Tristeza não tem fim

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Por Vadim Vidal

¿Se les pasó? A mí no. O sí. Es como una capa que cubre todo pero no lo esconde, como la bruma que nubla Santiago por las mañanas. Es raro, inusual.

Lo digo porque tengo 40 años y soy de la U, por lo que las derrotas no me son para nada ajenas. Hasta los 20 años no vi a mi equipo levantar una copa, con las burlas escolares y universitarias que ello implicaba. Verlos perder era parte del cotidiano y, a la larga –quiero creer–, una escuela formativa.

Y es doblemente extraño porque los que tenemos 40 y somos de la U, no solíamos identificarnos con la selección. La Roja era de otros, de los que ganaban torneos y llenaban las nóminas, no de nosotros, que teníamos por crack a alguien que no entraba ni de reserva (Mariano Puyol).

Y raro, porque el fútbol chileno suele perder. No les tengo que decir que en las vitrinas de la ANFP no tienen una mísera copa que exhibir a nivel de selección. Unas medallas el 62 y el 2000 y sería.

La frustración es casi nuestra marca registrada. Forjada con goles en contra a última hora como los de Camerún en Sydney, fallos como el de Bouchardeau, tiros en el palo como el de Sierra en una Copa América que se me olvida y, bueno, el de Pinilla el sábado pasado.

Es una pena que va más allá del infortunio, es a nivel tragedia, con héroes homéricos incluídos y la noción de que ahora sí se le podía torcer la mano al destino. Que no era el drama griego irrenunciable que hemos visto como un loop a través de las décadas.

Por eso Pinilla se tatúa su disparo al travesaño, y parece no haber otro tema del que hablar desde que Jara estrelló su tiro en el vertical izquierdo del arco sur del Mineirao. Es stress post traumático.

¿Se acuerdan de Francia 98? No de la boleta que nos dieron los brazucas y que a los nuestros pareció darles lo mismo, con esa lógica de la Transición del éxito en la escala de lo posible (ya habíamos ganado yendo a un Mundial luego de 16 años). Para mí ese Mundial fue el partido Francia-Paraguay que se definió con ese invento impresentable del “gol de oro”. Por si no lo recuerdan, lo hizo Blanc en tiempo suplementario. Siempre me han gustado esas secuencias del equipo vencido, mordiendo la derrota tras dar batalla. Hay algo noble en ello.

El punto es que, tras el gol de Francia, los paraguayos se cayeron al suelo y Chilavert, ese arquero insólito (gordo y goleador) iba levantando a sus jugadores como diciéndoles que habían sido derrotados pero no vencidos. Hablamos de Gamarra, Acuña, tipos rudos entre rudos. Al verlos, me dije que si íbamos a perder, que fuera así. Con esa entereza.

Y sucedió. Fue el sábado a hora de almuerzo, cuando de pronto todo se convirtió en silencio. No sé si ese sopor marque el comienzo de algo (Paraguay de hecho duró esa generación y nada más), solo sé que nunca antes me sentí peor por un resultado futbolístico. Y les recuerdo que vi a mi equipo bajar a segunda división.

Fue como perder algo: primero la parálisis, luego la desazón y después la pena. Pena el resto del día, más aún al día siguiente y hasta hoy, que todavía está presente a modo de bruma. Y, asomándose entre la neblina, la esperanza que desde ahora en adelante sea distinto, que vengan a la Copa América del 2015 y les causemos el mismo daño y que todo este sentimiento (que intuyo colectivo) concluya en algo. En algo que valga esta pena.

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