SOAD, sangre, lágrimas y mermelada

Publicado por Ignacio Molina

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Texto: I. Molina / Fotos: Sebastián Jiménez (Rockaxis), vía flickr

Esto no es System of a Down. Es El Club de la Pelea. Yo no soy Brad Pitt. Mucho menos Jared Leto. Aunque si tengo la nariz quebrada y una herida sin cicatrizar bajo la rodilla que está comenzando a soltar mermelada. Una tibia mermerlada. Suena War. Es hora de pelear. Grito: ‘We will fight the heathens, we will fight the heathens!’ mientras reparto un buen lote de empujones y codazos.

Eso ocurrirá en algo así como dos horas más.

Por ahora, arriba, la luna en cuarto creciente coquetea con los Ovnis. Afuera, los pacos se pasan de listos y reparten toxicidad mediante coliformes fecales y cloro libre residual: chorro de Guanaco. Mientras, al otro lado de la cordillera, Matías Fernández saca la cara por la selección anotando un escuálido 1-3. En Twitter, las viudas de Bielsa se toman la red y se despachan siniestros análisis, pidiendo, así las cosas, la cabeza del Bichi. Más tarde, Serj Tankian, ante más de quince mil personas, besará una bandera chilena y alzará la voz manifestándose en pos de una educación gratuita y de calidad, afirmando que en Estados Unidos y el mundo—extraño que haga la separación—están orgullosos del movimiento estudiantil. Señalando, además, que no tiene que existir más ‘educación militar’ ni dictaduras. De paso recordará la participación de Henry Kissinger como encargado de derrocar el gobierno de Salvador Allende. La gente lo aplaudirá. Se vivirá el momento Zach de la Rocha de la noche.

Hace casi 13 años atrás, en el libretito que acompañaba al primer disco de System of a Down, antes de las canciones, venían estas notas a pie de página: «La tecnología del control mental ha sido utilizada por la CIA desde la década de 1950 como parte de su no letal, programa encubierto de armas» (Mind). «System of a Down quisiera dedicar esta canción a la memoria de los 1,5 millones de víctimas del genocidio armenio, perpetrado por el Gobierno turco en 1915” (P.L.U.C.K). «Nosotros primero combatimos a los paganos en nombre de la religión, luego al comunismo, y ahora en nombre de las drogas y el terrorismo. Nuestras excusas para la dominación global siempre cambian” (War). Por argumentos filosos como esos, SOAD ha cargado, desde su debut discográfico, con el mote de los Rage Against The Machine de nuestra generación. La consecuencia actual y directa: el alcalde de La Florida, Rodolfo Carter, UDI, y que el 9 de marzo de 2011, según El Mostrador, sumaba una deuda de $57 millones entre protestos y morosidades en DICOM, unos días antes del concierto de los de Armenia, presentó un recurso de protección en Tribunales.

Pero como ya todos sabemos, y por eso estamos aquí, el concierto sí se realizó. Y vaya de que manera.

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Entonces, mejor volvamos al circle pit infernal. Volvamos a los combos, los golpes, al sacarse la chucha. Volvamos a mi rodilla soltando chorros y chorros de sangre. Tibia mermelada que se desliza por mi pierna. Volvamos a We will fight the heathens, we will fight the heathens! Volvamos a lo que importa. A lo que realmente importa más allá de las comparaciones con RATM o las cuñas para llenar titulares en reseñas de prensa escritas por cumplir y con poco corazón. Volvamos al contagiarse de la energía de los demás en un concierto. Al sentirse parte de una comunidad. Sentirse orgulloso y feliz de haber crecido escuchando bandas como KoRn, Snot, Machine Head, Coal Chamber, Spineshank, Rage Against The Machine y todas esas a las que System agradece al final del folletito de su primer disco.

Volvamos, entonces, a fines de los 90s y comienzos de los 00s. Volvamos a los últimos años de colegio o los primeros años de Universidad, quizás. A las cadenas rodeando pantalones caídos. A las ADIDAS Campus, Superstar y las PUMA Suede. A los VHS de La Monda Records. A esa época en que el aggrometal reinaba y todos empujábamos con fuerza para el mismo lado.Volvamos al Pelado Durney vendiéndote un disco pirateado en su tienda del Portal Lyon. Al Pelado Durney tocando Ariete antes de telonear a Deftones. Al Pelado Durney en el Teatro Italia, La Batuta o Mr. Egg junto a RAMA, Rey Chocolate o BOA.

Ahí estamos, entonces. Juntos. Y ahora en La Florida suena Sugar. Y nos miramos y nos conocemos sin conocernos. Tenemos poleras de SlipKnot, Sepultura y también Metallica. Anteriormente pasaron 25 canciones. Entre ellas: Prison Song, Needles, Deer Dance, Suggestions, Chop Suey!, Science y Suite-Pee. El agua que en un comienzo nos arrojó las nubes y el Guanaco nos da lo mismo, ya que ahora estamos más mojados por nuestro propio sudor—y el de los que nos rodean—que por la lluvia y el chorro de cloro y coliformes. Saltamos felices, entonces, mientras en nuestra cabeza flota el recuerdo de un Serj Tankian maquillado como un payaso del infierno, como una suerte de Pennywise, bailando en círculos, en un video de MTV y tú y yo pensando, mientras veíamos ese mismo video: ‘¡como me gustaría algún día ver a System en vivo! ¡Como me gustaría algún día estar en un concierto saltando esa canción! Y en tanto recordamos eso, nos damos cuenta que estamos viviendo ese momento. Que estamos saltando, finalmente, en el cierre de la presentación de System of a Down en Chile, esa extraña canción que dice: ‘The Kombucha Mushroom people, sitting around all day. Who can believe you? Who can believe you? Let your mother pray. Sugar!‘.

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Mientras, la sangre con pus bajo la rodilla sigue goteando y el dolor que siento en mi nariz indica que quizás me la he roto nuevamente, entonces vislumbro, adolorido, arrollado, que lo más cercano a la comunidad aggrometal por ahí es El Club de La Pelea. Una comunidad en donde si bien la violencia tiene sentido cuando sirve para descargar los instintos más salvajes o las frustraciones más terribles; esta no es más que el envés del cariño que tenemos atorado esperando por compartir con nuestros hermanos en una danza tribal de golpizas.

Sigue sonando Sugar y nos damos cuenta, nostálgicos, que el momento es real y no un recuerdo de algo que podría ser. Mas, será, tiempo después, una suerte de postal enrarecida de un impresionante show montando por quizá pacientes de un Hospital Psiquiátrico de Armenia. De una banda de esquizofrénicos. Con un Daron Malakian casi travestido y que se viola, de forma incestuosa, a su guitarra. Con un John Dolmayan marcando el ritmo al azotar tambores resistentes como el acero. Con un Shavo Odadjian que nos recuerda, en apariencia, al Pelado Durney. Con un Serj Tankian psicópata, loco—en quizá que cocaína—y groupie de su propia banda. Nos damos cuenta, entonces, que el largo viaje que nos espera de vuelta a nuestras casas da lo mismo. Que Rodolfo Carter da lo mismo. Que el 4-1 contra Argentina da lo mismo. Que, por ahora, todo da lo mismo.

Todo, menos capturar para siempre este pequeño y gran momento.

Esta pequeña postal llena de mugre, sangre y una que otra lágrima.

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