Chile está enfermo

Publicado por Cha Giadach

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COPIAPO: Aluvión provoca considerables daños en Copiapo Por Cha Giadach

Este es un comentario netamente personal. Una columna llena de rabia que no viene a lugar siendo que soy un afortunado de la vida, lo tengo todo, y no me hace falta nada. Pero espero que mi opinión sea valida dentro de un país donde todos se atropellan sin ninguna razón más que atropellar por atropellar.

Hace casi una década que volví a Chile. No digamos que lleno de esperanzas. Pero si estaba feliz. Contento de entrar a estudiar una carrera. De hacer nuevos amigos y todas esas cosas que se supone que trae eso de empezar una nueva etapa. Volví a un país que había dejado de pendejo, sin saber mucho de nada, volví a un país donde hasta mis compañeros de periodismo se pasaban por el trasero a las nanas peruanas. Se burlaban de ellas, de su estatura, de su color de piel, de sus rasgos incas, de su acento. Uno de mis mejores amigos de la vida es peruano, pase varios años de mi vida en Lima. Es más, ahí mismo aprendí a comer, a comer bien. También veo como todos los días mucha gente trata a los colombianos de narcotraficantes y prostitutas. También viví en Colombia, mi hermana chica nació allá. En Bogotá tuve mi primera borrachera en serio y fue el lugar donde perdí la virginidad. Aun mantengo amigos que siempre me escriben por donde sea, me mandan mensajes todos los días, porque los colombianos son de querer a pesar de la distancia.

Pero aquí no estoy para hablar de los inmigrantes, estoy para hablar de la enfermedad chilena de repeler todo lo diferente, todo lo pobre, todo lo rico, de mirar cómodamente desde su estrato social y ver como todo lo ajeno así mismo se pudre. El pobre odia al rico, el rico odia al pobre. Es normal, pasa en todo el mundo. Pero como lo dije antes, soy un pelotudo afortunado que ha pasado la mitad de su vida viajando y que nunca había visto tanta violencia. Tanto oral como física… entre compatriotas. Debe ser que lo siento así porque nací acá y a veces me considero chileno. Dentro de todo tenemos cosas buenas, como la cazuela, la marraqueta y la música (no todas las bandas, claro).

Fui criado en un ambiente digamos… caribeño. De saludar, de ver a los ojos, de dar las gracias aunque sea por algo mínimo. En Santiago lo hago todos los días. Al conductor del Transantiago, a la tía del almacén, a todos. Pero lamentablemente he ido bajando mi cuota de supuesta amabilidad. Porque siento que la mayoría de la gente se lo toma como algo muy raro. «¿Qué hace este pendejo de mierda saludándome como si me conociera de toda la vida? ¿Qué se cree? ¿Mejor que yo?» Eso se siente que me dicen con sus miradas. Por eso últimamente saludo más a los perros de la calle que a los seres humanos. Mi buena onda ha ido muriendo con los años y me he convertido en un Santiaguino de mierda más. Se me fue el acento afuerino pero a veces vuelve cuando se me arregla el día a la hora que me topo con algún peruano, colombiano o venezolano.

Y me acuerdo de todo esto cuando veo las noticias: con lo que pasa con el norte y con lo que pasa en el sur. Estamos sumidos en una sociedad que no le importa un carajo nada. Y si le importa un carajo sólo tiene las pelotas para decirlo por redes sociales, y si no es por redes sociales espera a que Don Francisco tenga que salir gritando por la tele para recién empezar a dignarse a ayudar. A ayudar a los suyos, a los míos, a los vecinos con quien nunca habla porque hasta la vida de barrio está siendo aniquilada por el supermercado, por el centro comercial, por el empresario multimillonario al que hemos dejado que nos meta el pico en el ojo desde hace décadas. Desde Pinochet en adelante. Hemos sido capaces de ver como han matado nuestra educación, nuestra calidad de vida, y nos indignamos con que el gobierno sea muy lento ante las catástrofes. Pero no, igual no hacemos nada.

Movemos la raja cuando pasan estas cosas. No es cosa de todos los días. Simplemente reaccionamos encima de todo. No somos capaces de planificar sabiendo que somos un país tercermundista, vulnerable, súper rico en índices económicos pero muy pobre a nivel mental. A nivel de pueblo, a nivel de misericordia, y no hablo de la Iglesia porque esa solo se dedica a cagar derechos fundamentales como el aborto o el uso libre de condón. ¡De condón por la mierda! Y hay gente que les hace caso.

Hemos perdido el uso de la razón entre tanto trabajo, entre tanta cuenta, con la AFP, con la maldita isapre, con el ir y venir de la inercia que nos ha transformado en un monstruo al que no le importa lo que le pase a la persona de al lado. Un país machista, un país clasista, un país violento. ¿Sigo? Mejor no.

Sólo quise escribir esto para tratar de prenderle la ampolleta a alguien. No siento que sea un ser alumbrado, es más me considero un imbécil. Pero espero que mi experiencia de chileno que no se siente chileno ya que vivió la mitad de su vida fuera sirva de algo. Necesitamos soluciones. Yo no las tengo, ni nadie de mi entorno parece tenerlas. Se nos fue la humanidad de una patada en la raja.

Chile está enfermo. Padece de una enfermedad terminal sin cura alguna. A menos que las generaciones que vienen tengan algo de alma, con su gente, con su tierra, con las necesidades primordiales para tener una vida digna. No sólo para algunos, no sólo para ti, si no que para todos.

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