.

Y no hablo de cosas objetivas como a mucha gente le gustaría, ni tampoco se trata de que ya supiera de antemano lo que iba a decir de este disco.

A veces para mí es tan simple como saber, que mañana lo escucharé de nuevo.

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Dënver – Música, Gramática y Gimnasia


Da un poco igual que Dënver haya escuchado a “Family” o a “Alaska” o haya plagiado las sagradas escrituras. Lo bueno de oír discos como “Música, gramática, gimnasia” es que las influencias no sólo se vuelven redundantes sino que te enfrentan a ese periodismo googlero que para hablar de un disco se dedica a mirar todo desde la tribuna y gasta sinapsis en pensar a qué se parece esto o a que se parece aquello. Esa frase de nuestros abuelos que se trataba de poner oreja, nunca ha sido más actual que con “Música, gramática, gimnasia”. Lo lindo de Dënver es que avasalla toda referencia y jugando en el campo mismo de las referencias te obliga a escuchar gastando calorías. Es como si hubieran sabido que este disco se iba a parecer bastante a esos mensajes que después de leerlos se autodestruyen en 20 segundos.

Poca gente puede llamarle a un tema “Diane Keaton” y convertir el Manhattan de Woody Allen en algo tan propio que te hace dudar de si en realidad no estaban hablando de Buster en vez de Diane. Y por eso me inclino a pensar que acá suena mucho más el Lambchop de Grumpus que “la casa azul”.

Creo en serio que Dënver no sólo se ha mandado un discazo porque logran sonar prolijos en su desprolijidad, sino porque en serio estoy convencido de que no es fácil hacer un disco como este. Saltémonos que pueden ir desde los Bee Gees en «en medio de una fiesta» a Elliott Smith en «Bikers» o a Dandy Warhols y Primal Scream en «Los adolescentes».

Olvidémonos de las referencias, que podríamos citar por millones, y pensemos en lo que logran decir con todo ese arsenal de influencias que cualquiera en los tiempos del “soshials nerdwork” tiene a la mano. Lograr una canción tan putamente romeriana como “Los Bikers” y tener los huevos para detenerte no sólo en la música sino en querer contar algo que supuestamente no tiene sentido. Arriesgar en estos tiempos a hacer una canción que para ser genial tuvo que nacer casi muerta merece todo mi puto respeto.

“Cartagena” es más punk que una convención de mohicanos y si lo pudiste ver o escuchar es cosa tuya. Esto no va de música ligera y da lo mismo toda esa gente que en las entrevistas dice que le gusta Woody Allen y Bacharach y Jobim y que eso estuvo escuchando en el estudio mientras gestaba su obra maestra.

La cosa denveriana va de usar lo que quieran a destajo, porque en la mezcla está lo que se quiere decir y encima son tan bacanes que andan dejando sus huellas por todos lados porque también saben que ninguno de esos datos tendría sentido fuera del que, conscientemente quisieron o no quisieron, darle.

Y ya que saldrán los que siguen amando a Cerati y dirán que lo español de lo español de lo español, les cito a otro español que en realidad es nadie:

“Me van los imperdibles
y los pelos de colores
eso no es que me convierta
en un gilipollas de ideas cuadradas“

Sospecho que a uno de los dos de Dënver le gusta Mecano y si fuera así es primera vez que tendré que volver a escuchar ese suplicio, porque yo creía que algo que sonara a Supernova, estaba para mí descartado de antemano y puta que “Litoral central” suena así pero también a las Supernova después de que Bobby Gilespie las contratara en su puticlub.

Y por último y no porque no tenga más cosas que decir sino porque creo que he cumplido lo que necesitaba decir del disco. Era un poco urgente. En un momento creo fui feliz, muy lentamente lo vi venir. El disco era gigante sobre mí. Miedo no me dio, miedo no me dio. Nunca antes estuve mejor, en un momento fui feliz.

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Perrosky – «Tostado»

En el caso de Perrosky, ese lugar común del menos es más, no fue nunca un tema de posibilidades que no tenían, sino más bien de elecciones. Se acercaron al blues y al country no por algo taquilla sino porque tal vez fue la mejor manera que tenían de acercarse a lo que querían decir.

No sólo decidieron alguna vez ser un dúo entre tanto cuarteto copión, sino que tampoco tuvieron que explicar que no nacieron ni en Memphis ni en Manchester. Lograron convencer a Jon Spencer para que les produjera “Tostado” y aunque no sepamos las razones más privadas u objetivas, sí podemos saber que lo que Spencer hacía allá y los hermanos Gómez hacían acá, tenía demasiado de empatía.

Arriesguemos una primera teoría aunque sea insuficiente.

Uno de los mejores revivalistas del blues, que logró mostrarle a las generaciones grunge que el rock no era sólo una cosa nacida en Seattle, fue Jon Spencer. «Orange», del año 94’ editado por matador, fue algo parecido a lo que habían hecho los cramps antes que ellos hicieran lo mismo con el rock de Elvis.

Incluso puedes escuchar “Can´t speak” de Danzig y escuchar a Elvis.

La diferencia entre el revival eterno del 80% de los grupos que surgen en chilito y Perrosky, es bastante simple. Perrosky se fue por el lado más difícil que es el que a veces tiene armónica o suena country o suena pasado de moda.

Si viviéramos eternamente en un mall, podríamos pensar que esas guitarras bluseras o esos coros medio stray cats, están pasados de moda, pero si vivimos en un mundo real,  podemos escuchar en “Tostado” una honestidad que casi ya no existe.

La honestidad de decir cosas urgentes que no sólo no suenan en el ritmo de moda sino que implican el riesgo de decirlas en el ritmo que quieras.

Este disco de Perrosky tiene muchas cosas a destacar. La primera es que este ha sido un año donde lo mejor de lo chileno se ha ido para el lado del pop. Gepe, Javiera Mena, Dënver y etc. Leo Quinteros sigue siendo un tipo poco entendido y no he leído mucho hasta ahora de Perrosky. El resto del rock me parece una lata.

Llevo siete escuchadas de “Tostado” y me parece que Perrosky ha logrado hacer de la cueca el blues que no conocíamos. Jon Spencer bluseó un rock que andaba medio muerto y Perrosky creo que vale más que miles de tríos o cuartetos que se producen demasiado porque tienen poco que decir.

Perrosky siguen sonando rockeros, en ese lugar donde el rock es inclasificable y si no me entiendes escucha “Sigo esperando” a ver qué te parece.

En el fondo, los hermanos Gómez se despachan el penúltimo tema del disco cantando un himno de esos que lo dicen todo. Suena a viejo pero dice cosas demasiado nuevas sin hacer revival de lo que ya pasó sino de lo que va a pasar.

Perrosky no abandona jamás la idea de sonar a clásico en ninguno de sus siete discos a la fecha y “Tostado” es una piedra más a sumar para pasarse por la raja esa temporalidad que dice que lo nuevo es sinónimo de moderno.

Son de esas bandas anti gatopardistas que valen la pena y no se compran la idea de que  «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Puro blues punketa y se agradece demasiado.

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