Radiografía al hincha chileno en Brasil 2014

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Por Luis Marambio, desde Brasil

Para un amante del fútbol el mundial es lo máximo. Uno espera cuatro años para ver 64 partidos en un mes, sorprenderse con los mejores y (como ya nos estamos acostumbrando) ver a nuestra selección metida ahí, en pelea de “perros grandes”. Poder vivir eso en el país del mundial, sin programas de mierda en la tele, es impagable.

Un poco de historia

Hace cinco años junto a unos amigos fundamos el sitio RedGol.cl, dedicado a cubrir todo lo que pasa en el fútbol. Este es el segundo mundial que tengo la suerte de presenciar en vivo.

 Cómo somos un medio de internet, no tenemos tantas lucas ni menos las comodidades que tienen los medios “grandes” (tele, radios, diarios) por lo que nos alojamos en hoteles lejanos, viajamos en bus, llegamos a reportear en micro o metro. 

Todo esto nos ha ayudado a compartir mucho con hinchas chilenos que vinieron a cumplir su sueño de estar en Brasil, a conocer sus historias, sus motivaciones, cómo son, qué hacen y por qué están acá.

En general el hincha chileno provoca simpatía en el resto de los fanáticos del mundo. El “C-H-I” les causa gracia a todos, se lo aprenden, lo repiten, te saludan. Además el hincha nacional hace lo posible para que todos sepan que es chileno: camiseta roja, bandera atada al cuello como Superman, cara pintada, peluca afro tricolor o punk con los colores de la bandera. Bubuzelas, pitos y todo lo que meta ruido es un plus. El chileno no pasa piola.


El resto de los hinchas mundialeros le tiene buena al nacional. A Chile lo ven como un buen equipo, pero que si se enfrenta a alguna de las selecciones “grandes” seguramente perderá. Al menos así lo creyeron los españoles, lo creen los holandeses y hasta ahora, los brasileños. Que hablar de los argentinos. 

Pero detengámonos en los chilenos: hay de varios tipos, desde el all inclusive que ni la pensó para pagar los seis palos que cuesta el crucero que te asegura entrada a los partidos y toda la comida o bebida que quieras a bordo del barco, hasta el que vino a “torrantear” sin ni uno (literalmente), pasando por los que vienen en auto en caravana, los grupos de amigos, los que vienen de otros lados, los que viven acá y un largo etcétera.

¿Y cómo entro al estadio?

Lo que más llama la atención es el gran número de chilenos que anda por estos lados. Si no somos 100 mil, “pega en el palo”, como decimos en el mundo del fútbol. La mayoría anda sin entradas, dato no menor.

No entiendo mucho esa lógica de venir a un espectáculo sin entrada. Nunca he ido a sentarme afuera del Nacional mientras adentro suena Iron Maiden. O me compro la entrada o pongo el Flight 666 en mi casa y al otro día busco los videos en YouTube. Pero bueno, acá la motivación es otra: 

»acompañar a la selección» dicen algunos; «demostrar que somos chilenos» otros, muchos de ellos en la puerta del centro de entrenamientos del Palmeiras, donde se hizo la última práctica antes de enfrentar a Holanda en Sao Paulo (por cierto, el partido con menos chilenos en las gradas).

Por el alto precio de la reventa, conseguir un ticket no es fácil. Hace más de seis meses la FIFA abrió unas postulaciones a las entradas. Si tenías suerte salías sorteado y accedías a pagar $90, $135 o $200 dólares de acuerdo a la ubicación en el estadio. Pero como la mayoría de los chilenos no se ha ganado ni un pedazo de queque en la rifa del colegio, nadie fue favorecido y las postulaciones superaron largamente el stock de entradas disponibles. Ahí comenzó la reventa, donde cobran desde $500 a 2000 dólares por boleto. Y sí, hay gente que pagó un palo por ver un partido.

Acá, el grueso de hinchas anda con poca plata, tiene -con suerte- para vivir el día en un país que está absurdamente caro, no para pagar una brutalidad de plata por boleto, por lo que el lugar preferido para ver los partidos son los Fan Fest: espacios dispuestos por la organización con pantallas gigantes, ubicadas en un lugar estratégico de cada ciudad, donde los hinchas se juntan a carretear viendo el partido. Ahí venden agua, bebida y cerveza, por lo que “ganáramos, perdiéramos o empatáramos”, mambo hay seguro.

Otros deciden ir igual al estadio, a ver si encuentran algo barato en la reventa o tratar de entrar “a la mala”, como pasó en Maracaná. Incluso van a ver si algún despistado anda con la entrada en la mano y aprovechar el descuido para “choréarsela”, como me ha tocado ver al menos en cuatro casos.

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Hincha chilensis

La fauna de hinchas es variada. Está el all inclusive, el que viene a la vida y entre ambos extremos hay muchas categorias basadas en la conducta, inteligencia y educación, no necesariamente el dinero.

Zorrón: anda preocupado que no se le acaben las “promos” de pisco que trajo de Santiago y de hacerse el lindo con cuanta mina pase por la calle. Poco le interesa el partido y el fútbol. 

Su hobbie es sacarse fotos con mujeres y, cuando está lo suficientemente curado, las trata de maracas e intentar agarrarles el poto o una teta a la mala. Como no le resulta está dispuesto a pagar por amor, y acá esa oferta es amplia y variada. El compatriota puede tener suerte si es que no se encuentra con alguna sorpresa y su tiro pega en el “travesaño”.

Patriota: lleva 20 días con la misma camiseta roja y no se la saca por nada. Por donde va grita y canta el “C-H-I”, “chileno de corazón” y todos los hits de barra que sepa. Es simpático hasta el tercer día, de ahí en más como que cansa un poquito.

Aperrado: te cuenta que vendió hasta el celular para venirse, que anda pato, que ha hecho malabares en semáforos, ha vendido cervezas en la playa, que le han robado algo en el viaje. Le ha costado y su viaje ha sido un sufrimiento eterno. Te lo terminas topando siempre en la puerta del estadio.

Piante: Este es el peor de todos. Con cuea se acuerda que está en Brasil por un mundial. Se acuesta para dormir la caña, lo despierta la sed que apagará con una “Pilsen” a las 9 de la mañana y de ahí en más sólo tomará copete hasta irse de hocico en la arena de Copacabana, donde repetirá el ritual cuando la sed lo despierte. 

Anda sin plata, machetea, se trata de hacer amigo de cualquiera que pase con una lata o vaso en la mano y en su curadera hará algún “C-H-I” para ganarse la simpatía del resto, pero es tan pesado que no le resulta.

DT frustrado: ve fútbol siempre, no sólo cuando hay un mundial ni cuando su equipo juega una copa internacional. Se levanta con la Liga Inglesa el sábado en la mañana y se acuesta viendo un partido corneta de la “C” de Argentina el domingo después de haber visto todos los goles.

Los encuentras en cualquier bar o lugar que tenga tele, vestido con una polera de entrenamiento de algún club extranjero o un polerón de una selección que no es la propia. Ve el partido, lo analiza. Ni loco se va a meter al Fan Fest, el fútbol es algo serio.

Gringo: sus papás son chilenos pero él nació en otro país y su única conexión con Chile es la selección, por lo que no dudó en viajar a Brasil. 

Anda vestido como un “patriota”, es extremadamente buena onda y amistoso. Al hablar se cacha que no es “chileno de Chile” y aprovecha de decir la mayor cantidad de veces la palabra “hueón”, porque seguro no la dirá hasta que se encuentre con otro chileno en cuatro años más.

Local: el chileno que vive en Brasil y fue tan buena onda que prestó la casa para que llegaran todos los bolseros en patota. Las oficia de traductor y guía turístico. 

Algunos se vinieron a trabajar pensando en estar acá para el mundial. No piensan comprar una entrada al Maracaná de mil reales, lo mismo que ganan garzoneando por un mes.

Para el partido con Brasil quedan muchos menos chilenos: la mayoría se devolvió después de la primera fase. Los pocos que quedan tratan de conseguir una entrada para el sábado a un precio “razonable”, porque dos semanas mundialeras en Brasil es lo mismo que vivir dos semanas en Paris, Londres o Nueva York y no hay bolsillo que aguante, aunque el fanatismo y las ganas de seguir a Chile estén.

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