El prostíbulo popular

Publicado por Fernando Pérez G.

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Por Fernando Pérez G.

Ella se le ofreció a dos hombres, antes de dar con el indicado. El indicado tiene un suéter verde y jeans. Es alto, grueso. De pelo corto y tez morena. Ella había estado dando vueltas por la Plaza de Armas de Santiago desde hacía diez minutos. Viste jeans oscuros, gastados; zapatillas blancas y un chaleco rosado ajustado torpemente a su cuerpo mal formado. Es pequeña: le llega a los hombros a su cliente. A simple vista, no tiene más de 18 años.

Son las nueve de la noche en punto cuando comienzan a caminar desde el centro de la plaza, al lado de la gran pileta blanca, hacia el noreste. Estoy al lado y me doy cuenta. Los sigo disimuladamente. Enciendo un cigarro. Estoy nervioso.

El libro “Spiniak y los demonios de la Plaza de Armas”, describe a fondo la prostitución de esta área: que es el punto de encuentro de proxenetas, putas de todo tipo y calidad, putos negros, blancos, chilenos, extranjeros. Y niños. Pero desde que atraparon a Claudio Spiniak han pasado ya ocho años y se supone que no estaría igual. O que por lo menos no sería tan fácil verlo. Y lo creí así durante la primera hora, hasta que ella se le acercó a él, le conversó, coqueteó un poco y comenzaron a caminar. Yo detrás de ellos.

Llegamos a la esquina de Monjitas con Estado. Ellos siguen por Monjitas, pasan por afuera del cine XXX “Nilo” y yo recuerdo que arriba de el –dice el libro– se arrendaban –o arriendan– piezas para los clientes sexuales del sector. Caminan una cuadra, hasta la calle San Antonio y doblan a la izquierda. Avanzan un poco más, hasta una puerta doble de fierro. Él mira hacia adentro, conversan, hacen el amague de irse pero finalmente entran, decididos a concretar el negocio. Porque, no hay que olvidar que “esto” es “eso”: un negocio.
Volvemos a la plaza, a ver qué hay, y lo que hay es diferente a lo que hubo.

Antes del seguimiento, hubo parejas de jóvenes, viejos y no tan viejos demostrándose cariño en todas las maneras posibles: toqueteos, besos, agarrones, caricias, miradas y sonrisas. También vendedores ambulantes de parches curitas, fundas para celulares y dulces. Niños corriendo alrededor de la pileta central, jugando al pillarse y saltando. Hubo familias con niños y niños sin familias. Y eso es lo que más me llamó la atención: que habían muchos niños. Un parque de diversiones de día, vitrina sexual de noche.

Hay, cuarenta minutos más tarde, después del seguimiento, pocos niños y todos están acompañados de adultos. Hay dos negros altos y bien formados caminando de un lado para otro. Hay un vagabundo de guata en una banca, mostrando sus nalgas cagadas. Hay dos prostitutas bajas y regordetas que se venden –sin éxito– a los hombres que están sentados. Hay dos mujeres altas, lindas, con faldas cortas y escotes que no se ofrecen pero se les ofrecen.

Lo único que hubo y todavía hay son evangélicos. Desde que llegué, hace una hora y media atrás, siguen ahí, en círculo, rezando, gritando al cielo que “El Creador se llevará a los impuros, a aquellos que no se respeten a sí mismos y a los demás. A quienes tocan los genitales de otros.” Y yo los escucho y creo que Dios no los ha oído aún.

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