La vida feliz de los cansados

Publicado por baxhino

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«A 160 kms de Santiago se encuentra Granizo, un popular sector inserto en la comuna de Olmué y que sirve como portal de entrada para una de las cumbres más destacadas de Chile, el temible cerro La Campana. Sí, a metros del mismo lugar donde año a año se realiza el Festival del Huaso, encontramos esta bestia que asciende hasta casi los 2 mil metros de altura y que está inserta dentro de ese raro cordón montañoso que nos enseñaron en el colegio llamado Cordillera de la Costa»

Por P. B

Fotos Vero Díaz y Climbing Tour

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Son poco más de las 9 de la mañana. Es sábado y el sol me pega fuerte en un ojo. Voy caminando en subida por el sector de Granizo, aunque más que un sector hay que decir que es una pura calle bien larga, una bien típica de un pueblo aún más típico como lo es Olmué, donde la gente viene y se arrienda una casa para pasar un fin de semana entrete en familia o para tomar y quedar hecho mierda con los amigos.

Tengo depresión hace 4 años, al menos diagnosticada. Quizás la tengo desde siempre. Nunca lo he analizado, pese a que analizo y sobre-analizo casi cada cosa que hago. La depresión es una huevá desesperanzadora y la mayoría de la gente no la entiende y por lo general te lleva a comportarte como un verdadero hijo de puta con el resto, a que nada importe. Y entonces tocas fondo y te conviertes en un huracán rabioso y lastimas y cansas y aborreces y sufres y los tuyos sufren y sabes que debes darle un vuelco a tu vida. Intentarlo al menos. Subir una cumbre. Sobrevivir. Re inventarte.

El sol de la mañana es siempre molesto, sobre todo si usualmente te enfrentas a él semi cocido, en ese estado rarísimo en el que uno se encuentra cuando se despierta sin acordarse una mierda de lo que hizo la noche anterior, con un poquito de vergüenza y sin tener puta idea de dónde es que despertaste. Sólo sabes que tienes que irte y enfrentarte a la calle. Es un estado único y desesperante, que cuando lo mezclas con el sol matutino hace que tu cabeza se meta de un puro clavado en un pesadilla sacada de las películas de Freddy Krueger. Una pesadilla febril y angustiante.

La cosa es que son pasada las 9 de la mañana y voy emputecido porque el sol me rebota en la cara, pero no voy cocido. De hecho, no he bebido una gota de alcohol en casi tres semanas. Tres semanas de detox y quizás eso mismo sea la causal de mi mal humor y mi poca capacidad de socializar correctamente sin terminar siendo un saco de huevas con las personas. Así que me pongo lentes oscuros y continúo subiendo por Granizos a medida que me voy topando con varios tipos de cacas secas, que según la Verito, mi amiga enfermera-gráficamateur-ecologista me cuenta, pertenecen a animales tan variados como burros, vacas, perros y caballitos.

Vamos por la calle en dirección al cerro La Campana, un titán de tierra, árboles y piedra que se ve imponente desde el lugar en donde nos encontramos. Ahí, en pocos minutos, comenzará una de esa competencias asociadas a la vida sana que desde hace un par de años encontraron en nuestro país el sitio ideal donde desarrollarse gracias al consumo con consciencia impulsado por el mercado ecológico. La cultura verde.

La vida cuesta arriba

El climbing tour en el cerro La Campana (una actividad que convoca a las personas con la idea de ascender cumbres), me parecía la oportunidad ideal para purgar todos mis errores del último tiempo y dar vuelta la página hacia una nueva, una en blanco que fuese fácil de rellenar. Y a medida que me voy acercando, puedo ver que es mucha la gente como uno. Almas que necesitan hacerle un Ctrl+Z a sus vidas. Personas como yo que requieren pasar por algún tipo de prueba de resistencia física y mental, para purgar los crímenes del pasado. Subir la montaña, mantenerse sobrio y volver a motivarse. Asumir la edad. Madurar. Vencer la puta depresión.

Me sorprende ver a tantos llegando al cerro. Todos estacionando buenos autos, con ropas deportivas de marca, con buenas familias y modales. Y entonces caigo en la cuenta de que quizás es cierto lo que dicen: las personas con dinero son las que esconden los mayores demonios en sus cabezas. De alguna manera, eso parece reconfortarme un poco.

Los deportes y actividades para gente con lucas son otra volada, llenas de parafernalia y promotoras y cosas ricas para comer gratis y coca zero y powerade y cereal bar y onda. Son atractivas a la vista. Son mejores. Y quizás sea por eso que una actividad tan de tortura como subir un cerro de casi dos mil metros, convoque a tanta gente, de lugares tan lejanos (la mayoría viene de Santiago, otros de Rancagua y el resto de Viña y Valpo) y los haga desembolsar un mínimo de 20 lucas para participar de la competencia. Son 20 mil pesos que te dan derecho a polerita y una bolsa con equipamiento básico para hacerse mierda subiendo un cerro que sólo te regala polvo y piedras y que según Félix Forno, guardaparques del lugar hace 25 años, se ha llevado la vida de varios desafortunados visitantes. Son 20 mil pesos, que ahora que lo pienso, bien podrían ser igual de gastados si vas al baño y los arrojas al inodoro y luego tiras la cadena y los ves irse girando en el agua.

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Y es que así son mis primeros minutos subiendo La Campana: algo absolutamente inexplicable. Como una mezcla de sudoku con puzzle y cubo rúbix. Con la tierra ensuciándote la ropa, las piedras que pisas destrozándote los pies, el sudor que te recorre la frente y que al mezclarse con los rayos de sol produce un escozor absolutamente desesperante y la sobriedad que hace que uno escuche lo que van diciendo parte de los 1.900 participantes que pasan cerca tuyo. Como si tuvieras un superpoder. Uno negativo por cierto.

En picada

He caminado casi 3 kms contando desde que me bajé del colectivo -todos en subida- y ya estoy derrotado, pensando en que esta fue la peor idea que he tenido en el mundo. Otra más. Así que me acerco a un viejo que está sentado en una banca mirando pasar a los competidores. Es bastante mayor y ve poquísimo, por lo que usa unos lentes enormes que ya se los quisiera cualquier hípster. Tampoco escucha bien, es lo primero que me advierte cuando me acerco, así que el saludo cuesta un poco, pero me dice que su nombre es Joel, y aunque imagino que debe estar enchuchadísimo de que tanta gente irrumpa en su paz y tranquilidad, muy por el contrario, parece estar disfrutándolo. Vive ahí hace más de 70 años y sube el cerro todos los días, pese a que su pierna derecha nunca sanó bien desde que se la quebró hace años. Me confiesa que es la primera vez que ve subir tanta gente, primera vez en 70 años que tantas distintas caras desfilan por su vista y está contento de que todos compartan con él la experiencia de subir esta bestia de polvo, piedras y árboles. Yo sigo sin entenderlo mucho y pienso que su edad le debe estar afectando el juicio. Lo veo mover su bastón y jugar con la tierra un poco y me despido. Cerro arriba lo miro una vez más y él sigue ahí, sentado en su banco, imperturbable. Sonriendo.

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La competencia tiene dos metas. Una para los profesionales de más de 11K y otra para los aficionados de 4K. La mayoría de las personas van por el premio menor, por la reconfortante sensación de que venciste los pronósticos y subiste y te machacaste y dejaste todo atrás e hiciste borrón y cuenta nueva, al menos creo que a eso van, porque a eso voy yo. Pero la cosa es que a medida que voy subiendo me doy cuenta que casi nadie va ahí para vencer a sus fantasmas, ni enterrar el pasado, ni construir un yo nuevo y renovado. No, la gente va por el deporte, por el placer de una vida sana, porque esto les alegra el espíritu y todas esas cosas místicas orientadas a darle a tu vida más alegrías que penas.

Paulina, por ejemplo, tiene 57 años y es ejecutiva de venta de propiedades. Es rubia, flaca, alegre, optimista y se nota que debe haber sido rica de joven. Toma un poco de agua mientras descansa y dice con voz honesta, cero mula, que lo que la motiva es la naturaleza, escapar de Santiago, del stress, sanearse mentalmente. Y eso es exactamente lo que yo intento hacer, sanarme. Entonces por qué suena tan jodidamente inversa a mí, tan esperanzada y segura.

Voy por la mitad del trayecto y a media que converso con más gente, noto que probablemente soy el único que ha venido a esconder un cadáver putrefacto a vergüenza en alguna parte de este cerro. Pamela y Macarena son de Santiago, tienen 24 y 25 años respectivamente y vinieron especialmente hasta Olmué para subir el cerro y disfrutar haciendo deporte, a la noche vuelven a la capital para participar en una maratón nocturna en el Parque Bicentenario en Vitacura. El sólo pensar en algo así me da ganas de tirarme al suelo y ponerme a llorar. Es un tipo de energía que no entiendo, que no capto. Una realidad que nunca me ha infectado y que ahora estoy deseoso de que me alcance.

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Lo mismo Rodrigo y Sebastián, marinos treintones que vienen para compartir con su familia que va un poco más arriba, no los ven con frecuencia y pretenden gastar tiempo de calidad con ellos. Porque esa es la otra, los participantes son transversales en la edad: pendejos, adolescentes, adultos y viejos sudan y caminan en subida por igual. Se pasan y se sonríen, se saludan, se sacan fotos unos con otros y se convidan agua y se desean suerte. No se detestan unos con otros, porque al parecer tienen suficiente de eso en sus otras vidas.

Sigo subiendo y divagando y sobreanalizando todo. Y entonces, sin darme cuenta, llego a la meta. Me aparto un poco y miro hacia abajo. Todo se ve pequeñito hacia el pueblo y el color verde de los cerros adyacentes es tan intenso que hace imposible distinguir un árbol de otro, como un cuadro impresionista. Me embarga entonces una sensación de paz indescriptible, como si de verdad hubiese servido de algo hacer todo esto. Porque en este preciso momento nada de lo que hice antes, ni mi inmadurez, ni mi evidente abuso de alcohol y sustancias, ni mis obsesiones y total descontrol, ni mi depresión importasen. Estoy en absoluta paz y creo que empiezo a entenderlo, empiezo a descifrar el puzzle. De hecho me resulta mucho más fácil hacerlo a medida que desciendo el cerro por un sendero complicado y estrecho, tapado de árboles y rodeado de colores, donde resultaría fácil irme de hocico y partirme los pocos dientes que me quedan. Pero venzo ese temor y venzo todo el resto de miedos y empiezo a acelerar y la sangre bombea caliente por las piernas dándome una sensación de control indescriptible.

Más abajo, noto que un tipo viene ascendiendo, rajado. Me mira y nos saludamos con un «Hola». Cada uno sigue su camino en dirección inversa al otro. Por un momento siento que he conectado con alguien más. De que esto vale la pena y que quizás pagar 20 lucas no sea una huevá tan descabellada. Parece incluso una buena inversión. No soy alguien nuevo, pero algo cambió.

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“…Entonces suena el teléfono.

Caigo sobre una rodilla y ruedo bajo la mesa.

Allí me quedo hasta que deja de sonar…”

 «La vida feliz de los cansados», Charles Bukowski

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