Por Tanya Hirsch / Fotos: Ignacio Gálvez
Después de adelantar en la entrada a Álvaro Henríquez, su hermano y al pelado de Séptimo Vicio, corrimos a la barra por un vaso de cerveza a dos lucas y entramos a la cancha al ritmo de Panteras Negras, quienes ocuparon un escenario calentito después de De Killtros, Legua York y Tiro de Gracia. Tremenda bienvenida nos dieron los pioneros del hip hop de contenido en Chile. El creador del Rapulento, Lalo Meneses, invitó a Jimmy Fernández, fundador de La Pozze Latina y se mandaron un rapeo de aquellas décadas tan bonitas y tan feas.
Luego, en la pausa, guardias y sonidistas negros saludaron sonriendo a quienes los llamaban desde el público. Un preámbulo de lo que estaba por venir.
Ya hay en el Chile del nuevo milenio una historia de bandas clásicas de los 80 y 90 que llegan a un paraje dejado para el final. Son grupos que se reúnen para rascar provechos merecidos tras años y años de shows, saltos, gritos, guitarras rotas, mujeres y cansancio acumulado y llegan acá con un último esfuerzo a dar un suspiro de agonía desde un trono demasiado alto.
Pero no Public Enemy. Tras algunos primeros temas como “Bring the Noise”, el líder Chuck D subió al escenario a arbitrarios valientes y escuchó sus rimas sonriendo con gestos asombrados de “mira, bastante bien”. Mientras, en el fondo, los afortunados eran seguidos a la perfección por una banda que incluyó al productor de Run DMC en el bajo, un guitarrista amante del blues, una incursión del Hype Man Flavor Flav en la batería y Dj Lord, que también hizo lo suyo con un remix de “Smells like teen spirit” de Nirvana.
Los más grandes raperos de contenido político en Estados Unidos también recibieron del público la bandera afroamericana y un gran papel craft que gritaba “Educación Gratuita” y mantuvieron largas tertulias en inglés con los asistentes atentos que no tenían por qué entender nada más que “power” y “education”. Bailamos y saltamos con su hit “Fight the power” y especialmente con “Don”’t believe the hype”, donde subieron más público e invitaron a GuerrillerOkulto y Lulo Legua a mostrar sus rimas.
Chuck D tomaba las cámaras del público y hacía tomas históricas de sus compañeros. Los bailarines del grupo Security of the First World, vestidos de militares, controlaban a la decena de fanáticos que subieron al escenario y que bailaban entre los raperos (por ahí saltaron unas lágrimas emocionadas y unos combos infantiles). Sus enormes guardias ”“a esas alturas, los mejores amigos del público pegado a las rejas”“ regalaron una centena de discos, baquetas, poleras y toallas.
Lo que suele ser una exhibición a la fuerza de temas sabidos de memoria y estrellas de un Hollywood musical, fue en realidad una noche de camaradería, amistad, cercanía, confianza y sobre todo co-creación. Los artistas se unieron al público turnando roles, compartiendo respetos y admiraciones, eliminando cualquier tipo de diferencia.
No se trataba de la consigna de “todos podemos ser estrellas” de Lady Gaga, ni de la onda “odio al mainstream” del punk. Public Enemy mantiene un clima mucho más relajado y natural, donde los escenarios no importan y su eterna consigna contra la desigualdad social se hace honesta ante nuestros ojos.
Luego de más de dos horas y media de hip hop, Flavor Flav da un sermón que recuerda al góspel; sobre las dos cosas que jamás aceptará: el racismo y el separatismo. Acompañó haciendo juegos con las manos, pidiendo que nos mantengamos movilizados por la educación y rezando su lema de “Togetherness”, en un llamado coherente que más que a la política y la paz mundial, se aplica a la vida cotidiana.
Los músicos se retiraron entre símbolos de paz y puños de poder, mientras el Dj pinchaba One Love de Bob Marley y el público comenzaba a salir en el momento en que el rapero de los relojes gigantes se despedía cantando dulcemente las melodías del prócer jamaicano.




