← ARCHIVO DISORDER.CL CINE Y TV
CINE Y TV · noviembre 8, 2014

«Aurora»: lo humano no es nacer, es enterrar (es existir).

d
disorder.cl · noviembre 8, 2014 a las 6:05 pm · 9 min de lectura

aurorapost
Por Florencia Astaburuaga

Llegando de Valdivia. Reponiendo las fuerzas que pierdes sin darte cuenta, entre caminatas y búsquedas interminables que siempre terminan en el mismo lugar: con un completo entre las manos y entre los dientes, sentados en una vereda, acompañados por los mismos taxistas que otra vez no tienen interés en llevarte de vuelta ni en decirte donde estas parado (o sentado, o tirado). Eres parte del ecosistema y te tienes que asumir como tal. Perdido, indeciso, sin apuros.

Llegar a Santiago fue asumir un ritmo impuesto que se mece entre la marcha funeraria a paso lento, con las piernas pesadas y siempre incómodo con el mundo (ritmo de constante queja) y el de una máquina de la época industrial’ de esas que nunca cesan el movimiento, llevándose a Chaplin a sus interior, retorciéndolo entre sus engranajes, una máquina que no mide distancias ni fuerzas, que arrasa con todo a su paso.

Y así la cuidad despertaba y nosotros, con las caras derretidas después de diez horas luchando con posiciones incómodas y olores desagradables, yacíamos en el metro. Yo pensaba: son las siete de la mañana y estas caras (estos cuerpos) van al trabajo, descompuestos, rogando salvación en cada abrir de puertas, en cada estación. Nadie tararea alguna canción, nadie abre best-sellers de poca monta y ni siquiera miran sus celulares hipnóticos. Pensé en la religión, en la fe, en los apostólicos romanos y en los evangélicos frente al Mercado Central. Hablé conmigo misma, con la presencia religiosa que tiene mi mi-mismo y de ahí olvidé todo al llegar a nuestro paradero. Subimos las escaleras, llegamos a casa, nos duchamos, comimos y dormimos hasta nuevo aviso. Santiago ya había partido su marcha, y el ruido se colaba por las ventanas.

Adoptándome a la máquina, asumía tiempos, me comunicaba con gente, preguntaba fechas y horas. Mi di cuenta que mi Isapre me había expulsado de su paraíso y que me habían llegado cartas que no quería abrir. En la agenda el orden de los festivales se leía así: Valdivia / Arica Nativa ”“que nadie lo recuerda porque creen que Arica es una ciudad en guerra civil o inexistente: una broma de los políticos, pero no, Arica es una ciudad con idiosincrasia e historia y tiene su propio festival, con sus propios tiempos y paseos, competencias y premiaciones- / Sanfic / In-edit. De ahí vacaciones urbanas y llega Santiago a Mil con sus disfraces y ánimos acalorados.

Valdivia ya estaba cubierto y quedaba Sanfic. La verdad es que siempre me ha dado impases el Sanfic. La gente en Santiago no sabe como responder a los festivales, se suben los egos equivocados y aparecen en la alfombra roja personajes que era mejor olvidar. El Sanfic es un menjunje entre mierda y diamantes. Mi gran interés era un Estreno: «Aurora» de Rodrigo Sepulveda, además de unas muestras a las que no alcancé a llegar, ya que Santiago te toma presa en cualquier momento.

El interés por el estreno de «Aurora» era de doble filo, había un interés artístico y un interés personal. Las dos películas anteriores de Rodrigo Sepulveda, «Hijo de ladrón» (Con Amparo Noguera, Ramon Llao y Andrés Perez) y «Padre Nuestro» (con Cecilia Roth, de nuevo Amparo Noguera, Francisco Perez-Bannen, Luis Gnecco y más) eran parte de la colección de VHS en la casa de mis padres, colección que pasó rápidamente desde el living a una bodega de madera junto a un altillo de cosas en desuso. El amanecer tecnológico había llamado a las puertas de las casas más olvidadas del barrio. Llegó el DVD’  y con el una copia de «Padre Nuestro», copia que aún tengo en la colección de cine pirata (y no tanto).

El interés que suscitaban esos dos VHS ya olvidados era la posibilidad de ver a los actores de las teleseries, pero bajo otro halo. Era ver esa realidad plástica del área dramática de los canales, pero de otra forma. Era la comparación de dos aristas: lo publicitario, lo que vende, el guion rápido y fácil de las teleseries, versus lo que es más real que la realidad misma. Lo profundo y siniestro del cine.


Los actores hablando de «Aurora», la película.

El estreno era a las veintiuna y ya eran las veinte. Hicimos todo a la rápida: lavamos la loza. No la secamos, tampoco la guardamos. Tomamos el metro, corrimos en el cambio de estación, cantamos las canciones pertinentes esperando el nuevo tren. A paso rápido llegamos al Cine Hoyts. Era la hora indicada (de algo sirvió nuestro apuro), pero la comuna equivocada (de nada sirvió nuestro apuro). Esas cosas me suelen pasar una vez cada cinco meces: la información se revuelve en mi cabeza y se forman nuevas realidades. Entramos a ver una vergüenza de película que el Sanfic había propuesto como estreno internacional. Volvimos al mismo cine al otro día, bajo las mismas condiciones, corriendo en el cambio de andén, luchando contra los retrasos. Estaba el director recibiendo al público, apurándolos a tomar sus asientos. Nosotros teníamos los mejores asientos de la sala 14. Si hay algo que aprendí en mi adolescencia fue memorizar los mejores asientos de cada sala en cada cine de Santiago, desde el olvidado cine Las Lilas (F 10 y 11) hasta el de las novedosas salas premium (innecesarias para la experiencia cinéfila). Hoy eran los asientos J 13 y 14. El director presentó la película con apuro y llegó la oscuridad y el silencio.

Vemos a Sofía (Amparo Noguera) caminar. La pena le sigue la cola, la cámara la sigue: Aurora, una película de Rodrigo Sepúlveda (basada en una historia real).

La pena se da a entender unas escenas más adelante: no puede adoptar un hijo tras cuatro años de llenar formularios, cuatro años de contestar entrevistas ridículas, las que una y otra vez preguntan lo mismo, las que una y otra vez meten el dedo en la misma llaga’ ¿Para qué? ¿A tal grado llega la vergonzosa burocracia?

Sofía se nota perseguida por una pena, se ve perdida en sus preguntas. La vemos ante la sala de clases, los niños responden sus preguntas ¿Quién es ella? pregunta. «Venus» le responden ¿Y qué representa? «Representa a la virgen repudiada por sus gestadores, lanzada al mar luego de su nacimiento» le respondo. Representa la belleza y la sabiduría, representa la carencia de censura. Representa todo lo que tu, protagonista, buscas. Todo lo que te hace falta.

Sofía lee el titular del diario regional en Ventana, el’ pueblo donde vive, en medio de los desperdicios, en la escenografía catastrófica, donde vivir es bordear lo desechable, lo puesto al sol para deshacerse.

El titular dice que en el basural han votado una recién nacida, el cuerpo ha sido carcomido por los animales, el cuerpo será tirado a una fosa común y olvidado, el cuerpo no es nada más que cuerpo, no existe, no existió ni lo hará. Sofía lucha por la vida cada día, cada vez que rellena un formulario de adopción ¿Cómo es posible que se repudie así una vida? una vida que pudo haber estado en sus brazos, ser mecida y acompaña por sus canciones. Sofía al fin tiene un motor de vida, el hibris la congestiona y ya sea por locura, por egoísmo, por rabia o verdadero amor, hace todo lo posible por enterrarla, por nombrarla, por hacerla parte de éste mundo.

Ahí nace (ya que su verdadero nacimiento no valió la pena, fue un gesto de deshacer más que hacer) Aurora. Nace en los labios de Sofía, en su cabeza y en su lucha todos los lunes ante el juez de la región, ante su marido que primero la observa lejano y luego la acompaña, la trata de entender.

auropost2

La protagonista encarna la lucha de Antígona: darle un sepelio correspondiente a su ser querido a quien esta sociedad represiva se lo niega. Y podemos preguntarnos’ ¿Por qué lo hace?

Más allá de un acto religioso, el enterrar y el ser enterrado es un acto ritual. ¿Y qué nos diferencia al humano en dos patas del animal en dos patas? El ritual y el exteriorizar el mundo interno. Ritual, arte, expresión y represión. Ahí va la virgen, la loca, la cuerda haciendo gracia de su capacidad humana. Darle ritual al que se le negó.

Finaliza la película con una canción de Carlos Cabezas acompañando los créditos (que importante son los créditos en películas como éstas).

Se sentía el silencio incómodo de nosotros, los espectadores, el trago a media garganta. Hay cosas difíciles de digerir, difíciles de enjuiciar. Hay temas y hechos que generan una seguidilla infinita de apreciaciones y sensaciones. Y el silencio abundaba. Cuando el arte ”“sobre todo el de la representación (recordemos términos aristotélicos que nunca pasan de moda: catarsis, mimesis y llorar escondido en un bosque cercano)- mueve sentimientos íntimos y universales y es capaz de crear un revoltijo, un vértigo sin altura que obliga a entregarse a la caminata reparadora, a la verbalización o al silencio que da frutos. Cuando pasa eso estamos frente al espectro del arte, de lo que realmente es arte. Arte que logra su objetivo: remover médulas, hervir la sangre, hacer vomitar metafóricamente al cuerpo, darle unos centímetros al alma, desarrollar opiniones a punta de puntetes y generar puntos de vistas.

No podría dar un resultado, poner nota, hacer esa clase de cosas. La película es completamente propia, cada uno de los espectadores vive su propio filme con su propia experiencia a cuestas y su capacidad de apreciación. Ya no somos números, ni butacas, ni sonidos bip al pasar. Somos individuos expuestos ante la profundidad interior de ella, de Sofía, de Bernarda Gallardo (en quien se basa esta película).

TRAILER

#Amparo Noguera #Aurora #cine chileno #Crónicas de Cine #Luis Gnecco #Rodrigo Sepúlveda