Los sismos y la batahola colectiva

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Por Juan Pablo Vergara

Aquel viernes fue un día de playa, un bastante peculiar día de playa sin sol. Con la Javiera queríamos salir de Conce, así que con los melones y las cervezas en la mochila decidimos darnos el pique hasta Penco. Penco es una comuna costera, un par de kilómetros al norte de Concepción, la cual se vanagloria de ser “la tercera ciudad más antigua de Chile”. Cuenta con una linda playa en donde a veces confluyen mini conciertos frente al mar y con una bonita plaza donde se puede jugar taca-taca. Luego de media tarde de guatita a las nubes, hablando de la vida y escuchando a las gaviotas, con la Javi nos lanzamos a la aventura por recorrer Penco desentrañando sus misteriosas avenidas y su pueblerina y aliviada vida urbana. Pasamos entre restoranes cuyo plato fuerte era un ponche de picorocos, una plaza con la típica feria artesanal y los infaltables salones de máquinas tragamonedas cada cinco pasos.

El sol comenzaba a pegar fuerte y doblando por una callecita anónima el suelo comenzó a moverse sin que yo lo percibiera.“Para, está temblando”, me dijo la Javiera mientras me apretaba la mano. Los cables de la luz se zamarrean para todos lados, todo se movía y eso que no había ni tocado la chela, la tierra crujía, y se daban uno tras otro todos los síntomas que cada uno lleva en el inconciente desde aquel sábado en la madrugada… hace ya casi un año. ”Esta huea es otro terremoto”, pensé. Pasaron unos veinte segundos y me dí cuenta que no era para tanto y ahí, parado en el mismísimo punto en el que me quede pegado cuando empezó a temblar, como esperando que me cayera un poste encima, lo único que atine a hacer fue a reírme y decir “apuesto que esta huea fue como grado 7”, pero pareciera que mi despreocupado relajo contrastaba con ese instinto de supervivencia que movía a la mayoría de la gente a correr hacia el cerro, a cerrar apresuradamente sus locales, o a aglutinarse raudamente en el paradero de micros más cercano. Una quinceañera lloraba porque no encontraba a su hermanito, las señoras salían de sus casitas tomándose el pecho, los adolescentes desenfundaban sus I-phone’s tratando en vano de comunicarse con sus familias, y así, la afonía característica de Penco se rompió de un segundo a otro.

Ya en la micro de vuelta a la capital penquista, los periodistas de la Bio Bio, la radio oficial de los temblores, entregaban las primeras novedades de la situación, mientras a mi lado dos cuarentonas de esas que se juran lolas de 15, langüetiaban un helado cagadas de miedo. Nos bajamos frente al Kamadi en Carreras cuidando no ser despedazados por el sin numero de autos que creían correr el Grand Prix de la Formula 1. La gente aglutinada en los paraderos, los autos repletando las bombas de bencina y una señora que me imagino después del siniestro le podía faltar cualquier cosa menos sus cigarros, porque la vi saliendo con 60 puchos en las manos repartidos en cajetillas 20.  La Javi tomó la micro hacia su casa en San Pedro mamándose un taco de 2 horas en el puente, mientras yo con un poco mejor de suerte, luego de ver como seguían de largo los buses con señoras colgando de las puertas, sólo espere media hora al cacharro que me llevaría a mi casa.

Por lo menos mucha gente salió temprano de la pega, los penquistas descansaron aunque sea unas horas de los mall’s, de la Pampita o la Cecilia Bolocco sonriéndote como hueonas desde un afiche gigante y más de alguna persona habrá hecho un amigo mientras esperaba una de las tantas micros con nombres graciosos, uniformadas de azul y celeste como toda gran urbe chilena lo amerita, de esas con transeúntes caminando como hormiguitas, pero que de vez en cuando comparten el uno del otro y se juntan ya sea en un carrete o en la cola del banco para contarse en qué minuto de sus rutinas los pilló el 27 de febrero o aquel sismo de mediana intensidad que movió aunque sea por una tarde lo que un viernes cualquiera les podía prometer.

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