Sin sal la vida es más saludable (pero no más sabrosa)

Publicado por Fernando Pérez G.

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Yo ví los primeros 5 minutos del reportaje de ayer de «Esto no tiene nombre». Sólo los primeros 5 porque resultó que sí tenía nombre: hambre. No puedo creerlo. Estaban bombardeando la televisión con imágenes de comidas de alto contenido de sal (yodo) y, en vez de preocuparme por mi salud, me dieron ganas de ir a comer.

Así que llamé a un amigo y fui al «Bob Esponja», ese típico bajón de barrio, con monitos pintados (se imaginan qué monitos tiene este local), el ketchup, la mayo y la mostaza en unas botellitas plásticas de colores rojo, amarillo y amarillo café, el «maistro» con su delantal blanco, tomando pedidos y friendo unas carnes en la parrilla. ¡Ufff, qué rico! El olor se sentía a cuadras, el sonido de la fritura también. Nada mejor. Espero 5 minutos y mi promo de italiano está lista. Un sandwich gigante, exquisito, grasiento, contundente, llenador.

Llegué a casa contento, con el sabor del pan, la palta, el tomate, la carne y el ketchup en la lengua aún. Prendí la tele. El reportaje estaba terminando. No lo ví. Después, al leer Twitter y los medios que replicaron la noticia, se me removió un poco la conciencia. Y el estómago.

Empecé a acordarme de cuántas veces había ido al Mc’Donalds (Burguer King o KFC son lo mismo) en la semana. Al principio pensé que no tanto. Pero al hacer memoria: 2 veces. Y estábamos a martes. O sea, estoy mal, crítico. Comiendo puras cochinadas. Me voy a morir porque ni si quiera controlo la sal que le echo a las comidas en mi casa. Tengo claro que, si sigo así, me voy a ir cortina antes de llegar a la mitad del siglo.

Pero tengo una contradicción fatal porque igual amo la sal. ¿Han probado en comer una ensalada sin sal? qué cosa más fome. ¿Y los asados? no serían asados. Entonces, lo que yo digo, es que nos regulemos un poco. Quizá en vez de agitar 10 veces el salero, lo hagamos 5. Pero no hay que irse al extremo tampoco. Nada de ponerse a comer todo sin sal, ni azúcar, ni condimentos. Porque la vida sin ellos es… por decirlo menos, desabrida.

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