Primavera de junio: marcha por la educación en Conce

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Por Valeria Barahona

El sol de invierno resplandece sobre el río Biobío, e ilumina las pancartas, marionetas, y disfraces de  unos seis mil estudiantes que salen de la Universidad de Concepción a manifestar su descontento con el sistema, acompañados por docentes, que escribieron una carta abierta y auxiliares de la casa de estudios. El problema nos involucra a todos, debido a que sobre un escritorio del Ministerio de Educación duerme la carpeta que decidirá el futuro de la formación académica –e investigación científica- en el país, con aquel generoso aporte del 0,3% del PIB destinado al desarrollo de capital humano avanzado.

-Vamos, pero si empieza a quedar la cagá volvemos.

-Igual, ¿qué tanto puede pasar?

Ya nos tienen bien amaestrados, ese es el drama, dice el Migue sobre el manejo mediático de los conflictos. Lo peor es que es cierto. Pero una vez que comienzas a caminar entre miles de personas que se tornan una sola voz, bloqueando las principales calles de la capital penquista, te sientes más fuerte, más protegida, y empoderada para reclamar lo que crees justo: el Estado debe de hacerse cargo de la formación de los ciudadanos, porque sobre los hombros de quienes hoy estamos endeudados reposa el porvenir de un país con menos brechas sociales, más justo, en que todos seamos capaces de mirarnos a los ojos, y de emocionarnos al hablar sobre «la copia feliz del Edén» al «amigo cuando es forastero«.

Esto no se trata de tener el corazón inclinado hacia el lado izquierdo o derecho, sino de creer en que las cosas pueden estar mejor, y prueba de ello constituyen las 12 mil personas –según SoyChile.cl– inundando el centro de Conce, además de las marchas simultáneas en todo el país. Llevamos cerca de una hora en la calle cuando pasamos por la Plaza de la Independencia, donde se supone que se firmó nuestra libertad. Un par de cuadras más al sur, desde el Lautaro de bronce mirando al Río Biobío que se ubica en uno de los extremos de la plaza –en el otro está Pedro de Valdivia, ¡ja!-, emerge la Torre O’Higgins destruida por la furia de la noche del 27 de febrero, recordándonos lo frágiles que somos. Los gritos por la educación no cesan, pero al pasar frente a ella todos inconscientemente bajamos la voz. Es que junto con la ciudad y nuestra enseñanza, hace más de un año que en todos algo se quebró: las cosas que perdimos, la casa, la cantina que nos gustaba, o el amigo que no alcanzó a escapar y quedó bajo los muros.

Acompañada ya no sólo por mis amigas, sino que por miles de estudiantes y trabajadores, avanzo por Calle San Martín y un obrero de la construcción comienza a saltar en el décimo piso de un edificio con un plástico negro a modo de bandera. Se gana aplausos, gritos, y fotos. Quizás sus hijos van caminando a mi lado, capaz que hasta tengamos ramos juntos. Esa es la magia que no queremos ver morir quienes integramos las Ues tradicionales, porque nuestra educación superior –sobre todo para los que venimos de la vereda del colegio particular o de financiamiento compartido- tal vez será LA oportunidad que tendremos de vivir, amar, y cambiar, nuestro país real en la convivencia con jóvenes de todos los sectores socioeconómicos e ideológicos, creciendo en la diversidad.

Seguimos hacia el campus y una tropa de secretarias tira hojas en blanco desde una ventana del edificio en que trabajan. A nuestro lado camina solo un carabinero con cara de 20 años recién cumplidos, apenas egresado de la escuela. Lo invitamos a unirse a la marcha. Sonríe. ¿Qué pasará por su cabeza?, ¿se verá reflejado, bajo las oportunidades negadas, en las caras de los estudiantes cuyo deber es mantener en orden? Sigue sonriendo. Independiente de su uniforme, es joven y punto. Todos tenemos sueños. La marcha llega a su fin en la entrada de la Universidad de Concepción. Aparecen los encapuchados de siempre y tienen que arrancar los manifestantes de turno. El cielo se inunda de lacrimógenas, mientras que en un par de horas el sur volverá a llorar, lavando los gases, besándonos la cara, y recordando que aún hay personas que duermen en campamentos desde el terremoto. Y que sus hijos quieren estudiar.

*Las fotos con cámara (decentes) son de Carolina Reyes, mientras que las de la BlackBerry las sacó la ninja que deja su aparato en la casa. Pava.

 

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