Defensa personal de La Roja

Publicado por Fernando Pérez G.

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Por Fernando Pérez G. / Foto superior: Deportadas.tv

No pretendo quedar bien con nadie. Esta opinión es completamente personal y, por sobre todo, muy íntima. Y, porque otra vez nos pasó lo mismo, tengo la necesidad de hacerla. Nunca nos basta con echarle la culpa al técnico, a los jugadores o a los árbitros para sacarse la rabia. Tenemos que mandarlos a la chucha, desilusionarnos, dejar pasar el tiempo y volver a quererlos nuevamente. Jugamos mejor que nuestro (nuestros) rival (rivales), los números lo avalan. Menos (y esto es lo único que cuenta) el marcador de los goles. No se puede negar que algunos jugadores no estuvieron a la altura de lo que hacen en sus respectivos equipos o, incluso, de la expectativa que generan sus nombres. Pero la vida no es justa. Menos el fútbol.

Es típico de los chilenos el agrandarnos demasiado cuando vamos bien. Y todos nos hablan de la mesura, de la tranquilidad. Porque nos dicen que después nos vamos a caer más fuerte, que el porrazo duele y la realidad es dura. Pero, ¿qué tiene de malo creer? Nos agrandamos porque somos un país de ilusión fácil y eso nos permite lograr grandes cosas. Nos podemos tildar de quebrados, chaqueteros y oportunistas, pero nadie puede negar que tenemos aguante y que, cuando algo nos apasiona, se nota. Ni en los peores tiempos de Acosta y Olmos se dejó el apoyo.

Chile jugó de local en todos los partidos. Esa hinchada no la tiene cualquier selección. Esa bandera, tampoco. Y nadie puede decir que la razón es que Argentina está al lado. Brasil, Bolivia, Uruguay y Paraguay, también están al lado y sus seguidores nunca se pudieron equiparar a los nuestros. Y, salvo los dos últimos, tienen más habitantes que nosotros.

No quiero hacer una crítica de fútbol. Para eso ya están los comentaristas y los análisis que salen después de cada encuentro. Esto se trata de reinvindicar el espíritu de lo que nos convoca cada vez que Chile juega a la pelota. El sentir la opresión en el pecho cuando la pelota roza el arco propio, gritar los goles junto a tus amigos o tu viejo hasta quedar sin voz, putear a los jugadores que hace minutos alentabas; ser feliz ante las victorias, digno ante las derrotas. Eso es lo lindo que tiene el fútbol. Y, detrás de eso, un sentimiento de pertenencia que a veces se empequeñece y otras se agranda. Pero que siempre está presente.

Aunque Chile pierda mil veces, aunque las decepciones sean gigantescas y pensemos que ahora sí que estamos cagados, la esperanza siempre renace de nuevo. Cuando entren al campo, los volveremos a arengar otra vez. El ímpetu y el amor por lo que representa la selección en el inconsciente colectivo se encargan de hacerlo.

Ahora que nuestra participación en la copa acabo y que tenemos que esperar tres meses para volver a ver al equipo en la cancha, la fuerza se debe encausar en otras cosas. Haciendo un paréntesis y, nunca está de más decirlo, es necesario que la misma pasión, el mismo sentido de pertenencia, los mismos buenos deseos y la energía de las acciones, se deben encausar en las luchas que estamos viviendo como país. Que nos sintamos orgullosos no sólo por cómo jugamos a la pelota. Al igual que en el fútbol, lo necesario para triunfar lo tenemos. Y esos partidos no hay margen de error. Tenemos que ganarlos sí o sí.

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